Un viejo proverbio chino reza que "una chispa sola puede incendiar la pradera". Ese riesgo está implícito en el conflicto desatado entre Rusia y Ucrania, cuyas implicancias impactan en un vasto tablero que abarca desde el debate europeo sobre el rol de la OTAN hasta la política estadounidense, conmovida por la trama del "Rusiagate" y las supuestas tratativas secretas entre Donald Trump y Vladimir Putin.

El apresamiento de un buque ucraniano y su tripulación en aguas del Mar de Azov que ambos países reivindican como propias rompió la frágil tregua que desde 2015 atemperó la escalada del conflicto desencadenado en 2014 con la anexión de la península de Crimea y la creación en la región oriental de Ucrania, de población mayoritariamente rusoparlante, de las repúblicas independientes de Donetsk y Lugansk, que nunca fueron reconocidas ni por el gobierno de Kiev ni por la comunidad internacional.

El trasfondo de esta disputa recorre la historia moderna de Ucrania, iniciada con la disolución de la Unión Soviética en 1991. El país está hondamente fracturado entre la amplia mayoría de su población, que reconoce sus raíces culturales ancestrales y una importante minoría rusoparlante, asentada en la zona oriental, que añora recomponer sus lazos con Moscú. Esa división hizo que, desde el colapso del comunismo, gobiernos prorusos y antirusos se turnaran tempestuosamente en un escenario de permanente convulsión política.

La anexión de Crimea en 2014 fue una fulminante respuesta militar de Putin al derrocamiento del presidente proruso Viktor Yanukovich, quien pidió asilo en Moscú. No fue una iniciativa caprichosa. Se trata de un enclave de singular valor estratégico para Moscú. Su puerto es el asiento de la flota naval que le posibilita a Rusia el control sobre el Mar Negro. El dominio de Crimea fue ejercido alternadamente por ambas naciones. El primer ministro soviético Nikita Kruschev, nacido en Ucrania, fue quien devolvió su administración al gobierno de Kiev cuando el país era parte de la Unión Soviética y ese traspaso no tenía ninguna significación geopolítica.

Desaparecida la URSS, Crimea se transformó inmediatamente en una zona en disputa. Putin, quien encarna la resurrección del nacionalismo ruso y pretende restablecer la esfera de influencia geopolítica de Moscú sobre sus antiguos territorios, convirtió esa cuestión en una prioridad estratégica y la resolvió drásticamente con un acto de fuerza. La anexión originó una crisis internacional, que incluyó el establecimiento de sanciones de Occidente que dañan sensiblemente a la economía rusa.

Las dos Ucrania

En ese escenario, la sublevación separatista de la minoría rusoparlante reforzó la presión de Moscú sobre el gobierno ucraniano. En lenguaje diplomático, Putin ofrecía a Kiev un trueque: respetar la integridad territorial de Ucrania, retirando su apoyo a las repúblicas independientes, a cambio del reconocimiento internacional de la soberanía rusa sobre Crimea.

La escalada profundizó la fractura de Ucrania en dos partes irreconciliables. Los ruso parlantes se niegan a dar marcha atrás con sus pretensiones secesionistas. En contraposición, resurge en Ucrania una corriente nacionalista de ultraderecha que no acepta ninguna solución negociada, exige el reintegro de Crimea y el aplastamiento del brote independentista.

Este movimiento nacionalista, expresado en el Partido National Corps, patrocinó la creación de las milicias armadas del Movimiento Azov, que toma su nombre de la zona marítima en disputa, dispone de 11.000 efectivos y amenaza entrar directamente en hostilidades contra los separatistas prorusos. El gobierno de Petró Poroshenko, un prooccidental moderado, sufre estas presiones que reducen aún más su escaso margen de maniobra.

Los rusos consideran a este movimiento nacionalista como un heredero de aquellos grupos ucranianos que en la segunda guerra mundial se alistaron con los invasores alemanes para enfrentar al régimen comunista. De hecho, estos nuevos milicianos de la ultraderecha tomaron represalias contra una parte de la minoría gitana residente en el territorio, acusada de cometer delitos.

Roman Chernuschev, portavoz del movimiento, justificó esas agresiones: "Aceptamos y respetamos todas las nacionalidades, pero lo que no toleramos es el crimen y hay que decir que las estadísticas señalan de manera elocuente que son personas extranjeras las que cometen delitos". Elena Semanyaka, secretaria de Relaciones Internacionales del Nacional Corps, niega las acusaciones de Moscú sobre su presunto "neonazismo" y sostiene que "somos nacionalistas de la nueva generación, del siglo XXI".

Una suma de impotencias

Pero las esquirlas del conflicto caen en lugares tan impensados como la Iglesia Ortodoxa, atravesada por una confrontación inédita. Los ortodoxos ucranianos, que congregan a dos tercios de la población, decretaron su independencia del Patriarcado de Moscú, un sólido aliado de Putin, del que dependían desde 1686. Esa decisión fue avalada por el Patriarca Bartolomé, quien desde Estambul ejerce la autoridad heredada del Patriarcado de Constantinopla, que desde el gran cisma de 1054, cuando los ortodoxos rompieron con el Papado, quedó a cargo de dirimir la determinación de la jurisdicción de los patriarcados, cada uno de los cuales es autónomo y supremo en su ámbito. Esta actitud de Constantinopla enfureció al Patriarca de Moscú, quien amenaza ahora con desconocer la autoridad de Bartolomé y protagonizar un segundo cisma.

La Unión Europea y la OTAN se ven desnudadas en su impotencia. La UE, políticamente paralizada, mantiene las sanciones a Rusia, que también perjudican a sus economías, y se ve inmersa en una crisis internacional sin capacidad de influir en su desenlace. La OTAN observa el despliegue militar de Moscú sin la más mínima posibilidad de intervenir en defensa de Ucrania, país que quiere sumarse a la alianza atlántica pero no encuentra eco entre los socios de la organización.

Estados Unidos, la única potencia occidental que por su envergadura económica y su poder militar estaría en capacidad de frenar a Rusia, está condicionado por su política doméstica: Trump, puesto en el banquillo de los acusados por las sospechas de haber recibido apoyo de Moscú para ganarle las elecciones a Hillary Clinton, sólo atina a suspender su entrevista en Buenos Aires con Putin pero no está interesado en comprarse un pleito que, a su juicio, deberían resolver sus aliados europeos.

En ese contexto, la situación de Ucrania evoca a la que padecían Hungría en 1956 o Checoslovaquia en 1967, antes de que la intervención militar soviética pusiera de relieve la impotencia de Occidente frente a cualquier iniciativa de Moscú dentro de su esfera de influencia de Europa Oriental.

 

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