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La psicóloga Andrea D'Abate analizó el fenómeno de los therians, jóvenes y adolescentes que aseguran no identificarse como humanos sino como animales, y advirtió que se trata de una manifestación de conflictos profundos de identidad. Desde una mirada clínica, alertó sobre la confusión entre realidad e imaginario, el impacto de las infancias heridas, la falta de límites y contención familiar, y los riesgos de validar socialmente conductas que, lejos de ser una libre elección, expresan un cuadro de sufrimiento psíquico y desorganización subjetiva.
En los últimos tiempos comenzó a visibilizarse el fenómeno therian. Desde la psicología, ¿cómo se lo interpreta?
Desde una mirada clínica y profesional, estamos frente a un problema de salud mental. No hablamos de una identidad construida de manera sana ni de una elección consciente, sino de una autopercepción que no coincide con la realidad. Cuando se produce una ruptura entre lo que una persona cree ser y lo que efectivamente es, estamos ante un indicador claro de conflicto psíquico que merece atención.
Usted habla de la diferencia entre percepción y autopercepción. ¿Por qué es tan central esta distinción?
Porque la percepción está anclada en la realidad. Percibimos a través de los sentidos, internos y externos, y eso nos permite ubicarnos en el mundo, saber quiénes somos y dónde estamos parados. La autopercepción, en cambio, pertenece muchas veces al plano del imaginario. Cuando ese imaginario reemplaza a la realidad y la niega, deja de ser sano y se vuelve patológico.
¿Qué implica, psicológicamente, autopercibirse como un animal?
Implica negar la propia condición humana. Es rechazar el cuerpo, la historia personal, la familia y el lugar que a uno le tocó ocupar en el mundo. Y eso es muy grave. No estamos hablando de una cuestión estética ni de expresión simbólica, sino de un quiebre profundo en la identidad y en el reconocimiento de la realidad.
Por eso usted define este fenómeno como un síntoma…
Exactamente. Para mí es un síntoma claro de sufrimiento, de desesperación y de una herida psíquica profunda. Nadie que esté en paz con su identidad necesita dejar de ser humano para sentirse mejor. Detrás de estas conductas hay historias de dolor, abandono emocional, carencias afectivas y familias que no lograron contener ni poner límites.
¿Qué rol juegan las infancias en este proceso?
Un rol absolutamente central. La identidad se construye desde la infancia, en el vínculo con los padres, con la familia y con los adultos de referencia. Cuando un niño no se siente sostenido, cuidado, reconocido y ubicado en un lugar claro, queda a la deriva. En ese vacío aparece la fantasía como refugio frente a una realidad que duele.
En ese marco, ¿qué opinión le merece el discurso del "dejalo ser"?
Es una consigna peligrosa cuando se aplica sin responsabilidad. No todo lo que surge de una construcción social es saludable. Los niños y adolescentes no tienen una identidad madura ni herramientas psíquicas para decidir solos. Confundir libertad con ausencia de límites es una forma de abandono encubierto.
¿Qué incidencia tienen las redes sociales y el consumo permanente de pantallas?
Una incidencia enorme. Hoy vemos chicos hiperconectados a pantallas y completamente desconectados del vínculo humano real. La falta de contacto, de diálogo cara a cara y de experiencias compartidas debilita la identidad. Ese vacío favorece la confusión y la huida de la realidad.
Días atrás se conoció un episodio en el hospital de mascotas de la ciudad, donde personas therians pidieron atención como si fueran animales. ¿Puede derivar esto en conflictos sociales?
De hecho, ya está ocurriendo. Si una persona cree sinceramente que es un animal, estamos ante un serio problema de salud mental. El conflicto surge cuando esa confusión invade espacios que no le corresponden, generando enojo, rechazo e intolerancia por parte del resto de la sociedad.
En la misa de este sábado en la Catedral, el sacerdote Lucio Acaya se refirió a la "cultura de los therians". "Obedecemos a la cultura y no todo lo cultural es bueno" dijo.
¿La validación social agrava este escenario?
Sí, sin dudas. Validar algo patológico como si fuera normal es profundamente dañino. No ayuda a la persona, la hunde más en su desconexión con la realidad. La sociedad termina sosteniendo una ficción que perjudica tanto al individuo como al tejido social.
¿Qué deberían hacer los padres que detectan estas conductas en sus hijos?
Estar atentos, no minimizar lo que ocurre y no mirar para otro lado. Acompañar, poner límites claros y buscar ayuda profesional. Pero también revisar la propia historia: un padre o una madre heridos, que no han sanado, difícilmente puedan acompañar de manera sana a un hijo.
¿La terapia es una herramienta que puede ayudar?
Absolutamente. La terapia no es un espacio de enfermedad, sino de construcción de identidad. Es el lugar donde uno puede preguntarse quién es, qué le pasa y qué necesita. Siempre con profesionales de la salud formados y responsables, no con improvisados.
Para cerrar, ¿cuál sería el mensaje central?
No normalizar lo que no es normal. Aceptar la realidad es el primer paso para una verdadera libertad. Y esa aceptación comienza en la familia, en la contención, en los límites y en la salud mental de los adultos, que son quienes primero deben hacerse cargo.
* El Instagram de la licenciada D´Abate es @andreavdabate o se la puede encontrar al teléfono 3874085193