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La humanidad frente al espejo de la guerra

Tal vez este sea un momento en que la humanidad necesita preguntarse qué valores merecen ser colocados en el centro de la vida colectiva y si es tolerable un poder cuando se sostiene sobre el sufrimiento de otros.
Viernes, 27 de marzo de 2026 01:19
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¿Qué lugar ocupa la guerra en la historia de la humanidad? ¿Qué revela sobre nosotros en un tiempo de extraordinario desarrollo tecnológico? Su persistencia ¿puede ser también un indicador de la fase de su existencia en que se encuentra la humanidad que, como los seres vivientes, nace, crece, se multiplica y algún día se extingue?

La historia de la humanidad enseña que la guerra parece inscripta en los genes de nuestra especie, como si junto con la inteligencia, la creatividad y la capacidad de amar, el ser humano llevara también una tendencia indominable hacia la dominación y la violencia. Esa es, quizás, una de las grandes paradojas de nuestra condición. La humanidad ha sido capaz de elevarse hasta la belleza del arte, la compasión, el altruismo y la ternura; ha sabido conmoverse frente a un niño, detenerse ante una pintura, crear música que parece tocar algo sagrado y soñar, como en la canción de Louis Armstrong, con un mundo maravilloso. Pero en esa misma humanidad también aparece la otra cara, la del horror, la crueldad, la avaricia, la injusticia y, quizá más que ninguna otra, la indiferencia, visible en el silencio de quienes se acostumbran a ver avanzar el mal como si fuera una escena más de una película o de una serie de televisión.

La guerra siempre se asoma con la habilidad de un camaleón, cambia de nombre, guerra fría, tormenta del desierto, intervención, operación especial, disuasión estratégica, cambia de escenario y cambia de discurso. Muda de rostro entre Oriente y Occidente, entre conflictos abiertos, amenazas diplomáticas y disputas por territorio, recursos o influencia, pero conserva intacta su capacidad de destrucción y deja siempre la misma huella sobre la vida humana. Nunca se fue, sólo adaptó su lenguaje. Y en una época en la que la humanidad podría estar consagrando su inteligencia a dignificar la vida y ampliar la cooperación, el mundo vuelve a llenarse de palabras ligadas al rearme, la disuasión, la destrucción y el poder nuclear.

Un momento especial

La guerra vuelve a exhibir una de las expresiones más sombrías de la condición humana en una época de extraordinario desarrollo tecnológico, científico y comunicacional, un tiempo que debería acercarnos más en la comprensión del dolor de la guerra y en el cuidado de la vida. Ese contraste vuelve todavía más urgente afirmar los valores que elevan nuestra condición: la dignidad, la compasión, la justicia, la verdad, la responsabilidad y la paz.

Hace apenas unos años, la pandemia unió a la humanidad como una sola comunidad enfrentada a un mismo enemigo. Por un momento dio la impresión de que habíamos aprendido algo esencial sobre el valor de la vida, la fragilidad compartida y la necesidad de cuidarnos unos a otros. Sin embargo, el presente deja una sensación amarga. Aquella experiencia no alcanzó para aprender de verdad, sino que dejó al descubierto que no nos unía la condición humana, sino el espanto. Como el virus no distinguía color de piel, frontera, religión ni lugar de nacimiento, el miedo nos igualaba. Pasado ese miedo, volvieron a asomar las viejas fracturas, los intereses, la indiferencia y la voluntad de poder.

La dignidad humana

Hablar de valores no es ingenuo; es necesario, y urgente.

El primero de esos valores es la dignidad humana, la certeza de que toda vida vale, sin distinción de país, raza, bandera, religión, idioma o ideología. Allí donde la guerra hace llorar a una madre, estremece a un niño, obliga a un anciano a esperar un remedio o deja a un enfermo dependiendo de una decisión lejana, la dignidad se vuelve una exigencia moral concreta. Junto a ella aparece la compasión, que no es debilidad ni sentimentalismo, es la capacidad de no volvernos ciegos ante el dolor ajeno. La compasión mantiene viva la humanidad cuando todo alrededor empuja a la costumbre del sufrimiento.

También hace falta la justicia, es decir, la voluntad de construir un mundo en el que el poder encuentre límites y la vida de los más vulnerables no quede siempre expuesta.

A estos valores se suman la verdad, la responsabilidad, y la paz; todos, una forma de convivencia donde la razón, y no la fuerza sean lo que decida el destino de los pueblos.

Estos valores adquieren mayor profundidad al tomar conciencia de lo que producen los conflictos en la vida real. Las sanciones de un país contra otro recaen siempre sobre la población civil y terminan produciendo dolor concreto, hambre, enfermedad, angustia y desesperación. Humanamente, eso no debería justificarse con facilidad.

