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Morir por Irán, en nombre de Irán

El sufrimiento iraní será instrumentalizado por todos los actores. El régimen lo usará para justificar represión. Washington para legitimar intervención. Israel para ampliar influencia regional.
Martes, 24 de marzo de 2026 01:27
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Los bazaaris cerraron sus tiendas en diciembre de 2025 y algo se rompió. No cualquier cosa: los comerciantes del Gran Bazar de Teherán son los mismos que financiaron la Revolución Islámica de 1979, los mismos que sostuvieron durante décadas el pacto tácito con el régimen. Cuando ellos bajan la cortina, el sistema pierde a sus propios.

El detonante fue el colapso del Ayandeh Bank. Pero el colapso del banco fue solo la última capa de un edificio que llevaba años cediendo por dentro: sanciones acumuladas, corrupción endémica, recursos nacionales dilapidados en milicias regionales, un rial que ya no valía nada. Cuando el aceite de cocina y el pollo desaparecieron de los estantes, el resentimiento encontró su forma. Las consignas comenzaron siendo económicas. Rápidamente se volvieron políticas. "Muerte al dictador", gritaban en referencia directa a Jamenei. "Ni Gaza ni Líbano, mi vida por Irán", coreaban quienes rechazaban que Hezbollah recibiera lo que a ellos les faltaba.

El desafío más serio al régimen desde 1979. Pero no por las razones que Occidente prefiere creer.

La represión

La respuesta fue la que siempre usa quien no tiene más argumentos: matar. Miles de muertos en semanas. Apagón total de internet. Hospitales asaltados por la Guardia Revolucionaria para arrestar heridos. El bombardeo a la escuela de niñas en Minab el 28 de febrero, con 148 estudiantes muertas, radicalizó incluso a sectores que hasta ese momento habían preferido mirar para otro lado.

Jamenei ordenó disparar para matar. Y esa decisión, paradójicamente, es la confesión más clara de su debilidad.

Los regímenes que se sienten seguros no masacran a su población. Lo hacen los que saben que perdieron toda legitimidad y que solo la coerción los mantiene en pie. El canciller alemán Friedrich Merz lo dijo sin eufemismos: si un régimen sólo puede sostenerse mediante violencia, entonces está acabado. Pero acabado no significa que caiga mañana. Significa que ya no gobierna: administra el miedo.

Jamenei murió el 28 de febrero de 2026, en medio de bombardeos estadounidenses e israelíes, con las calles de más de 180 ciudades todavía manchadas de sangre. ¿Es el fin de la República Islámica? ¿O apenas el inicio de algo potencialmente peor?

La intervención

Mientras Irán sangraba, Trump veía oportunidad. No humanitaria. Geopolítica. Las amenazas comenzaron como siempre: sutiles, luego explícitas. Ataques selectivos contra la Guardia Revolucionaria. Bombardeos a instalaciones nucleares. La operación conjunta con Israel que terminó con la vida de Jamenei. Todo presentado como apoyo a los manifestantes, como defensa de la libertad iraní.

¿Pero alguien en Teherán pidió bombardeos estadounidenses? ¿Alguien en las calles protestando por pan y dignidad quería que Washington decidiera el futuro de su país?

Aquí está el dilema moral que más incomoda: es posible condenar simultáneamente la masacre del régimen y la intervención militar extranjera. No son opciones excluyentes. Ambas pueden ser obscenas al mismo tiempo. La muerte de Jamenei no es una victoria de la libertad iraní. Es, ante todo, una operación de interés geopolítico vestida con el lenguaje de los derechos humanos.

El poder que no desaparece

Con Jamenei muerto y la Guardia Revolucionaria golpeada pero intacta, la pregunta real no es si habrá cambio, sino qué tipo de cambio. Y las respuestas no son alentadoras.

