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El Tribuno visitó a Oscar Martínez en la Merced y él habló con la voz entrecortada pero firme. El alquiler es una responsabilidad más que se suma cada mes a la lista de cuentas y necesidades. No se victimiza. No baja los brazos. Solo repite una frase que publica cada día en sus redes sociales: “Necesito trabajar. Por favor, llámenme”.
Tiene tres hijas: una de 11 años, otra de 8 que este 19 de febrero soplará las velitas y la más pequeña de 6. “Yo no pido plata, pido que me llamen para trabajar”, insistió. Su oficio es gasista: desarma cocinas completas, las limpia, las repara, las deja funcionando como nuevas. Trabaja sábados, domingos y feriados. Va donde lo llamen.
Pero diciembre, enero y febrero fueron meses especialmente duros. Con menos trabajo, el alquiler, los útiles escolares y los gastos básicos se vuelven cuesta arriba. “Cuando la gente no te conoce, cuesta más. Yo me manejo por Facebook, no soy muy hábil con el teléfono. Pero publico todos los días”, contó.
Además de su trabajo como gasista, Oscar sueña con iniciar su propio emprendimiento. Le gustaría dedicarse a la comida, un oficio que también aprendió en Buenos Aires, donde se formó como cocinero mientras trabajaba. Tiene casi todo para empezar, pero le falta un freezer, un elemento clave para poder producir y conservar. “Yo trabajaría todo el día y todos los días”, aseguró, convencido de que con una oportunidad podría salir adelante definitivamente.
Una bicicleta como ilusión
El cumpleaños se acerca y este año no habrá fiesta. “Como no le podía hacer una fiestita, me dijo: ‘Si no me podés hacer la fiesta, papá, fijate si me podés comprar una bicicleta’. Pobrecita, es su sueño”, dijo, y bajó la mirada.
A un padre le duele no poder cumplir un deseo sencillo. Una bicicleta. No un viaje, no un lujo. Una bicicleta para pedalear por el barrio, para sentir el viento en la cara, para ser niña. “Si tuviera trabajo, todo sería distinto. Yo lo único que quiero es trabajar para poder comprársela”, repitió varias veces.
Una vida marcada por el fuego
La historia de Oscar no empezó ayer. Hace años vivía en Buenos Aires. Allí le arrebataron el ahorro de toda su vida en una estafa inmobiliaria. Y poco después, el golpe más duro: un incendio en la fábrica donde trabajaba.
Era una fábrica de guata. Un cortocircuito desató las llamas. Las puertas estaban cerradas. No podían salir. “Se prendió todo muy rápido. Pensábamos que no salíamos”, recordó.
Fue rescatado por los bomberos junto a varios compañeros. Las secuelas fueron devastadoras: quemaduras en manos, piernas y gran parte del cuerpo. Le dijeron que tal vez no volvería a caminar. Que no le crecería el cabello. Pasó cinco años postrado, en tratamientos y rehabilitación.
“Pero yo nunca me rendí. Y no me pienso rendir jamás”, afirmó. El pelo volvió a crecer. Volvió a ponerse de pie. Volvió a trabajar.
Diabetes y esfuerzo sin descanso
Como si no fuera suficiente, Oscar convive con diabetes tipo 2. Se aplica insulina tres veces al día. Hay jornadas en las que se levanta con los valores muy altos, mareado, debilitado. Pero igual sale.
“No me importa la lluvia, el calor, el frío. Voy en colectivo con todas mis herramientas. Balde, llaves, pinzas, todo. Para no molestar a quien me contrata”, explicó.
Algunos choferes lo miran sorprendidos por el peso que carga. Él sonríe. Son las herramientas que le permiten sostener el alquiler, la comida y la escuela de sus hijas.
Un oficio aprendido con esfuerzo
Oscar estudió gasista en Buenos Aires. También se formó como cocinero. Siempre trabajó y estudió al mismo tiempo. “Me gusta aprender. Todo lo que puedo aprender, lo aprendo”, contó.
Le robaron herramientas en Cerrillos y perdió otras en mudanzas forzadas. Una vecina solidaria le regaló una garrafa y un taladro. Con eso y con su voluntad sigue adelante.
“No pido plata, pido trabajo”
A los 56 años, siente que todavía tiene fuerzas para mucho más. “Ni mi salud me para”, dice con convicción. Pero le duele sentirse estancado. Le duele no poder avanzar cuando lo único que quiere es trabajar.
“Yo nunca salí a pedir plata. Lo que pido es que me llamen. Que me den la oportunidad de trabajar. Si alguien me quiere dar una mano con una bici usada, bienvenida sea. Pero yo quiero conseguirla trabajando”, aclaró.
Su número es 387-604-8233. Va a toda Salta: Vaqueros, San Lorenzo, Campo Quijano, El Carril, General Güemes. Donde lo necesiten.
El 19 de febrero está a la vuelta de la esquina. Y en una casa alquilada de La Merced, una nena de ocho años sueña con una bicicleta. Y un padre sueña con que el teléfono suene.