Desde el final de la Guerra Fría ha bajado en forma significativa el número de armas nucleares en poder de Estados Unidos y de Rusia, según la Federación de Científicos Americanos. Un dato halageño. Hasta cierto punto, en realidad. Antonio Guterres, secretario general de la ONU, teme que la tendencia se revierta.

La Revisión de la Postura Nuclear de Estados Unidos, con firma y sello del secretario de Defensa, Jim Mattis, supone ahora un drástico viraje de la estrategia anterior, labrada por el gobierno de Barack Obama en 2010. La adecuación, dice el documento, "llega en un momento crítico. No es posible retrasar la modernización de nuestras fuerzas nucleares si vamos a preservar un poder disuasivo creíble para garantizar que nuestros diplomáticos continúen hablando desde una posición de fortaleza en asuntos de guerra y paz".

El gobierno de Donald Trump fundamenta su decisión en la estrategia militar y la capacidad nuclear de Rusia, comprobada en la anexión de Crimea en 2014. Se trata del "retorno decidido de Moscú a la competencia por el Gran Poder".

El secretario Guterres advirtió en estos días, durante su intervención en la Conferencia de Desarme de la ONU, realizada en Ginebra, el peligro que representan 150.000 armas nucleares en reservas y la reticencia a eliminarlas de numerosos Estados. En especial, Estados Unidos y Rusia.

La competencia por el Gran Poder pone fin a la desnuclearización acordada entre Estados Unidos y Rusia desde el final de la Guerra Fría mientras China también se rearma, Corea del Norte muestra los dientes con sus pruebas de misiles e Irán sigue bajo sospecha. Las virtuales amenazas, sobre todo la de Rusia, lleva al gobierno de Trump a acelerar la modernización que había emprendido Obama. El jefe del Pentágono aduce que la disuasión continúa siendo la mejor alternativa para convencer a otras potencias sobre el control nuclear.

La retórica del botón nuclear contra Corea del Norte, sazonada con "fuego y furia", cobra vida en un nuevo escenario de proliferación.

Lo llaman recapitalización, pero se traduce en rearme. Europa, en el medio del conflicto, evalúa incorporar su propio programa nuclear. Lo evalúa ante la posibilidad de perder la protección de Estados Unidos, regido por un gobierno que reniega de los acuerdos multilaterales. Estados Unidos dispone de ojivas nucleares en sus bases de Alemania, Italia, Bélgica y los Países Bajos por si necesita responder en forma rápida a una eventual agresión de Rusia. De prosperar el proyecto europeo, Francia izaría la bandera de la disuasión, volcando su arsenal al inventario del continente, y Estados Unidos arriaría la suya. Reino Unido quedaría al margen por el Brexit. El choque con la alianza atlántica (OTAN), de la cual forma parte Estados Unidos, se debe a la exigencia de Trump a los países europeos de una mayor inversión en defensa. Una forma de apoyar a la industria armamentística de su país, en tela de juicio por las masacres domésticas. Estados Unidos, el mayor exportador de armas, cuenta entre sus clientes con Italia, Reino Unido y Finlandia. Por la salida de Reino Unido de la Unión Europea, el Gobierno norteamericano debería aportar más dinero al fondo de defensa europeo. ­No way! Entonces, Europa prefiere reavivar su industria y, a tono con la pugna, rearmarse, más allá de que atice la peor competencia de todas. La del Gran Poder.

 

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