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Valle de Cianca: un espacio con fabulosos vestigios de su pasado

Investigaciones arqueológicas y documentales permiten reconstruir ese pasado y fundamentan el pedido de crear un archivo y un museo que pongan en valor un patrimonio cultural de enorme relevancia para la identidad regional.
Sabado, 24 de enero de 2026 23:34
Uno de los muros perimetrales del antiguo fuerte.
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A lo largo de 2.600 años, por su estratégica ubicación en el Noroeste Argentino, el Valle de Cianca ha sido un espacio determinate de procesos históricos. En su suelo quedaron atesorados vestigios del contacto de culturas precolombinas, etnias que perduran en las profundidades del Gran Chaco, las primeras corrientes colonizadoras de la región, la presencia de los Jesuitas, la época virreinal, la guerra de la independencia, la epopeya gaucha y la llegada del ferrocarril.

No por causalidad el valle que hoy conocemos con la inadecuada denominación de Siancas, atrajo por siglos a cronistas, viajeros, estudiosos y eminentes figuras de la arqueología argentina, como Alberto Rex González, Víctor Núñez Regueiro, Alicia Fernández Distel y Rodolfo Raffino, entre otros. En algunos de sus trabajos de campo y análisis de materiales integró los equipos Gustavo Flores Montalbetti, un investigador nacido y criado en General Güemes, que conoce como pocos el ámbito del valle. En 2025 las cámaras legislativas de la Provincia lo reconocieron por sus 50 años de trabajo silencioso y fructífero en el rescate de un legado histórico y cultural que amerita largamente la creación de un museo y archivo. Sin dudas, una decisión política le darían a su ciudad natal la posibilidad de ponerlo en valor y apuntalar el turismo.

Esos esfuerzos a los que se sumó en los últimos años Ricardo Daniel Celedón, un investigador especializado en prospección instrumental y en numismática, permitieron geolocalizar sitios arqueológicos, emplazamientos coloniales y tramos de antiguos caminos mencionados en escritos de distintos períodos que con el paso del tiempo desaparecieron en la espesura del bosque chaqueño. Evidencias de diferentes épocas históricas del Valle de Cianca, que incluyen desde medallas religiosas, crucifijos, monedas, utensilios y municiones, hasta restos de espuelas, estribos, hebillas, argollas de correajes, armas y botones de uniformes integran ese extraordinario patrimonio que permanece bajo la celosa custodia de Flores Montalbetti.

Las caras de una medalla jesuita de 1730.

La información sobre los sitios arqueológicos y los materiales rescatados se encuentran resguardados, clasificados y en parte exhibidos en las cuatro salas de la Muestra Arqueológica Regional "Dr. Alberto Rex González" del Museo de Campo Santo. El excepcional legado también incluye expedientes coloniales.

"Luego de varios años de labor archivística y de investigación de campo, hemos recuperado valiosa información sobre los lugares históricos y hallamos parte de sus construcciones, junto a evidencias cuya antiguedad se condice perfectamente con lo que expresan las fuentes documentales", remarcó Flores Montalbetti en diálogo con El Tribuno. "Las evidencias dejan sentado que este ambiente natural tuvo una ocupación casi ininterrumpida durante siglos, desde las primitivas sociedades alfareras hasta el presente, pasando por todas las etapas que contempla la historia de nuestra tierra", agregó.

Algunos de los vestigios históricos rescatados.

"El patrimonio histórico está a la entera disposición de las autoridades municipales o provinciales para la creación del Archivo y Museo de la Historia del Valle de Cianca", acotó el investigador.

Enmarcado entre las sierras de Mojotoro al oeste y las sierras de la Cresta del Gallo y de San Antonio al oriente, el Valle de Cianca abarca casi toda la extensión del departamento de General Güemes, la porción sureste del departamento Capital y la franja sur de los departamentos jujeños de El Carmen, San Pedro y Santa Bárbara.

Su estratégica disposición en el escenario geológico–geográfico lo convirtió desde siempre en lugar de paso y asentamiento de pequeñas sociedades ancestrales que se comunicaron con grupos originarios de cada región natural, desde más allá de la Puna hasta las florestas tropicales. Alrededor del año 1.000 a.C. comenzaron a conectarse por la circulación de caravanas de camélidos con las que comerciaban mediante trueque los productos típicos excedentes, que recorrieron el Desierto de Atacama, Salinas Grandes, Quebrada del Toro, Quebrada de Humahuaca, los valles de Luracatao, Calchaquí y de Lerma y los bosques chaqueños occidentales.

 

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