Video. Pascal Pascualo: “El juego es un espejo: no te veo ni me veo y cuando juego desaparezco"

Al filósofo colombiano Julián Serna Arango le resulta paradójico el tiempo, que “todo lo da y todo lo quita”. “Porque el reloj gobierna la rutina de los hombres, nada hay más objetivo que el tiempo, pero también nada hay más subjetivo que él cuando la espera lo paraliza y la emoción lo acelera. Nada más personal, nada más compartido. Nada más abundante, nada más escaso (...). El tiempo es puente, pero también abismo”. Y la realidad supera esta reflexión cuando el mimo Pascal Pascualo ingresa en un ambiente laboral y suspende la temporalidad o la transforma de puente en abismo. Periodistas, diseñadores gráficos, editores, fotógrafos y correctores de textos de El Tribuno fueron llamados ayer a jugar. Todos -aunque apremiados por horarios de cierre de edición y en plena desgrabación y producción de contenidos- participaron de las dinámicas propuestas. Con una pandereta, una matraca y un celestín, o las propias palmas. Y de a poco, gente que tal vez no había hecho contacto visual en lo que iba de la jornada, buscaba complicidad con sus compañeros de mesa; también la confirmación de que algún gesto del mimo significaba precisamente aquello que se había interpretado, que en un blanco cabía otro sentido que se daba a entender o que era el momento de expresar alegría y aprobación a través de un aplauso o extrañeza mediante un murmullo... 

El mimo Pascal está en la memoria de los salteños y fragmentos de sus actuaciones habitan YouTube. Un microshow sublime en Talento Argentino ante Catherine Fulop, Maximiliano Guerra y Kike Teruel, en 2009. Un curioso corto de 2007 en el que un alumno del curso de cine de Alejandro Arroz imaginó a Pascal haciendo un programa de radio y la revolución en el mismo movimiento. Un popurrí en Alemania con performances a cielo abierto y en instituciones ante un público que lo celebra con atenta participación y risas. 

Foto: Pablo Yapura 
Cuando César Calabrese (su nombre cuando no lo toma la piel de Pascal) tenía 17 años hacía artes marciales, le gustaba todo tipo de deportes y “jugar y jugar todo el tiempo en el barrio”. Criado en la Alsina y Necochea, durante un festejo familiar un fotógrafo le vio su histrionismo para bailar y cómo los gestos del rostro y las manos le acompañaban como pájaros el habla. Este hombre le dijo que debía ser mimo y César se adentró en este arte mudo en el que muchos han visto la esencia del teatro (al actor se le puede retirar el texto, pero sigue expresándose con el cuerpo) y se perdió para siempre en él como quien se va de viaje al País de las Maravillas y se da con que allí es adonde pertenece. “Material por aquella época no había, que no fueran los programas de Chaplín o Carlitos Balá por la televisión”, recordó Pascal. 
El mimo Pascal se dio a conocer con improvisaciones en la calle, pero este arte insufla también una voracidad expedicionaria que a él lo llevó realmente lejos de sus pagos y durante muchos años. 
“Yo iba adonde me gustaba, pero en Latinoamérica siempre me topaba con esa temática dictatorial, donde todo estaba prohibido y expresarse estaba mal, mientras que noté que Brasil era el país más abierto”, comentó. 
Su viaje por Latinoamérica lo terminó en Puerto Madryn, donde trabajó en un hotel haciendo espectáculos y logró, en 1989, comprar pasajes aéreos para ir a Europa. Allí se estableció muchos años en Friburgo.
“Para un latino es difícil comprender la seguridad en la vida de la gente de Alemania. Y a eso hay que tenerlo en cuenta para hacer un espectáculo... Me parece que son más veloces con la mente. ¡O son más cabeza que corazón! Hay cosas que aquí pongo en escena y allá no. O viceversa. Allá son mucho más tolerantes con el artista. En Friburgo jugaba con el tranvía y con el policía y nadie se ponía a la defensiva, al contrario, se prendían muertos de risa, contentos... Incluso a veces me tocaba actuar en la cárcel y a ningún guardia se le hubiera ocurrido pedirme documentos. El buen trato que se merece cualquier persona es fundamental. Y el trato especial que se les da a los artistas es muy significativo en toda Europa. Claro que a cambio de eso uno tiene que entrar en la maquinaria social. Todo está reglamentado, todo se paga. Y es complicado...”, enumeró. 
Incluso destacó un aspecto satírico que aquí sería difícil de desarrollar. “Con el mimo podés decirles cosas a los políticos. En Alemania me contrataban para disipar el ambiente hostil en las cámaras y en la época de carnaval se disfrazan hasta los gobernadores”, comentó. Pero allá también la providencia juega en favor del artista. En una ocasión Pascal tenía que dar una función en una ciudad del sur de Alemania y para llegar hasta allí había abordado un tren ultrarrápido. Terminó en Suiza sin haberlo percibido. Cuando un policía le solicitó el pasaporte se dio cuenta de que no portaba identificación y que no le alcanzaba para pagar el ticket de vuelta. “Les expliqué eso a los policías y ellos juntaron la plata que me faltaba y pude volver”, cerró. 

