Virginia Arias, la madre de Agustina Gamboa, contó su historia y su lucha

Liberada del peso de la moral religiosa de su provincia, Virgina Arias contó quién era el padre de su pequeña hija por primera vez en la oficina de su abogada. Hasta ese día, y ya habían pasado casi tres años, el único que lo sabía era el propio padre, el sacerdote Carlos Gamboa, quien ante la novedad revelada por la mujer respondió "Y qué querés que haga". Y giró y se fue para siempre.

Gamboa abandonó a su hija. Y Arias atravesó sola el embarazo y la crianza de los otros tres chicos que había tenido con su primer matrimonio,  y soportó el despido de su trabajo luego de la licencia por maternidad. Y, especialmente, arrastró todo ese tiempo en soledad el peso del secreto guardado en el código genético de su beba, a la que muchos de sus amigos, con malicia o suspicacia, la llamaban "carita de alguien".

No obstante Virginia también mantuvo desde siempre una certeza: no le iba a negar a Agustina su derecho a la identidad. Por eso cuando la beba cumplió dos años, aquella abogada intimó al cura a que vaya y estampe el apellido Gamboa en el DNI de su hija bastardeada. "Mi única urgencia era que ingresara al nivel inicial con sus dos apellidos,sabiendo quién era", dice la madre.

El cura intentó proteger la falsedad de su voto de castidad y propuso evitarlo. "No sigas adelante con el trámite de filiación. Yo no soy un hombre, soy un sacerdote", le dijo por teléfono a Arias. Meses más tarde, sin embargo, aceptó y así evitó la demanda judicial

Arias tiene ahora 56 años y Agustina, de 18, es la chica que días atrás publicó una carta en las redes y contó a Infobae la indignación que le había generado escuchar a su padre oponerse a la interrupción voluntaria del embarazo cuando a ella la había abandonado.

"La relación con Carlos Gamboa fue bastante corta, compleja, era clandestina, nos veíamos a escondidas y se cortó abruptamente cuando se enteró de mi embarazo; directamente desapareció", cuenta Virginia, sentada en un café del barrio porteño de Villa del Parque, cerca de un colegio privado ("laico", aclara con una sonrisa) donde ejerce el cargo de directora.

Con un pañuelo verde atado a su cuello, transmite la misma impotencia que su hija. A horas de que el Senado comience a debatir la aprobación de la ley que garantizaría un aborto seguro y gratuito para todas, interpela al padre de Agustina y a la institución que pertenece: "Yo me pregunto mucho qué hace él, qué pasa por su cabeza, cuando bautiza o celebra la Navidad o habla de salvar las dos vidas, sabiendo que dejó abandonada a una hija".

Poco tiempo después de aceptar que su hija lleve el apellido Gamboa, el cura se vio obligado a pagar la cuota alimentaria, que en el año 2002 representaba $ 150 pesos mensuales. "Había una cuestión de humillación cada vez que tenía que pasar el dinero. No dejaba de hacerlo, pero siempre fuera de tiempo y forma. Yo tenía que llamarlo, me sometía a una situación de súplica", relata Arias.

Un suplicio que se parecía al de Agustina. "Ella creció mendigando el cariño de su padre, por eso la movilizó tanto escucharlo hablar así contra el aborto", explica la madre, y sigue: "Ahora, con haber hecho pública su historia, ella hizo una catarsis enorme y se liberó del estigma de ser alguien que no debía existir. Porque, más allá de lo que digan los que pregonan la vida, Agustina era vergonzante, ella tenía una mancha".

-Cuando ella dice "no me callo más, esta soy yo" y genera ese revuelo rompe con todo eso, pero tuvo que hacer mucho trabajo todos estos años, de terapia, de llanto, de enojo, de exabruptos adolescentes, no se lo merecía. No se lo merece ningún chico.

-Usted vivió en Salta, donde Gamboa es muy conocido, hasta los tres años de Agustina. ¿Cómo manejó esa situación?
-Yo sabía que me iban a condenar e iban a condenar a mi hija por ser hija de un sacerdote. Entonces me mantuve en silencio. Al que me preguntaba yo le decía que la única persona que tenía derecho a saberlo era mi hija que venía en camino. Vivíamos en Cerrillos, que es como un barrio de la ciudad, y él en Salta capital es muy conocido, muy popular. En Salta la Iglesia ocupa un rol de poder preponderante y él forma parte de ese círculo de prestigio en la sociedad.

En el tiempo que Arias y Gamboa mantuvieron la relación clandestina, ella trabajaba en las relaciones públicas de una empresa salteña que había decidido aportar fondos para restaurar unos frescos de una iglesia local. El sacerdote era la persona que el Arzobispado de esa provincia había puesto para recaudar el dinero prometido.

Cuando Gamboa se enteró que iba a ser papá dejó de ver a Virginia hasta que, a los ocho meses de embarazo apareció en la empresa a reclamar el aporte. "No fue un encuentro muy agradable. Mi actitud fue de mucho enojo y él no mostró interés, nunca preguntó si necesitaba algo, la fecha del parto, no ofreció nada, apareció por una cuestión laboral y desapareció nuevamente", cuenta Arias.

La siguiente vez que se cruzaron fue al otro día del nacimiento de Agustina. Ella le avisó y él las fue a visitar al hospital. "Se parece mucho a mi papá", le dijo Gamboa a la madre y otra vez giró y se fue.

