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29 de Agosto,  Salta, Centro, Argentina
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El don de mudar de piel

Jueves, 27 de marzo de 2014 01:32
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La ficción hoy puede tomar decenas de atajos para impregnarnos los ojos. Desde la tele y el cine, hasta los breves cortos que podemos ver, aplicando un efectivo click, en la pantallita de Youtube. A veces conmueve, a veces sorprende, a veces “ni fu ni fa”, y a veces desagrada. La manifestación visible de cada emoción puede ser una lágrima, un par de ojos desmesuradamente abiertos, o un gesto de fastidio. Pero por una senda paralela transcurre la ficción que nos llega a través del teatro, esa antiquísima caja negra (en el más tradicional de los casos) donde la mentira también se vuelve real por un momento, pero con el aditamento de un presente (espacio tiempo) compartido que potencia el vínculo entre el “hacedor” y el espectador.

En el teatro, actor y público se “palpan” sin demasiadas interferencias. Los que observamos, asistimos anonadados al gran acto de magia de un hombre o mujer que -quizás- de vez en cuando cruzamos en alguna esquina de la ciudad y que ahí, sobre el escenario, se vuelve “otro” con la convicción de los niños en pleno juego, sin ponerse colorado. Hoy, en el Día Mundial del Teatro (instituido en 1961 por el Instituto Internacional del Teatro), quisimos saber cómo se mueven los engranajes íntimos de un actor que se siente “él mismo” en la paradoja de ponerse bajo la piel de muchos otros.

¿Qué los lleva a plantarse detrás de un telón? ¿Qué o quién los inspira? ¿Cuál ha sido y es la raíz de su deseo de ejercer en el escenario plenamente su libertad? El Tribuno reunió a cinco actores y directores que desarrollan usualmente su trabajo en Salta. En el día mundial de ese arte que eligieron abrazar, les preguntó acerca del algún personaje teatral que los haya marcado particularmente, motivándolos a elegir la actuación como una fórmula para trascender de lo cotidiano. Además contaron de qué manera el teatro les modificó la existencia, como un enérgico espasmo en algunos casos, o como un sendero familiar y predestinado en otros.

¿Qué deseos y expectativas circulan por las arterias de un actor? Natalia Aparicio, Cristina Idiarte, Idangel Betancourt, Rafael Monti y Jorge Renoldi intentaron algunas respuestas.

Ese espacio donde las particularidades se festejan

Si hay un personaje que Natalia Aparicio ama particularmente, ése es Antígona, de Sófocles. “Hija de Edipo y Yocasta, forma parte de varias tragedias, no todas del mismo autor. Aquella que la tiene como protagonista, y a partir de la cual se ha ganado mi corazón, es la obra que lleva su nombre, ‘Antígona’. Amo este personaje porque representa la acción inútil (ella decide enterrar dignamente a su hermano Polinices, desafiando una orden del rey, quien había ordenado arrojarlo para que se lo devoraran las aves de rapiña). Hacer teatro es una acción tan inútil como enterrar a Polinices. El teatro, para los actores, es nuestro hermano muerto sin entierro.

En términos capitalistas, utilitarios, es absolutamente inútil hacer teatro. Y Antígona representa la acción inútil. ¿Para quién lo hacés? Le pregunta su tío, el rey Creón antes de mandarla a matar. Para qué enterrar a tu hermano si te van a matar. ¿Para quién? Ella responde: ‘Para nada. Para mí’. Todos los que hacemos del teatro verdadera y cotidianamente nuestra profesión, todos los que hacemos de él nuestra forma de vida, sabemos que hay algo más allá de las palabras que nos lleva a estar horas y horas dentro de una sala, de un escenario, de una plaza, haciendo teatro. No es una queja. Al contrario, como Antígona, hacemos simplemente lo que tenemos que hacer. Antígona es el teatro, por eso la amo. Si, como dice Charlie Kaufman en ‘El ladrón de orquídeas’, somos aquello que amamos, entonces, yo soy Antígona, yo soy el teatro. Inútil pero real”.

A Natalia Aparicio, ese oficio que hoy elige a diario y ama, le cambió la vida: “A los 9 años comencé tomar clases por recomendación del pediatra y de la psicopedagoga, porque sufría de una extrema timidez. A fin de este año cumplo 30 años haciendo teatro. En este arte encontré un espacio donde ser yo; un lugar donde las ‘supuestas’ debilidades sociales pueden convertirse en fuerzas expresivas. Hacer teatro es tratar de correr el foco continuamente.

Es ver con una mirada nueva las cosas cotidianas, resignificando los sucesos desde una perspectiva propia. Para una niña ‘especial’ como me decían que yo era, no había lugar más paradisíaco que ese espacio donde las particularidades, en vez de castigarse, se festejaban. Siento -y lo digo en mi espectáculo unipersonal ‘Mi vida den vuestras manos’- que pasé de ser la niña especialmente problemática, a la niña que podía ‘ser’ en su diferencia. En el teatro encontré una manera de estar presente en la vida, algo dificilísimo porque uno siempre está en pasado o en futuro”. 

