Santiago Matamoros retornó a Mecoyita, donde el pueblito lo recibió con una fiesta

Tras la restauración de la histórica imagen de Santiago Apóstol, Mecoyita vivió recientemente sus fiestas patronales con profunda devoción. Se trata de una extraña obra del santo montado a caballo, que data del siglo XVIII. El paraje se encuentra ubicado a más de 5.000 msnm, en el departamento de Santa Victoria Oeste. 
El año pasado, por primera vez había celebrado su festividad religiosa sin la presencia de la imagen de Santiago, venerado en la región, ya que había sido sometida a un proceso restauración de extrema complejidad.
Se trata de una escultura tallada en madera, que a través de los años recibió diferentes capas de pintura común, que ocultaron por completo su policromía original.
El objetivo del equipo de restauradores de la provincia fue la de recuperar su valor histórico y artístico. Con ese fin, la especialista a cargo del proyecto, Gabriela Doña, desde el Departamento de Conservación y Restauración de Salta contó a El Tribuno que las gestiones las realizaron el cura párroco Joaquín Rafael, junto al obispo de la diócesis de Humahuaca, monseñor Pedro Olmedo. “Los religiosos fueron los intermediarios que hicieron llegar la inquietud de la comunidad local a la Subsecretaría de Patrimonio Cultural, dependiente del Ministerio de Cultura y Turismo. La gente del lugar tenía la idea de conservar esta imagen, tan importante para el pueblo”, destacó Doña.
Las familias de Mecoyita, como la de tantas comunidades andinas, suelen tener un santo protector, en este caso Santiago Apóstol. Cada año, el pueblo le reza una novena y participa de una procesión que acompaña con rezos, música y canto. 


La obra representa al santo montado en su caballo blanco, con una espada de plata en la mano, un sombrero de ala ancha doblado en la delantera (también en plata), y venciendo a un moro que yace a sus pies. La estatuilla mide unos 60 cm de ancho, 80 cm de profundidad y 90 cm de alto, y presenta una fina factura, especialmente en los rasgos de los rostros de cada uno de los personajes. Con su mano izquierda sostiene un pequeño escudo con la cruz de malta. 

El moro, en tanto, herido y ensangrentado, apoya su cadera y mano derecha en el suelo; y con la otra la mano en alto resiste el ataque del Santo y su caballo. El caballo presenta accesorios de plata. 

Una ardua tarea 

Para quitar las diferentes capas de pintura común fue necesario realizar un largo y lento proceso que incluyó un minucioso análisis de las problemáticas que presentaba, lo que incluyó placas de rayos X para visualizar la policromía original, remoción de repintes con solventes orgánicos y en forma mecánica, consolidar la estructura con estucado y la reintegración de la capa pictórica.


La ejecución del proyecto duró un año y medio, y estuvo a cargo de María Gabriela Doña, María Inés Zoricich, Macarena Flores, Angela Russo, Carolina Pellegrini y Cecilia Pérez.


La conservación -destacó el equipo técnico-, plantea no sólo como una tarea específica si no que exige una mirada que incluye la participación activa de la comunidad, que es soporte y contexto del patrimonio. “Se procura despertar la sensibilidad de la comunidad para valorar, proteger y conservar su patrimonio”, dijeron. Y de hecho, estas aspiraciones se cumplieron en gran medida ya que la comunidad de Mecoyita acompañó durante una semana a los restauradores capitalinos a preparar la capilla, ornamentar las paredes interiores y exteriores, adecuando el lugar para recibir a Santiago Apóstol. Una tarea que realizaron con mucho entusiasmo y de la que fueron verdaderos protagonistas. 
“La imagen fue recibida en Mecoyita en un clima de fiesta, ya que se coordinó esta etapa justo para el 25 de julio fecha de la fiesta patronal. El equipo convivió una semana con la comunidad, lo que permitió realizar un trabajo conjunto de acondicionamiento de la iglesia. A medida que se preparaba el lugar, se fue explicando y enseñando sobre los cuidados, resguardo y preservación necesarios para lograr la conservación de su patrimonio”, recordó la coordinadora del proyecto. 


El Valle del Silencio

El paraje Mecoyita, de Santa Victoria, se encuentra a 540 km de la ciudad de Salta. Para llegar hasta allí hay que llegar primero a La Quiaca por la ruta nacional 9, que recorre de sur a norte la provincia de Jujuy. Luego, desde La Quiaca se debe transitar hacia el este por la ruta provincial 5 que va a Yavi, distante unos 10 km. Se continúa por ese camino provincial que pasa por Cajas hasta acceder al Abra de Lizoite a 4.500 msnm. Ese hito es el límite interprovincial entre Salta y Jujuy, desde donde se ingresa al departamento salteño de Santa Victoria.
Desde La Quiaca hasta Santa Victoria Oeste hay 110 km que se recorren en unas cuatro horas en vehículo. El camino es de cornisa de altura, en algunos tramos se aproxima a los 5.000 msnm, sobre todo cuando se transita alrededor del majestuoso Cerro Campanario.


El paisaje es impresionante y constituye una verdadera aventura para el viajero, ya que deben atravesarse las nacientes congeladas del río Iruya, Rodeo Pampa y La Huerta, poblaciones andinas con casitas blancas dispersas hechas de adobe, piedra, paja y barro, hasta llegar al famoso Valle del Silencio.
El pueblo se emplaza en la intersección de los ríos Acoyte y La Huerta, en el borde occidental de las Yungas, al norte de la provincia de Salta, allí donde los bosques se confunden con los pastizales puneños. Limita hacia el oeste con los cerros Bravo y San José; al este, con los cerros Astilleros, Paraguay y Vallecito y el ingreso a las Yungas. 


La herencia española y aborigen se mantiene viva

Las festividad en honor a Santiago Apóstol, en Mecoyita, es una de las celebraciones más tradicionales de la provincia y su origen se remota a épocas de la colonia.
La gente del lugar reza una novena que culmina el día previo a los festejos centrales o en la también llamada Noche de las Luminarias.


Este festividad tiene particularidades únicas, como el rodeo español o toreo a caballo, que se realiza frente a la imagen, que a la sazón es ubicada en el atrio de la pequeña y modesta parroquia.

De acuerdo a la tradición, del ritual participan dos hombres, uno disfrazado de toro y el otro es el jinete a caballo. Ambos actúan frente al santo, mientras un grupo de gente tocan sus erkes y tambores, frente a las fogatas que se encienden para la noche previa a la fiesta.


Esto tuvo su origen en tiempos en que el lugar no contaba con electricidad, por lo que debían encenderse hogueras para iluminar el espectáculo, de allí su nombre original de Noche de las Luminarias.
Tras la toreada, tiene lugar un espectáculo de fuegos artificiales y globos luminosos. La noche avanza y en muchas casas se organizan bailes animados por orquestas de erkes y tambores, mientras la gente baila haciendo rondas.
La fiesta patronal es un conglomerado de herencias culturales muy diversas, entre españolas y originarias.
En resumidas cuentas, una perfecta simbiosis entre lo pagano y lo cristiano, tan propio de los pueblos que fueron colonizados por España.
La jornada de la fiesta, inicia con una misa de comunión y luego se da curso a la procesión con la imagen de Santiago en andas, acompañada por cientos de fieles llegados de los más diversos rincones de la inmensidad de los cerros. El ritual cierra con el santo ubicado sobre un pedestal y a sus pies, los devotos colocan como ofrendas cuartos de corderos.
 

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