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18 de Enero,  Salta, Centro, Argentina
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Jorge Paz, doctor en Economía: "La inflación no se detuvo: 31,5% anual sigue siendo enorme para cualquier economía"

En el streaming de El Tribuno, el economista analizó en profundidad el actual escenario económico argentino.
Domingo, 18 de enero de 2026 00:57
Foto: Javier Rueda
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En el streaming de El Tribuno, el economista Jorge Paz analizó en profundidad el actual escenario económico argentino, a partir del último dato de inflación, y planteó una mirada crítica sobre el esquema macroeconómico vigente, el atraso cambiario, la dependencia del endeudamiento externo, el impacto en el empleo, la "uberización" del trabajo, la situación de la clase media, la pérdida de competitividad productiva y el rol de sectores como la industria, las pymes y la minería, en una entrevista realizada en la redacción de El Tribuno.

El dato económico es la inflación: 31,5% interanual y 2,8% mensual, la más baja en años. ¿Cómo lo analizás?

Mi mirada es crítica respecto al esquema económico que se está llevando adelante. No es un esquema de crecimiento. Si miramos el emergente que son los precios, es cierto que la media mensual es 2,8, un valor bajo en términos históricos, pero la pregunta que hay que hacerse es otra: el principio básico del Gobierno fue detener la inflación y el diagnóstico fue que la causa era la emisión para financiar gasto público. Entonces la receta fue motosierra, ajuste, equilibrio fiscal, no emitir y, en consecuencia, que la inflación se detenga porque no habría dinero circulando.

Ese fue el diagnóstico. Ahora bien, aun con equilibrio fiscal y sin emisión, tenemos una inflación del 30% anual. No se detuvo. Para Brasil, Chile o Bolivia, esa inflación anual es la que nosotros tenemos en un mes. Entonces estamos hablando de una inflación moderada, no baja.

Foto: Javier Rueda

Si hay equilibrio fiscal y menor circulación, ¿por qué se da esa inflación?

Porque entramos en la estructura de la economía argentina. Es una economía históricamente atada a los sectores exportadores y, por lo tanto, al dólar. El valor del dólar nunca se quedó quieto. El Gobierno viene aplicando microdevaluaciones. Ahora lo presenta como que ajusta el tipo de cambio según la inflación, pero la causalidad es al revés: es el dólar el que se transmite a los precios, no los precios al dólar.

Mientras el dólar siga subiendo, aunque sea de forma administrada, va a sostener una inflación persistente. Por eso hablamos de atraso cambiario y de un esquema de dólar barato. El propio FMI calcula un tipo de cambio de equilibrio y hoy el Gobierno está alineado con ese criterio. Pero, en lo concreto, la economía funciona si el dólar está barato y si hay reservas. El Gobierno logró sostener un dólar bajo gracias a un fuerte ingreso de divisas por deuda y por apoyo externo, principalmente de Estados Unidos.

Hoy el Banco Central tiene reservas en torno a los 45.000 millones de dólares, un nivel similar al que había en la mejor etapa del kirchnerismo, cuando la economía crecía. Pero hay una diferencia fundamental: en aquel momento los dólares provenían de exportaciones; ahora provienen de endeudamiento.

Eso genera una sensación de calma, como un mar tranquilo antes de una ola grande. Hay una espalda en dólares, pero es ficticia, porque es deuda que hay que pagar.

 

 

¿Qué implica que los dólares provengan de deuda y no de exportaciones?

Una economía normal obtiene divisas exportando. Hoy Argentina importa mucho y exporta poco. Los dólares no entran por superávit comercial sino por endeudamiento. Eso tranquiliza en el corto plazo, pero arma una bola de nieve. No es sustentable.

Lo ideal sería tener superávits gemelos: fiscal y externo. Hoy hay equilibrio fiscal, pero no hay superávit externo estructural. Eso hace que la estabilidad sea frágil.

En este contexto, ¿cómo ves el mercado laboral?