La escena es como la luz de una vela siempre encendida

Rafael Monti encuentra su “alter ego” en Tom Wingfield, un personaje de “El zoo de cristal” (1945), de Tennessee Williams (dramaturgo estadounidense): “Tom me regaló la mejor definición de lo que es el teatro: ‘Tengo trucos en el bolsillo y cosas bajo la manga, pero soy todo lo contrario del prestidigitador común. Este les brinda a ustedes una linda ilusión con las apariencias de la verdad. Yo les doy la verdad con las gratas apariencias de la ilusión’. Yo también elegí ser narrador y personaje. Cuando vi por primera vez ‘El zoo de cristal’ en Buenos Aires, a los 14 años, decidí que mi futuro era el teatro. Quizás porque yo, metafóricamente, soy un poco ese ‘Tom’, poeta de vocación y vendedor de zapatos por obligación, que sueña dejar el rutinario mundo de la realidad para viajar. En mi caso, no ya como marino mercante, sino a través de mis personajes, de mis historias, de mi teatro. A mí, el teatro, en realidad, no me cambió la vida, porque mi vida desde siempre fue el teatro, aún sin saberlo. Hoy, a los casi 52 años y con cierta ‘orfandad familiar’, se confunden los afectos y el teatro en igual jerarquía. Conviven juntos y son mi indiscutible cable a tierra para seguir viviendo. Escribo, actúo y dirijo tratando de formar, desde el humor, la emoción y la memoria. 

Digo ‘teatro’ y hablo genéricamente de todas las posibles formas de expresión artísticas en relación al arte y a la ficción: radio, televisión, cine, teatro, música, literatura. Todas hermanas. Y puedo asegurar lo que se dice siempre en cada efeméride: ‘Para mí, el día del teatro son todos los días”. Y es verdad. Quiero cerrar con las últimas palabras de mi personaje favorito, Tom, al final de la obra. Con ellas pretendo explicar que mi sentimiento por la escena y el espectáculo es como la luz de una vela siempre encendida. Dice él en su monólogo final: ‘Entonces, repentinamente, mi hermana me toca el hombro. Me vuelvo y miro sus ojos... ¡Oh, Laura, Laura!... ¡Traté de dejarte atrás, pero soy más fiel de lo que pensaba ser!

Tiendo la mano hacia un cigarrillo, cruzo la calle, entro corriendo en un cine o un bar. Pido una copa, hablo con el desconocido más próximo ¡Cualquier cosa capaz de apagar tus velas! ¡Porque hoy el mundo está iluminado por el relámpago! Apaga de un soplo tus velas, Laura... (Laura apaga soplando las velas y todo el interior queda en la oscuridad) Y ahí termina mi memoria y comienza vuestra imaginación. ¡De modo que adiós!...” (Sale por la derecha. Música hasta el final). Telón’”.

El artista como testigo de su propio tiempo

Cristina Idiarte se siente atravesada por un personaje que ella misma creó: Dorita, de su obra “Las hijas de la aspirineta”: “Tenía 5 años, padres separados, un colegio católico y la conmemoración de una fecha pa-tria. La seño Dorita nos pidió ‘una obrita’- que harían los padres- a modo de festejo. Hasta ese momento, mi único papel protagónico había sido el de mulata, en todas sus formas conocidas: empanadera, mazamorrera, vendedora de velas y bailarina de candombe. Corcho quemado, pañuelo en la cabeza y la vergüenza ilógica de pertenecer a la clase obrera. Después de infructuosas idas y venidas, logré convencer a mi madre, quien se sentó a escribir lo que mis ansias pedían a gritos: la travesía de una heroína llena de valentía que lograba sobreponerse a todas las dificultades, inmensa, orgullosa.

El personaje que mi madre escribió para mí era nada más ni nada menos que la Patria.
Al día siguiente, emocionada, esperaba la distribución de los personajes, pero la Patria no fui yo (la rubia
del curso tenía ese papel). A mí me tocaba el de mazamorrera,“pero de las que bailan mucho” (aclaró, como consuelo). Envalentonada fui y pregunté con un hilo de voz: ‘Seño..¿por qué no fui yo la Patria?’. La seño Dorita levantó la cabeza y dijo: Nena, ¡la Patria es rubia!

Si me preguntan si recuerdo un momento donde el teatro me atravesó, fue ése. Mi deseo por ‘ser’, la convicción férrea de actuar y el instante del encuentro: ese extraño convencimiento de saber que uno es eso. Después de mucho actuar, me di cuenta de que la Patria no es rubia, ni linda, ni alta y, aunque la seño Dorita no quiera -a través del teatro-, la Patria soy yo”.