La oposición está fragmentada. Reza Pahlavi es figura simbólica para la diáspora, pero genera rechazo dentro de Irán: la memoria histórica no olvida que su padre fue el títere de Washington. El Consejo Nacional de Resistencia tiene escasa llegada interna. Las protestas carecen de liderazgo unificado. Sin organización, los movimientos espontáneos se agotan o son cooptados. Siempre.

Mientras tanto, la Guardia Revolucionaria controla entre el 20% y el 40% del PIB iraní. Maneja telecomunicaciones, energía, infraestructura. Tiene su propia fuerza aérea, su propia marina, su propio programa de misiles. No es un ejército. Es un complejo político-económico con intereses que defender.

¿Aceptará redistribuir poder? Improbable. ¿Permitirá una transición democrática que amenace sus privilegios? Menos aún. Lo más realista es que emerja un régimen sin sotana ni barba, quizás más presentable para Occidente, dispuesto a negociar petróleo y seguridad. Pero no necesariamente más democrático.

Las mujeres

Y en medio de este caos, hay algo que ningún análisis geopolítico puede reducir a variable: el rol de las mujeres iraníes.

La quema del velo obligatorio. La ocupación del espacio público. El desafío directo al núcleo del control social teocrático. Por eso la represión se ensaña especialmente contra ellas: porque su rebeldía no es abstracta, no es ideológica en el sentido clásico. Es corporal. Es cotidiana. Protestan por dignidad concreta: por poder decidir qué ponerse, dónde trabajar, cómo vivir. Por existir como ciudadanas, no como súbditas.

Si algo bueno emerge de esta tragedia, será porque ellas lo construyan. No porque Trump bombardee instalaciones ni porque Pahlavi prometa restauración monárquica.

La ilusión de la transición

Estados Unidos e Israel apuestan por una transición "controlada". Cambio de régimen que preserve la estabilidad operativa. Que garantice acceso al petróleo, los corredores energéticos, la seguridad regional.

Es la misma lógica que aplicaron en Irak, en Libia, en Afganistán. El resultado fue desastroso en todos los casos. Porque las transiciones no se controlan desde Washington. Las sociedades tienen dinámicas propias. Y cuando se interviene militarmente

para acelerar cambios que no han madurado internamente, el resultado es caos prolongado. Irán tiene 90 millones de habitantes.Estructuras estatales robustas. Una identidad nacional milenaria que incluye, entre sus capas más profundas, una desconfianza histórica hacia la injerencia extranjera. Pretender que bombardeos quirúrgicos producirán una transición ordenada es una ilusión. Una ilusión peligrosa.

Tres escenarios, ninguno limpio

¿Hacia dónde va Irán? Los escenarios posibles no son tranquilizadores.

El primero: la Guardia Revolucionaria ahoga las protestas y restaura el control autoritario. Régimen zombi que sobrevive sin legitimidad pero con toda la fuerza.

El segundo: la intervención militar escalada destruye capacidades iraníes pero genera un vacío de poder que nadie puede llenar. Fragmentación. Guerra civil prolongada.

El tercero: una transición caótica donde múltiples actores compiten violentamente por el poder durante años, sin que ninguno logre imponerse definitivamente.

Lo que parece menos probable es lo que Occidente fantasea: una revolución democrática que instale un gobierno moderado y pro-occidental. Esas no son las condiciones sobre el terreno. Nunca lo fueron.

Lo que sí resulta previsible es que el sufrimiento iraní será instrumentalizado por todos los actores. El régimen lo usará para justificar represión. Washington para legitimar intervención. Israel para ampliar influencia regional. Y los iraníes que solo querían dignidad quedarán atrapados entre estas agendas, como siempre ocurre cuando los grandes se sientan a la mesa a decidir el futuro de los pequeños.

La pregunta que nadie quiere responder es si puede construirse algo distinto cuando los que dicen venir a liberar necesitan, para sus propios fines, que el caos continúe.

* Paulo Hidalgo es doctor en Sociología y Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Talca - Sede Santiago.

 

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