Hay una apariencia de normalidad. La tasa de desocupación no sube mucho, ronda el 7%, y eso genera la sensación de que no hay crisis. Pero es un error mirar solo ese indicador. Lo que está creciendo es la informalidad, el pluriempleo y el cuentapropismo. Hoy mucha gente de clase media tiene un trabajo formal y, además, sale a hacer Uber, delivery o cualquier actividad en plataformas para completar ingresos. Eso es la "uberización" del empleo. No es creación de puestos productivos nuevos, es gente que se autoexplota para llegar a fin de mes.

¿Por qué la desocupación no refleja ese deterioro?

Porque la medición del INDEC pregunta si la persona está buscando trabajo. Mucha gente no busca trabajo formal porque ya tiene uno, aunque no le alcance, y por eso no figura como desocupada. Pero eso no significa que esté bien. Hay estrés financiero, jornadas extensas, doble o triple ocupación.

Entonces la tasa de desempleo no es hoy un buen indicador del estado real del mercado laboral. Lo que hay es precarización, informalidad y sobrecarga de trabajo.

¿Cómo impacta este esquema macroeconómico en el consumo y en la vida cotidiana?

El consumo está planchado. Lo que se observa es una caída del consumo masivo y un desplazamiento hacia segundas marcas o directamente a la reducción de cantidades. Hay una ilusión de estabilidad de precios, pero los ingresos quedaron muy atrás. Cuando bajás la inflación a costa de frenar la actividad, el resultado es este: precios que suben menos, pero salarios que no alcanzan.

La clase media es la más golpeada, porque perdió capacidad de ahorro, resignó calidad de consumo y hoy está en una situación de vulnerabilidad permanente. Muchos hogares que hace unos años podían proyectar, hoy solo administran sobrevivencia.

¿Y la pobreza?

La pobreza no se corrige solo bajando la inflación. Se corrige con empleo, con ingresos reales y con crecimiento. Hoy tenemos una pobreza estructural superior al 40%. Hay sectores que directamente quedaron fuera del mercado de trabajo formal y dependen de transferencias.

El problema es que el Estado se retira con la idea de que el mercado va a resolver, pero el mercado no genera empleo masivo cuando la economía no crece. Entonces se genera un cuello de botella social muy peligroso.

El Gobierno redujo subsidios y tarifas. ¿Cómo lo ves?

Desde el punto de vista fiscal, la reducción de subsidios ordena las cuentas. Pero desde el punto de vista social y productivo, encarece costos y reduce ingresos disponibles. Una pyme que paga más luz, más gas y más transporte, y que además vende menos, queda atrapada.

Lo mismo pasa con los hogares: una parte creciente del ingreso se va en servicios esenciales. Eso comprime el consumo y profundiza la recesión.

¿Qué sectores ganan y cuáles pierden con este modelo?

Los ganadores son los sectores vinculados a la renta financiera, a la importación y a actividades primarias muy concentradas. Los perdedores son la industria, las pymes, el comercio y todo lo que depende del mercado interno.

La apertura importadora, combinada con un dólar barato, hace muy difícil competir. El empresario local paga impuestos, tarifas, costos laborales y compite contra productos que vienen de países con escalas gigantes y políticas industriales activas.

¿Esto pone en riesgo a las pymes?

Absolutamente. La pyme es la principal generadora de empleo, pero es la más vulnerable. Si no hay crédito, si no hay protección mínima y si no hay demanda, la pyme se achica o cierra. Eso no se ve de inmediato, pero se acumula. Cuando se pierde una pyme, no se pierde solo un negocio: se pierde capital humano, redes productivas y conocimiento.

En Salta y el NOA aparece la minería como esperanza de crecimiento. ¿Es suficiente?

La minería es una oportunidad enorme, pero no es una solución mágica. Puede generar divisas, inversión y empleo, pero si no se integra a una estrategia de desarrollo, se convierte en un enclave. El desafío es que genere encadenamientos productivos, proveedores locales, tecnología y valor agregado.

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