Nuestro “presidencialismo” no es un régimen ni un sistema constitucional. Según el propio Alberdi, es fruto de una necesidad histórica. La necesidad de terminar con 40 años de desorden, anarquía y violencia. Por eso, Alberdi propone un presidente poderoso, pero sugiere que ello no sea permanente sino que el Parlamento vaya tomando fuerza y poder a medida que el país se ordene.

El país nunca se ordenó, el Parlamento nunca se fortaleció y Argentina “bailó” con lindas y feas durante 158 años de historia institucional, depositando siempre sus esperanzas en una persona: el presidente.

Por las razones que sean, la elección de hoy tiene aroma a parlamentarismo. Como pocas veces en los oídos del elector suenan más los nombres de candidatos al Congreso Nacional que a la presidencia.

Es verdad que el resultado de las elecciones primarias favoreció eso, pero en otras épocas, cuando los cortes de boletas eran “hechos aislados”, todos estarían ya gritando “victoria”, y esta especie de “segunda vuelta” sería un “trámite”.

Argentina muestra desde aquel histórico voto “no positivo” del vicepresidente Julio Cobos un tan notorio como lento y tormentoso avance hacia el parlamentarismo. La dura batalla dada por el presidencialismo impidió que avanzara más. Pero inevitablemente la sugerencia de Alberdi se cumplirá y Argentina tendrá una verdadera “democracia”.

Que estas elecciones sean un avance o un retroceso en ese camino depende de la madurez del electorado. No importa a qué candidato se vote. Lo que importa es que, antes y durante el voto, el elector conozca y “elija” a conciencia a los diputados que está votando, independientemente de su elección presidencial.

El presidencialismo es una transición. El parlamentarismo es la verdadera democracia. Porque es sinónimo de políticas de Estado y estabilidad institucional. Justo lo que nos falta.

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