Idiarte elige repasar la historia desde una mirada concreta: la personal: “Dorita significa muchas cosas en mi vida. Pensando en un personaje que admire, encontré más valioso buscar en mi trabajo y las implicancias que eso representa: lo que significa para una artista ser testigo de su tiempo, honestamente y sin artilugios. Ella soy yo. Su búsqueda es la mía y aquí me encuentro una vez más, dándole aliento a ese personaje que transfor-ma”, afirma.

Admiración y oscuras sensaciones

“En una de mis primeras clases de teatro, el maestro dijo con actitud aireada: ‘Cómo quieren ser actores
si ni siquiera han leído o visto nun-ca teatro’. Dolió, pero era cierto. Cuando finalizó su exposición le
pedí que me sugiriera alguna lectura. ‘Hamlet u Otelo’, fue la respuesta seca. Al otro día ya estaba la
segunda obra en mis manos. La elegí poque era la más barata, dada a mi condición de estudiante uni-versitario. Su lectura no se hizo es-perar, pero no era el moro Otelo el que me hablaba, sino Yago, y lo ha-cía mirándome a los ojos. La obra de Shakespeare despertaba en mí oscuras y extrañas sensaciones. Era una especie de Prometeo que desa-fiaba a los dioses y se enfrentaba al poder para cambiar el orden.

Algo debía estar mal en mi lectura y algo bien... no sabía qué pasaba. Consulté en la clase siguiente a mi
maestro de teatro: ‘A Shakespeare no se lo entiende de una sola lectura’. Y allí quedó hasta una nueva
cita. Me faltaban madurez y conocimientos. Lo retomé cuando estudiaba a Stanislavky. Traté de construir al moro, pero otra vez se imponía Yago. ¿Lo admiraba? ¿Por qué?¿Me daba una perfecta clase de actuación su comportamiento?

Lo comenté a mis colegas de armas y tuve la sensación de que lo medían desde un lugar que yo no
veía: el de la traición. Al año, la obra fue presentada en el patio del Cabildo. Pasé todo el tiempo en
un diálogo secreto. Sentí que nos parecíamos y me invadió un miedo inexplicable.

Yago es inteligente, maestro de la conspiración, misterioso, minucioso, manipulador, sutil, obsesivo. Shakespeare escribió ‘Otelo’ para mostrar lo que es la manipu-lación: cómo hacer para que otro
haga lo que yo quiero sin decirle mis intenciones. En la obra se revelan los hilos del complot contra
la corona (el sistema de poder).

Yago es cruel y da la impresión de que no tiene límites, y su accionar no parece tener motivos. No es
Macbeth, que se mueve por ambi-ción; o Hamlet, que actúa por venganza. Esta tragedia comienza
y termina con él”.

Actuar es una forma de preguntar

Para Idangel Betancourt, el persona-je más inspirador se mueve entre las líneas de “La muerte del príncipe”, de Fernando Pessoa: “La historia del teatro está llena de grandes personajes con fuertes carácteres y luchas concretas. Pero el príncipe de Pessoa me ha fascinado desde su primera frase:

‘Todo este universo es un libro donde cada uno de nosotros es una frase’. Un príncipe que le dice a su sir-viente cosas que ningún hombre puede entender, sino en el estado de renunciación a la que ha llegado él.
Alguien que no pudo comprender la vida, porque se dedicó a contemplarla. Su lucha no es con nadie, sino con él mismo, y sufre su insignificante lugar dentro de la especie. Un personaje difícil de encarnar, por su conflicto tan íntimo y casi místico, hecho de poesía, de totalidad de lenguaje, y que es de cierto modo el
alter ego de Pessoa. Lo interpreté en 2011 en Salta, con el grupo Espacio Inverso. Fue una única función y me queda pendiente seguir conociéndolo”.

A la consulta acerca de qué cosas cambiaron en su vida a partir de elección por el teatro, confiesa:
“Sinceramente no sé, porque el teatro como la poesía son partes que no puedo separar de ningún tramo de mi vida, incluso como lector. Pero sí puedo responder si le doy una vuelta de tuerca a la pregunta: las cosas que han cambiado en mi vida cuando no he podido hacer teatro. Supongo que cada artista encuentra en su labor las pequeñas verdades en esta conversación con la muerte que es la vida. Unos se llenan de acciones para evitar este diálogo, otros prefieren que les den las respuestas; yo necesito ese diálogo, y necesito hallar las respuestas: hago teatro porque es mi forma de preguntar. A través del tea-tro le digo a la sociedad que no hay una forma de estar en este mundo, y que toda forma exige un contenido.

Limitándome a la pregunta: el tea-tro, la poesía, el arte es conocimiento, y eso es lo que cambia cuando lo ha-go o no. Y estoy convencido de que las sociedades deben llevar sus realidades a la escena del teatro para enfrentarse, como en un espejo, a su verdadero rostro. Una sociedad que no ama el teatro, no ama la verdad”.

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