Un arte para despojarse de lo humano y ser otro

Pascal pasó 13 años viviendo en Friburgo. “He trabajado en Grecia, Portugal, Suiza, Praga, en Holanda, también en Oriente, en el Este europeo y en Arabia. Y de cada lugar tengo una historia”, señaló. Y con casi 40 años de trayectoria se reinventa. Lo contratan para shows privados de diversa índole. 
“Hago despedidas de solteros, pero no son muy grotescas. Hay alguito, pero no es que se sacan”, aclaró. Una vez le pidieron que acompañara a los deudos de un alemán. Hizo algunos pases entre tiernos, respetuosos y modestos, y repartió globos para que familiares y amigos los soltaran en honor de su ser querido. “Evidentemente habrá sido una persona muy especial”, se animó a conjeturar Pascal. También desmitificó las características atribuibles a sus otros públicos. 
“Los niños son lindos, pero por ahí son agresivos, les gusta jugar a los ninjas. No siempre, depende de los entornos sociales. En una ocasión se me abalanzaron y me asfixiaron”, dijo, y por sus ojos volvió a pasar el desagradable recuerdo como una pincelada. “Los hombres cuando son burgueses y están con sus amigos se disputan el protagonismo, aunque no se puede generalizar”, señaló. 
También hubo una opinión sobre las mujeres. “Últimamente me llaman para muchos eventos de mujeres solas y yo tenía miedo al principio, pero son más agradables que los hombres”, destacó. 
Etienne Decroux decía que el arte del mimo es similar a aprender a ser humano. Resulta llamativa la serie de rituales que César Calabrese pone a funcionar cada vez que se transforma en Pascal Pascualo. “Comienzo a meterme en el silencio. No quiero ni llevar reloj, nada que me alerte del tiempo cronológico. Veo que hay mimos que están personificados y se ponen a fumar, lo que para mí es un sacrilegio. Hay una puerta invisible por la que uno pasa y tiene que despojarse de lo terreno, lo contaminante porque en cierta forma está harto de ser el que es”, definió. 
El mimo es un artista cuya jurisdicción irrenunciable es la calle. Un espacio al que Pascal dijo sentir cada día más hostil. 
“Es difícil agarrarle la mano a alguien en la calle porque ya te recriminan que fue acoso o está prohibido o le das miedo. A mí me encantaría que las personas nos pudiéramos abrazar sin conocernos”, comentó. Añadió que también hay un miedo social al juego entre los adultos. “Si sos niño está bien que te subas a una hamaca o a un resbaladero y si sos adulto no, lo que yo estimo un absurdo. Cada vez más los niños dejan de jugar a edades más tempranas”, lamentó. Por ello a Pascal lo único que lo puede salvar de la muerte es su misión de suspender el tiempo, crear climas y modificar estados de ánimo. “No te puedo decir: ‘Poné atención’, sino que tengo que generarte la atención y recordarte algo de lo que nos hemos olvidado. El juego es un espejo. No te veo ni me veo y cuanto más juego hay más desaparecemos. No somos nadie, salvo nuestras almas que juegan”, concluyó. 
 

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