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31 de Marzo,  Salta, Centro, Argentina
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®Remarla en Dulce de Leche

Martes, 31 de marzo de 2026 01:28

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Argentina lidera, de manera poco envidiable, el ranking mundial de estrés y ansiedad. Según el informe de la plataforma internacional Statista Consumer Insights 2026, el 49% de los adultos encuestados reportó episodios frecuentes de estrés en el último año, superando a Finlandia (45%) y Canadá (42%). La cifra es más que un dato: es un termómetro del malestar psicológico que atraviesa a la sociedad, estrechamente ligado a múltiples factores.

Podemos entender este fenómeno del estrés y al mismo tiempo la resiliencia, comparándolo con el colesterol: no todo estrés da igual. Existe un estrés positivo (eustrés) aquel que activa recursos cognitivos y emocionales, impulsa la resolución de problemas y fortalece la adaptación; y un estrés negativo (distrés) crónico, que desgasta la mente y el cuerpo, generando insomnio, irritabilidad y síntomas psicosomáticos que minan la calidad de vida. Los argentinos, al igual que un organismo con niveles equilibrados de colesterol, muestran ambas caras: son más vulnerables al malestar, pero también desarrollan mecanismos de adaptación impresionantes.

La sociedad es un organismo vivo y la Argentina particularmente, viene sufriendo hace décadas en forma continua o aislada pero persistentemente todos estos malestares: inestabilidad gubernamental y cambios abruptos de políticas, la corrupción y desconfianza en las instituciones, la intensa polarización política, los conflictos sindicales y la debilidad del sistema judicial; a esto se suman problemas económicos como la inflación, la altísima carga impositiva, inseguridad laboral, el acceso desigual a servicios básicos, dificultad para ahorrar o invertir; y finalmente, causas sociales que incluyen la violencia urbana, la creciente brecha social, el estrés de la vida en las ciudades, la fragmentación familiar y la cultura del malestar compartido que impregna las relaciones cotidianas.

Sin embargo, los estudios muestran también una faceta positiva como rasgo social: la resiliencia como la aptitud colectiva para afrontar crisis, adaptándose de manera innovadora. El estrés repetido genera una suerte de entrenamiento adaptativo: el sistema nervioso aprende a tolerar la tensión, modulando la respuesta emocional y permitiendo que, frente a la incertidumbre o los conflictos cotidianos, las personas puedan sostener la vida cotidiana sin colapsar. Como advierte Richard Lazarus en su teoría del estrés y la adaptación, la percepción de control y la reestructuración cognitiva son claves para que el estrés deje de ser tóxico y funcione como estímulo de crecimiento.

Lo curioso en Argentina es cómo este fenómeno parece haber impregnado lo social y cultural, hasta el punto de sugerir que el estrés forma parte del ADN argentino. La historia de crisis recurrentes, la inflación persistente y los cambios políticos abruptos han moldeado generaciones que, aunque altamente tensionadas, desarrollan simultáneamente redes de apoyo, respuestas rápidas a la adversidad, sentido de comunidad y un particular sentido del humor como rasgo sobresaliente de inteligencia emocional. En otras palabras, hay un estrés que daña, pero también un estrés que enseña a levantarse una y otra vez.

Este doble efecto -estrés como factor de riesgo y como motor de resiliencia- explica por qué, pese a liderar los índices de tensión mundial, Argentina no se traduce automáticamente en desesperanza generalizada. Estudios de bienestar de 2026 muestran niveles relativos de satisfacción personal y adaptación emocional que funcionan como red emocional, amortiguando el impacto del malestar crónico. Es un contraste fascinante: un país que sufre mucho, pero que parece haber aprendido a sostenerse sobre esa misma presión.

En términos clínicos, podemos resumirlo así: entender el estrés argentino requiere distinguir entre su faceta dañina y su faceta formativa, reconocer los mecanismos de habituación que permiten soportarlo y valorar la resiliencia que emerge de la experiencia colectiva. La tensión no es solo un problema; es, a veces, un catalizador de adaptación, creatividad y supervivencia emocional. Como el colesterol bueno que protege al corazón, la resiliencia argentina trata de protegerse frente a la adversidad cotidiana, recordándonos que incluso en los contextos más hostiles, la capacidad de levantarse, puede ser la marca registrada de un pueblo: ®Remarla en Dulce de Leche.

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