“Estamos juntos, somos buenos”. La llamativa proposición, plasmada en letras variopintas sobre una cartulina, pendía el jueves pasado de las rejas de la Escuela N§ 4036 Dr. Augusto Raúl Cortazar, zona sur de la ciudad. Manteniendo un equilibrio precario sobre las barras de hierro, encerraba una verdad que debería constituir la naturaleza de las cosas, lo permanente e invariable de ellas. Sin embargo, los vientos soplan reaccionarios para los educadores, puesto que la epidemia de violencia social ha permeado también el sistema escolar. De allí que un gran porcentaje del tiempo áulico los maestros estén absorbidos en el control de la disciplina y que sean testigos diarios de relacionamientos agresivos entre sus alumnos. Se puede reportar estos sucesos acorde con la imposibilidad de encasillarlos en la educación formal. O se puede optar por elaborar un proyecto institucional sobre los buenos tratos, para contribuir a la construcción de niños más humanizados. Y esperar el cambio.

Este último sendero está transitando la comunidad educativa de la escuela Cortazar.

Aprendizaje en comunidad

En la Cortazar conviven dos intercomunidades: Lapacho y Jacarandá, con las que docentes y directivos propician la pertenencia en la escuela. Cada mes imponen diferentes consignas a los estudiantes y sus familias, y el grupo más destacado va sumando puntos.

“No son eventos competitivos en el sentido de "voy a ganar algo que me imponga sobre el otro', sino que es una organización para llevar adelante los juegos, por ejemplo, qué grupo lleva más papás a la escuela”, define Claudia Cusi, vicedirectora de la institución. “Así buscamos que el espacio áulico sea de contención y no de exclusión, porque recibimos a muchos niños problemáticos y que gracias a estas estrategias siguen en la escuela”, agregó. Por su parte Víctor Rivas, director de la Cortazar, explicó que “esta zona es foco de patotas y la drogadicción está latente en el barrio. Todos estos problemas el chiquito los vive, por eso hace dos meses que se están deteniendo las horas clases para que todos los días, aunque sea quince minutos, se traten los problemas, porque a la mejor convivencia y las conductas prosociales las posibilitan los valores”.

Paola es una de las quince madres que desde hace dos meses integra el Consejo de Padres de la escuela. Cuenta que iniciaron el grupo sin sospechar los alcances que tendría. Su colaboración a veces se traduce en conseguir un par de zapatillas o útiles escolares. Otras requiere poner sobre la mesa las mejores ideas y capacidad de gestión para organizar campamentos, convivencias, jornadas con las familias y paseos. “Estamos luchando para que sean chicos de bien”, sintetizó.

Ellos dicen lo suyo

Entre las actividades que se desprendieron de ese proyecto, alumnos, docentes y maestros realizaron el jueves pasado una caminata por las calles Los Horneros, Las Chascas y Las Golondrinas, del barrio Bancario; e Iñiguez de Retamoso, de Limache. Llevaban carteles con consignas sobre el respeto, el amor, la comprensión, la solidaridad y el compañerismo. También fueron puerta por puerta y repartieron volantes entre los vecinos. Culminaron la actividad con un pequeño festival en la plaza René Favaloro. Acalorados y alegres, mientras se refrescaban, los niños no perdían su papel de promotores de los valores. Esas cualidades positivas sobre las que reflexionaron juntos en el aula en la práctica se transforman en ejemplos concretos.

¿Qué es la solidaridad? “Si cuidamos las plazas somos solidarios, ya que pensamos en los niños del futuro para que también ellos tengan donde jugar”, dijo Silvia (9), anclada en la premisa de velar por el porvenir. “Si un amigo está triste le debo preguntar a qué se debe su tristeza y ahí le doy un consejo, solo lo escucho o con algún chiste trato de que vea las cosas de otra manera”, propuso Benjamín (11), a quien preocupan sus pares. Entre los diversos mensajes se podía apreciar que también discurrieron sobre la inclusión y la exclusión. “Regalar cosas o ayudar a aquellas personas que viven precariamente”, “Aceptar las diferencias de los otros”, “Ayudar a las personas mayores y no videntes a cruzar la calle, darles el asiento en el colectivo” eran las misivas. Indudablemente, “están juntos, y así son buenos”.

La contribución más indefectible a frenar la aparición de conductas antisociales o delictivas es detener primero la reproducción del circuito de la violencia, aunque desmaterializar sus patrones no sea tan sencillo.

 

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