Pocos después de recibir a Donald Trump en Riad, el rey Salmán estuvo con Vladimir Putin en Moscú. Fue una visita histórica: nunca antes un monarca saudita había ido a Rusia. Los contactos rindieron sus frutos, más allá de las diferencias políticas. En una misma semana, Arabia Saudita le compró a Estados Unidos el escudo de derribo de misiles Thaad y a Rusia un poderoso sistema de misiles antiaéreos. En ambos casos alegó como amenaza el programa balístico de su archienemigo Irán. Estados Unidos, a su vez, le vendió aviones de combate a Qatar, sancionado por Arabia Saudita.

El pragmatismo en un mercado tan sensible o insensible como el de las armas traza vías que, en algún punto, se bifurcan. La política va por un lado y los negocios por el otro. La operación de Estados Unidos con Qatar, valuada en 12.000 millones de dólares, contaba desde 2016 con la aprobación del Capitolio. En el momento de la firma desentonó con el aliento de Trump a la ruptura de relaciones diplomáticas con ese emirato del Golfo Pérsico, encabezada por Arabia Saudita y secundada por Emiratos Árabes Unidos, Egipto y Bahréin por "apoyar el terrorismo". Qatar alberga la mayor base militar norteamericana en Medio Oriente. Otra aparente contradic ción.

El intento de aislar a Qatar, cortando sus conexiones aéreas, marítimas y terrestres por sus vínculos con Irán, no repercutió en el mercado. Un mercado, el de las armas, que domina Rusia y aprovecha para adquirir liderazgo, por más que China e India, sus principales clientes, hayan reducido las compras en los últimos años. Rusia procura ser competitiva en todos los rubros: desde los fusiles Kalashnikov hasta los submarinos nucleares. Desde 2000, el 25% de las exportaciones del planeta tuvo ese origen. La industria da empleo a tres millones de personas.

En 2016, según el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación por la Paz, el comercio mundial de armas aumentó por primera vez en cinco años. Un 1,9 % respecto de 2015 y un 38 % respecto de 2002. India, el principal comprador de armas del mundo, también ha sido el principal cliente de Rusia. Le compra el 70 % de su material bélico. En los últimos años ha adquirido cada vez más armas de origen norteamericano e israelí. Frente a la caída de las ventas, Rusia realizó con India las mayores maniobras militares de la historia. También lo hizo con China y Pakistán, rivales de India.

De nuevo, la política y los negocios recorren vías diferentes. Sobre todo, si de vidrieras se trata. En 1989, en coincidencia con la caída del Muro de Berlín y en vísperas de la desintegración de la Unión Soviética, la industria armamentística rusa parecía declinar. La masacre de ese año en la Plaza de Tiananmén, Pekín, derivó en sanciones de la comunidad internacional contra China. Las capitalizó Rusia con un acuerdo de conveniencia que revitalizó su industria. Al menos hasta 2006, cuando China comenzó a desarrollar su capacidad de fabricación propia. La intervención de Rusia en Siria en defensa del dictador Bashar al Assad desde 2015 no sólo selló la derrota del Daesh, ISIS o Estado Islámico. Le permitió exhibir su músculo militar.

En el camino perdió dos clientes: Saddam Hussein y Muamar el Gadafi, derrocados en 2003 y en 2011, respectivamente. También vio mermados sus ingresos por las sanciones contra Irán, otro de sus compradores, en las antípodas de Arabia Saudita. En los últimos años, Rusia ha penetrado en mercados antes imposibles, como Egipto y Turquía. Estaban copados por fabricantes occidentales. Privilegia a los países exportadores de petróleo y de gas, pero, en realidad, no apunta a un solo objetivo. Apunta al mejor postor con sus ventas mientras adquiere liderazgo ocupando el vacío que dejó Estados Unidos de la mano de Trump.

 

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