-¿El nunca le propuso abortar?
-El no me pidió que abortara pero tampoco le importaba. Si hubiese abortado no se habría enterado. Y hubiese sido un alivio para él. Desapareció y la decisión era mía. Cuando estás en pareja estás acompañada por alguien que te sostiene si decidís continuar o discontinuar el embarazo. Acá yo estaba completamente sola.

Pero Agustina creció y comenzó a preguntar cómo era su papá y por qué no lo podía ver. Pidió una foto y su madre se la consiguió. Hasta que a los seis años, ya viviendo en Capital Federal (donde Virginia y Agustina se instalaron), reclamó conocerlo y entonces viajaron a Salta. Se encontraron en una estación de servicio.

-Ella tenía siete años, estaba feliz, salió con promesas, él le regaló golosinas, ella había logrado ver a su papá. Salió muy feliz y llena de promesas, que nunca se sostuvieron.

Para su mamá, Agustina entró a partir de ese momento en una "situación mendicante de afecto" que le afectó mucho en la adolescencia. "Fue muy dura para ella, su enojo mayor comenzó cuando el abogado de Gamboa nos dijo que no podíamos pactar dos encuentros al año, que era lo que ella al menos quería", explica.

Una última charla con su padre, a los 14 años, una tarde en la que le apareció de sorpresa antes de una misa, y tras la cual terminó llorando, determinó el fin de la relación. "Fue dramático pero organizador", entiende su madre.

-Ella contó a Infobae que la carta que viralizó la venía escribiendo hacía mucho tiempo.
-El detonante para su carta fue la lucha feminista. En la secundaria ella participaba de los centros de estudiantes, del Ni Una Menos, nosotras somos personas que salimos a la calle ante cualquier demanda. Y Agustina estuvo con esas luchas. Y cuando apareció lo del aborto legal tomó las calles como todas las chicas de su edad. Y el día del debate en Diputados, ella se quedó toda la noche haciendo vigilia frente al Congreso. Cuando volvió me dijo "tengo que contar mi historia porque si no soy cómplice de las Iglesia, que pide por las dos vidas pero no las protege".

-¿Después de esa exposición pública Gamboa se comunicó con ustedes?
-No. Nadie. El Arzobispado de Salta emitió un comunicado. Fue un papelón, hablaron para la tribuna. Ellos creen que con pedir perdón está todo bien.

-¿Y a usted que le genera escuchar a Gamboa defender desde el púlpito las dos vidas?
-Me genera indignación escucharlo hablar de las dos vidas. No me sorprende que esa sea su actitud, pero me molesta porque conozco la historia, vi sufrir a mi hija. Yo era adulta y tomé una decisión y me hago cargo de lo bueno y lo malo. Pero en el caso de Gamboa, me irrita que miente porque no solamente abandona esas vidas sino que las propicia con su discurso.

-El aborto legal permite a la mujer elegir un camino seguro acorde a su decisión. ¿Usted cree que el padre de su hija no tuvo opción de elegir?
-Gamboa tuvo la posibilidad de elegir entre su hija y la Iglesia y eligió el camino de la hipocresía, el de su comodidad, porque ser sacerdote en Salta está muy bien visto. Pero para eso abandonó una criatura que lo reclamaba.

A pesar de que Arias admite que Gamboa nunca le propuso abortar, cree que en el medio del debate, su actitud de propiciar una supuesta defensa de las dos vidas es una contradicción que, como ya lo hizo su hija, merece ser expuesta ante la decisión del Senado.

"¿En qué consiste salvar una vida?", se pregunta Arias. Y responde: "Un niño que nace tiene que estar en un contexto que pueda recibirlo. Escucho a los 'pro vida' decir que 'si no quiere tenerlo que lo dé'. No es contexto para que esa vida se desarrolle. Quienes pregonan las dos vidas establecen una paridad con lo animal, con lo biológico. La vida está. ¿Pero y después?

-El vicario general de Salta, Dante Bernacki, dijo que la paternidad de Gamboa era "un secreto a voces" y que "toda la gente sabía que había una hija o algo así".
-¿Qué significa el "algo así"? ¡Que es una cosa! Hay hasta una cosificación del hijo, algo que nace, un animal, que se puede entregar. Es terrible, deshumanizante. Una vida se constituye en un marco social que lo contenga. Traemos estas "vidas", los hacemos vivir, después están mendigando en las calles, los matan por la espalda, o están mendigando afecto como Agustina, que tuvo la suerte de tener qué comer todos los días. ¿Pero quién le quita a ella ese vacío existencial y emocional con el que creció? Hay una parte de ella que no se llenó.

Virginia Arias se crió en Salta. Dentro de la misma cultura que exalta lo que ahora ella y su hija critican. Sus padres, los abuelos maternos de la adolescente, inculcaron en la mamá de Agustina nociones férreas de catolicismo.El cielo y el infierno, la culpa, el sacrificio y el temor.

-¿Qué cree que pasa ahora por la cabeza de Gamboa?
-Yo creo que Gamboa no cree ni en el cielo ni en el infierno. Su fe es un uniforme para pertenecer a una sociedad. Eso forma parte de él, no digo que de toda la Iglesia, respeto a los curas en opción por los pobres, pero sí creo que la estructura de la Iglesia católica argentina, que se pone por encima de los derechos humanos, usa esa simbología para dominar a todos, incluidas las mujeres, como pasa ahora con el aborto.

Fuente: Infobae

 

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