CARLOS VERNAZZA, exsubdirector de El Tribuno

Hace algún tiempo recorrí la costa del Pacifico, desde Canadá hasta la frontera con México, en San Diego, California. En aquella oportunidad, elegí entrar por un lugar no convencional: Vancouver, la gran ciudad canadiense, calificada alguna vez por la prestigiosa revista estadounidense Traveler como, ni más ni menos, la ciudad más atractiva de América. Y de veras que Vancouver acumulaba méritos. Situada junto al mar, con un clima benigno -atendiendo a su alta latitud- debido a los beneficios de la corriente cálida de Japón, Vancouver es, junto a la australiana Melbourne, la metrópolis con mejor calidad de vida en el mundo, y la habitan, entre otros tantos grupos multirraciales, nada menos que casi medio millón de chinos, en su mayoría provenientes de Hong Kong.

Así las cosas, mi ingreso a los Estados Unidos no fue por tierra ni por aire, sino por mar, desde la isla de Vancouver, una bellísima anfitriona de turistas de todo el mundo que buscan aventura y naturaleza. El ferry que hace posible la travesía sólo tarda una hora y media, por un costo de 10 dólares. Los trámites de inmigración son sencillos y rápidos, con la ventaja de que se efectúan en el mismo barco, sin tener que llegar al punto de sacarse los zapatos como suele suceder en los aeropuertos. Aquella vez fue la primera que pasé por un escáner gigantesco que registró también y casi sin molestias mis impresiones digitales y la foto de mi rostro en primer plano.

El inicio de aquella travesía -que detallaré en otra oportunidad- fue Seattle, la “Ciudad Esmeralda”, la cuna de la Boeing, de Bill Gates, de la cadena de café Starbucks (la más grande de Estados Unidos), y de Amazon, la gran vendedora de todo lo que a uno se le ocurra comprar en internet.

Seattle, poco visitada por los turistas, es fría, lluviosa, moderna y rica, tanto que es una de las ciudades estadounidenses de mejor calidad de vida. Una más que interesante urbe que fue sede de la Exposición Mundial de 1962, la cual dejó como recuerdos una torre de 180 metros, el símbolo de la ciudad, y el monorriel, un tren inaugurado, aunque parezca mentira, en 1961.

Aviones en pañales

Después de pagar 13 dólares, uno puede observar desde la citada torre las innumerables bellezas del paisaje que rodea a Seattle, como los lagos, los barcos que surcan el Pacífico y el Monte Rainier, de más de 4 mil metros, eternamente nevado y protagonista de todas las postales. Allí nomás, a unos 35 kilómetros al norte, está, en Everett, la más gigantesca fábrica de aviones del mundo, que desde hace ya casi un siglo le da soporte económico a la región.

Es la Boeing, que tiene en Seattle la principal de sus 27 instalaciones en los Estados Unidos y, por ende, la número uno entre las otras tantas que la empresa tiene distribuidas en noventa países. En 1997, en una operación que conmovió al mundo de los negocios, compró a su principal rival norteamericana, la Mc Donnell Douglas, y sumó 235 mil empleados bajo su órbita.

Boeing hoy volvió a ser el gigante aeroespacial que fue en su momento, ya que después de una larga década de crisis, pudo por fin volver a superar en producción a Airbus, tras centrar sus estrategias en aviones comerciales medianos de máxima eficiencia en consumo de combustible. Su último modelo, el 787 Dreamliner, tiene entre otros clientes a la chilena LAN, que compró 32 de estas unidades para utilizarlas en sus vuelos a Los Angeles, Madrid y Frankfurt.

Rico, genial y local

En Seattle, hace 56 años, nació Bill Gates, el hombre que revolucionó la computación comercial. Hijo de un abogado y de una profesora de la Universidad de Washington -la de este estado y no la del distrito federal-, fue a la escuela pública hasta sexto grado, y dos años después, cuando tenía apenas trece años, compró una red de ordenadores intercomunicados por una línea telefónica y conoció a su futuro compañero de negocios, Paul Allen. En ese entonces comenzó a programar y a innovar con sus ideas de hacer de la computadora un objeto doméstico.

Ahora en Redmond, a 25 kilómetros al norte del centro de Seattle, tiene montado Microsoft, empresa que lo hizo el hombre más rico del mundo hasta 2007: hoy sus 61 mil millones de dólares son superados por los 69 mil del mexicano Carlos Slim.

De ahí que su casa, que mandó construir frente a un lago en tiempo récord, tenga 4 mil metros cuadrados techados, una piscina con sistema de audio subacuático y un garaje para veinte autos, entre otras comodidades. Y le resultó un buen negocio sin dudas, porque apenas gastó 53 millones de dólares y hoy está tasada al triple de su valor.

La pulcra y recóndita Seattle es también, para los desinformados, una ciudad fundamental de la música del siglo XX. Y es que no todo termina en Nueva York, Londres o Liverpool. En Seattle nació Jimi Hendrix, considerado por muchos el mejor guitarrista de la historia, y también allí se formó musicalmente Kurt Cobain, quien al frente del grupo Nirvana, diseminó por el mundo un estilo de rock surgido en los bares de Seattle, el llamado grunge, símbolo de la Generación X.

Para el final, dejo explicitado un contrasentido, algo que jamás hubiese imaginado y que, si me lo contaran, lo consideraría imposible. En Seattle, sí, nada menos que en Seattle, me resultó prácticamente imposible acceder a un lugar público de internet. Yo pasé tres eternos días caminando y caminando... y al tercero apenas encontré un café, modesto, sin gracia y escondido dentro de un gigantesco centro comercial, que tenía el servicio de internet para clientes. Pero, pequeño detalle, a un costo de ocho dólares la hora, además de la consumición.

En Salta, a pesar del auge del wifi, de las netbooks económicas y los teléfonos inteligentes, aún se pueden encontrar computadoras a un precio irrisorio para el turista. Paradojas que le dicen...

 

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