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27 de Marzo,  Salta, Centro, Argentina
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Palabra, memoria y democracia

Viernes, 27 de marzo de 2026 01:19
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En tiempos de redes sociales, de inmediatez digital, de discursos vacíos donde el valor parece estar puesto casi exclusivamente en la imagen, necesitamos hacer una pausa para reflexionar sobre los hilos invisibles que sostienen nuestra identidad colectiva. Como adultos referentes de nuestras infancias y adolescencias, tenemos la responsabilidad ética de transmitir que la libertad que hoy habitamos no es un hecho dado, sino una conquista histórica que se protege día a día con la palabra, la memoria y el respeto por nuestros derechos.

Cada 24 de marzo, la escuela y la sociedad nos invitan a un ejercicio de ciudadanía que trasciende lo estrictamente escolar o institucional. Nos propone entender la memoria no como una mirada estática hacia el ayer, sino como un acervo cultural dinámico que nos pertenece a todos.

Existen conceptos que a veces parecen abstractos para un niño, como "democracia" o "justicia", pero que cobran un sentido real y concreto cuando los vinculamos con su cotidianeidad: con su capacidad de ser escuchado, de participar en las decisiones de su entorno y de ser reconocido como un sujeto con voz propia y singular.

La identidad en la infancia se construye a través de la palabra del otro. El niño se mira en el espejo de la mirada y el discurso de sus padres o referentes, allí empieza a reconocerse. El derecho a ser uno mismo, el derecho a la identidad, es uno de los legados más profundos que podemos trabajar con nuestras infancias. En el mundo actual, donde la huella que dejamos es constante, y en ocasiones pública, saber de dónde venimos nos permite proyectar hacia dónde vamos. La identidad es esa raíz intacta que permite soltar la mano del adulto y empezar a caminar con autonomía. En este sentido, la memoria colectiva funciona como una verdadera caja de herramientas para la vida. Al visibilizar nuestra historia, incluso en sus tramos más dolorosos, enseñamos que el respeto por el otro y la defensa de la vida son los pilares que dan sentido a nuestra democracia. Con los más pequeños, esto se traduce en vivirla como una práctica de convivencia diaria, basada en la escucha atenta, la participación activa y la resolución pacífica de los conflictos que emergen en el juego o en el aula.

Conversaciones

Cuando en la escuela o en la mesa familiar rescatamos escenas de una historia que en su momento irrumpió y acalló la voz de tantas personas, les estamos transmitiendo el inmenso poder de la resiliencia. Cada conversación que iniciamos sobre identidad y justicia es, en esencia, hacer democracia, en este ejercicio de poner la voz, les mostramos que la palabra siempre es el camino. Mirar hacia atrás no es quedarse en el pasado, es cuidar el presente. En los gestos diarios, en las decisiones frente al aula, desde el trato respetuoso, hasta el cumplimiento de las normas de convivencia, estamos construyendo historia. Paso a paso.

Generar diálogos que siembren compromiso hoy, es apostar por una sociedad que aprende a cuidarse a través de la empatía. Es transmitirles que la democracia no es solo un sistema de gobierno, sino una forma de mirar al mundo y de reconocer al otro. Es enseñar que la libertad requiere coraje para ser ejercida, que la justicia se construye desde el respeto y la mirada hacia el otro, y que la identidad es el suelo firme sobre el cual se camina y crecemos sin miedo.

Al final del día, recordar es un modo de cuidar, de reconocer heridas y transformarlas en aprendizaje, un gesto fundamental y necesario que nos permite decir a nuestras infancias y adolescencias, con coherencia y esperanza, que su historia les pertenece y que el futuro se escribe con la fuerza de la propia verdad.

 

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