La Argentina contemporánea es un espacio cargado de conflictos encrespados y diversos.

La inflación, la paulatina estatización de la economía, el discurso político agresivo y monocorde, la ausencia del Estado inspector así como la manipulación de nuestra historia (reciente y remota), son algunas de las causas del clima -por momentos enrarecido- que nos abruma.

Al lado de estas tensiones colectivas, interpersonales y locales, hay que situar también a los conflictos globales entre el hombre y la naturaleza; vale decir, a la actividad cotidiana del hombre sobre el planeta que amenaza con quebrar equilibrios fundamentales.

Si bien estos conflictos están presentes a escala planetaria, adquieren características especiales dentro del área que habitamos; mientras que en los centros culturalmente más desarrollados surgen con fuerza movimientos en favor de la preservación del ambiente y se dictan reglas que procuran definir pautas de convivencia amigable del hombre con la naturaleza, en nuestro país -y desde luego en Salta- perviven ideas y comportamientos alejados de las preocupaciones ambientales.

El ambientalismo en Salta

Por lo que se refiere a nuestra Provincia, la situación es especialmente preocupante, al menos por tres motivos que operan, de forma convergente, en el campo de las ideas: la “ideología productivista” (que pregona la necesidad de producir sin atender a las reglas laborales, ambientales ni urbanísticas), el “ultra capitalismo” (que en Salta está centrado en la especulación alrededor del suelo urbano y rural) y el “seudo progresismo” (que descalifica a las posiciones defensoras del ambiente situándolas, curiosamente, en el campo de la derecha política).

Los Gobiernos de la Provincia y de la Ciudad de Salta están claramente enrolados en esta “ideología productivista”, fomentan el ultra-

capitalismo (si es de amigos, mejor), y toleran sus peores consecuencias sobre el mercado de trabajo.

Esta insólita y eficaz confluencia político-ideológica lidera la depredación de bosques, la contaminación de los ríos y la destrucción del patrimonio urbano histórico, generando además un mercado de trabajo en donde proliferan los asalariados pobres y el trabajo en negro.

En el terreno de la actividad cívica las cosas transcurren por el mismo derrotero.

A la hora de relacionarse con la naturaleza, muchos salteños adoptan posiciones negligentes o directamente irresponsables: arrojar residuos en calles y caminos, contaminar ríos, provocar incendios forestales, desentenderse de los asuntos municipales, son actitudes cierta y penosamente mayoritarias. Esta apatía cívica permite, por ejemplo, que el debate acerca del futuro de nuestra ciudad esté recluido en cenáculos reservados a las corporaciones interesadas en el negocio inmobiliario.

El agua, un bien escaso

La situación de los recursos hídricos en nuestra provincia debería haber encendido ya todas las alarmas. Sin ánimo de abarcar toda la problemática, me centraré en algunos aspectos de lo que sucede en el área metropolitana salteña.

Han transcurrido casi 20 años desde la liquidación de la prestigiosa Administración General de Aguas de Salta (AGAS) y el Estado provincial no ha sido capaz de poner en pie las instituciones pensadas en su día para remplazarla (por ejemplo los consorcios de usuarios, la policía hídrica, o los instrumentos para inventariar de forma exhaustiva, pública y permanente nuestro potencial hídrico).

Los cursos naturales de agua que, en nuestra concreta área metropolitana, son fuentes de vida y bienestar, están abandonados por unas autoridades que miran impávidas el accionar desaprensivo de quienes asaltan el recurso hídrico, invaden y trafican áreas de ribera, alteran cursos milenarios, arrojan residuos incluso peligrosos, o desarman obras de seguridad.

Los permisos de agua para consumo humano (cuando se tramitan, pues en muchos casos reinan las situaciones de facto) se otorgan sin orden ni concierto. Veamos sino:

En materia de construcciones urbanas las autoridades idearon un “certificado de pre factibilidad”, un artilugio que permite obras a sabiendas de que en la zona no existe agua suficiente.

Otro tanto sucede en el área suburbana en donde los “certificados de no inundabilidad” se otorgan aun cuando el interesado no haya realizado las obras de saneamiento.

Dos ejemplos ilustran la situación: Mientras miles de residentes en el área metropolitana carecen de agua en tiempo de estiaje, un club de campo pretende tomar agua que excede en 10 veces las necesidades del consumo humano de sus habitantes, con el propósito de regar sus calles interiores para evitar que el tráfico de vehículos levante el polvo. El segundo ejemplo, muestra a ríos convertidos, con la complicidad de las autoridades, en vertederos cloacales

Los salteños necesitamos imperiosamente pacificar nuestras relaciones con la naturaleza; quizá ha llegado el momento de pensar y hacer algo que nos introduzca en la era de la nueva civilización ambiental.

 

 

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