"Somos la cara de la suba de la nafta"

Silvia Manetti es una de las caras más conocidas para los vecinos de la zona sur de la ciudad de Salta. Es la encargada de cargar combustible a los que pasan por la estación de servicio Refinor, ubicada al costado del barrio Bancario desde hace más de 13 años.

Prácticamente no hay "laburante" que no haya pasado alguna vez con rumbo a la rotonda de Limache y se haya detenido para abastecerse en ese surtidor.

Comenzó cuando casi no había mujeres en los expendedores de GNC y se caracteriza por su sonrisa amena y su saludo cordial.

"Yo entré siendo jovencita porque en un momento comenzaron a emplear a chicas para el GNC en las estaciones de servicio. Ahí estuve por varios años y luego pasé a cargar a los combustibles líquidos", dijo Silvia a El Tribuno cuando terminó su horario de trabajo.

En la playa es imposible el diálogo, el ritmo es incesante durante la mañana. El vuelto, las tarjetas, los puntos y los apuros hacen que el tiempo pase rápido.

El uniforme la protege del material inflamable y también de todo lo malo de la calle.

"Una se va dando cuenta de la clase de tipos que vienen. A los que se quieren hacer los vivos, yo los paro en seco, les cambio el tono de voz y se acabó", dijo con tonada bien salteña.

"Con los que vienen de buena onda, yo me porto genial. Tengo infinidad de conocidos, que no llegan a ser amigos, pero que vienen siempre y hasta preguntan por cómo andan mis hijas", aseguró.

Tiene tres niñas que son el motor de su vida, la fuerza de la mañana, el aguante para llegar a la noche de la mejor manera. Irene, que tiene 18 años, se fue a Buenos Aires a estudiar Derecho en la UBA. Maia, de 16, está en el secundario y Stefanía, de seis años, es la luz chiquitita que vuelve locas a la maestra de 1§ A de la escuela Clara Saravia Linares de Arias, en la zona sur. Siempre la zona sur.

Silvia se casó cuando salió del "glorioso" secundario del colegio María Rosario de San Nicolás y supo desde el primer momento que quería que sus hijos se criaran en la zona sur. Buscaron y buscaron hasta que encontraron un departamento en Juan Pablo II. Cuenta que, casi como un complot divino, al tiempo consiguió su trabajo en la estación de servicio.

A los pocos años consiguieron alquilar una casa en el barrio El Tribuno y de ahí no se movió más. "Yo estuve con dos parejas. El primero es papá de mis dos nenas más grandes y el segundo, de Stefanía. Hoy estoy sola, pero yo no me muevo de esta casa. La zona sur tiene ese ambiente de barrio familiero, solidario, en donde todos nos cuidamos y sabemos quiénes somos. Me encanta que mis hijas se críen en un barrio como este", dijo en su casa de paredes amarillas y mates que florecen en los estantes como claveles del aire.

Un jazmín central, un orégano escondido, helechos colgando, la menta que no se congela, la albahaca que resiste el frío, la ruda macho solitaria, la moneda, el romero, los ajíes y una flor de raíces desconocidas son algunas de las plantas que cuida, que quiere y que muestra como un tesoro.

Son las plantas las que la llevan de regreso a su Ledesma natal, a su infancia en Libertador General San Martín, en Jujuy, en donde era feliz comiendo mangos, paltas y jugando hasta la hora de la cena. A sus hijas también les hace disfrutar esas pequeñas cosas de la vida.

"Yo soy chupacañas (ríe). Cuando era chica, mi mamá me prohibía entrar a la pileta por el sol. Entonces, nos escapábamos con mis amiguitos para los cañaverales a chupar caña dulce. Lo mismo hicieron mis hijas en los viajes de vacaciones y ahora me siguen pidiendo ir a hacer esas cosas", contó.

Habla todo el tiempo de sus hijas. Todo su mundo circula en torno a ellas. "Yo siempre le pedí a Dios que me diera un trabajo con un salario, un uniforme y un horario. Cuando salió esta oportunidad, no lo podía creer", dijo Silvia, que antes había trabajado vendiendo artículos importados puerta por puerta. También fue moza en un local de pastas, donde los horarios estaban sujetos a las ganas de la clientela. Tras esas penurias llegó la estación de servicio.

"En donde trabajo tienen la lógica de que, si a nosotros nos tienen en buenas condiciones, les vamos a dar buenas ganancias a los patrones. Yo quiero destacar al gerente, Ricardo Rabuñal, y al dueño, Gustavo Torres, que siempre nos trataron de igual a igual. Tenemos buenas condiciones laborales, una buena obra social y toda la comprensión que se puede pedir. También tengo que destacar a mis compañeros, que son incondicionales para el trabajo en equipo. Es un grupo de gente muy bueno y compartimos todo juntos", dijo emocionada.

Ella es la única mujer "entre a 17 changos" en la playa y, en ese espacio abierto, los compañeros son todo. "A mí gusta la zona sur porque es segura. Fueron muy raros los episodios de asaltos o intentos de robo. Lo que sí hay son quejas de los automovilistas por las subas de los combustibles. Todos se quejan ante nosotros que somos la cara de la suba de la nafta. Sin embargo, el enojo les dura un momento. Muchos son muy amables y, sobre todo los fleteros, de esos que llevan y traen cosas al Cofruthos. Si me dejan una mandarina y yo les pido para todos mis compañeros. Lo mismo que el panadero, el verdulero, todos los laburantes se portan bien y para nosotros es un mimo al espíritu", aseguró agradecida.

En las largas horas que pasan frente al surtidor todos los días, los trabajadores pueden recibir propinas, presentes o recuerdos por fechas especiales como por el Día del Padre, de la Madre o de la Mujer.

"Yo tengo un secreto. No quiero que me regalen flores ni recuerdos ni tarjetas. Yo agradezco todo eso y más si son propinas. Pero lo que más me gusta recibir, lo que me hace saltar de alegría, es cuando me regalan algo para comer. Masitas, facturas, frutas, sandwiches, lo que sea: me alegra el día", confesó, a las carcajadas.

 

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