Privar a un pueblo de medicinas, de energía, de alimentos o de condiciones mínimas de vida tiene una gravedad moral inmensa. Hay decisiones que se anuncian con un tono administrativo y, sin embargo, caen sobre la gente con la misma brutalidad de una bomba sobre un jardín de infantes. Destruir una empresa de energía puede sonar estratégico en un mapa militar, aunque en la vida humana se traduce en hospitales que colapsan, incubadoras que se apagan, familias que quedan a oscuras, ancianos sin alivio y niños expuestos al frío, al miedo y a la intemperie.

La guerra de nuestro tiempo posee una tecnología que ha permitido ataques más precisos, más dañinos y sofisticados en su ejecución.

Sin embargo, esa precisión no vuelve más humana a la destrucción. Apenas modifica sus métodos. Hoy ya no hace falta imaginar únicamente una bomba nuclear para pensar en la posibilidad de una devastación a gran escala. Alcanzan la destrucción de campos de alimentos, la interrupción de las fuentes de energía, el colapso de los sistemas sanitarios, la parálisis de las cadenas de abastecimiento y el deterioro prolongado de las condiciones mínimas para sostener la vida. La muerte puede llegar de manera menos instantánea, aunque no menos feroz. La extinción también puede avanzar lentamente, disfrazada de sanción, de cerco, de asfixia o de cálculo geopolítico.

Ahí se entiende mejor lo que produce la guerra en los cuerpos y en las almas. Se resquebraja la vida cotidiana, se altera la mesa familiar, se interrumpe el sueño de un niño, se apaga la tranquilidad de una madre, se vuelve incierta la vejez de un abuelo que esperaba apenas llegar a mañana con su medicación, con un plato de comida o con un poco de alivio. Los grandes conflictos del mundo se sienten primero en esa geografía íntima del sufrimiento. Se sienten en la familia que empieza a acostumbrarse a la escasez, en la infancia que crece rodeada de carencias que nunca deberían volverse normales.

Lo más doloroso, tal vez, sea la costumbre. Nos debe preocupar que la humanidad empiece a convivir con el sufrimiento ajeno como si fuera parte natural del paisaje, que la injusticia se vuelva rutina y el dolor de los otros, una noticia más, como una escena lejana que no altera la vida de quienes miran desde afuera. Allí la guerra consigue una de sus victorias más tristes, va erosionando la sensibilidad moral de quienes todavía conservan el privilegio de observarla a distancia.

La historia humana deja la inquietante pregunta de ¿hasta qué punto el conflicto ha sido uno de los grandes motores de su desarrollo? Desde las primeras armas y herramientas hasta la tecnología actual, muchos avances estuvieron ligados a la necesidad de dominar, defenderse o imponerse, como si lo bélico hubiera funcionado durante siglos como un acelerador de la capacidad técnica de la humanidad.

¿Una especie autodestructiva?

Lo más alarmante es que ese impulso, que alguna vez favoreció la supervivencia, hoy parece empujar a la especie humana hacia un umbral de autodestrucción. En medio de ese riesgo asoma una idea todavía más perturbadora, la posibilidad de un relevo. La humanidad, como forma de inteligencia biológica asentada en la química del carbono, podría no ser la estación final de la inteligencia, sino una etapa transitoria llamada a desaparecer, dejando su lugar a otra forma de procesamiento, creación y decisión basada en la química del silicio y en las arquitecturas computacionales que hoy reconocemos en la inteligencia artificial. Desde allí, la guerra adquiere un significado aún más inquietante, el de haber una energía que impulsó desarrollo, dominio y poder, y que ahora podría estar acompañando el tránsito hacia el reemplazo de la propia especie que la sostuvo.

La idea corre el eje de la reflexión. Tal vez no estemos sólo ante una crisis política, moral o militar, sino frente a una transición más profunda, en la que la humanidad, aferrada a sus impulsos destructivos, empieza a poner en riesgo su lugar como portadora central de la inteligencia consciente. En esa mirada, la guerra deja de ser únicamente una tragedia repetida y pasa a revelar una dificultad persistente de la especie para gobernar sus pulsiones más peligrosas. De allí surge una pregunta obligada, ¿estamos ante el comienzo de un relevo histórico de la inteligencia? La cuestión, entonces, excede lo tecnológico y se vuelve moral, filosófica y civilizatoria. Ya no alcanza con preguntarse qué puede hacer la inteligencia artificial; también hace falta preguntarse qué hará la humanidad consigo misma. Por eso la reflexión sobre los valores adquiere una importancia decisiva. Sostener la dignidad, la compasión, la justicia, la verdad, la responsabilidad y la paz es una forma de resistencia moral frente a la crueldad, la indiferencia y la aceptación del sufrimiento ajeno como si fuera un precio tolerable.

Si la humanidad ha de honrar la inteligencia de la que tanto se enorgullece, tendrá que encontrar el camino que hoy pone en peligro su propia existencia y construir una sustentabilidad planetaria donde la guerra desaparezca, por fin, del vocabulario de la humanidad.

* Héctor Iván Rodríguez es Ingeniero industrial, Máster en comunicaciones sociales y Doctor en Estadística

 

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