Una elección en paz que facilitaría los consensos

Los primeros días que siguieron a las elecciones presidenciales transcurrieron con una notable sensación de tranquilidad y descompresión, luego de una campaña exacerbada en su estilo, y que tuvo como contexto un escenario de dos años de inestabilidad económica.

El escrutinio mostró que no hubo una "demolición" del gobierno de Mauricio Macri y de Cambiemos, y que la política en las calles pareció mucho más eficaz, para el oficialismo, que las estrategias digitales en las que había confiado a ciegas hasta agosto pasado.

El justicialismo logró unir sus fuerzas y, aunque no pudo crecer electoralmente en relación con las PASO, volvió a mostrarse como la alternativa para casi la mitad de los argentinos. Y la coalición entre macristas y radicales logró instalarse como una oposición sólida a partir del 10 de diciembre.

Así ganó el país y ganó el sistema republicano, porque un gran número de los votantes del Frente de Todos, así como muchos de los que se inclinaron por los candidatos con menor performance dejaron manifiesto que se sienten más cómodos con un país previsible, sin veleidades mesiánicas.

Una transición pacífica y constructiva es imprescindible para el país. Fue muy positivo el primer gesto de los dos presidentes, el saliente, Mauricio Macri, y el electo, Alberto Fernández, quienes se saludaron inmediatamente de conocidos los resultados y se reunieron en la Casa Rosada a primera hora del lunes.

Las diferencias de ideologías, de prioridades y de visiones de la realidad en el país son claras y perceptibles. En un mundo donde proliferan hechos violentos que desestabilizan gobiernos, en la Argentina se resolvieron los contrastes democráticamente, en las urnas, con una participación ciudadana que superó el 80%, con proporciones apenas superadas en 1983, con Raúl Alfonsín en el retorno de la democracia, y 1989, en el primer triunfo de Carlos Menem.

Este clima positivo, de una armonía elemental, es esencial para el país. El nuevo presidente deberá afrontar una situación económica y social que no le dará tregua. Por lo pronto, el déficit estructural exige soluciones que no están a la mano, ya que, si bien está encaminada la crisis energética y hay vientos favorables en materia de exportaciones, la Argentina ha agotado su capacidad de endeudamiento externo e interno, no logró consolidar un colchón de reserva de divisas y ya no está en condiciones de seguir emitiendo monedas y cuasi monedas. Si tratara de buscar oxígeno en un default de la deuda externa, es probable que la recesión empeoraría.

Al contar con mayoría en el Senado y con una oposición razonable en Diputados, Fernández podrá negociar algunas soluciones que no llegarían sin consenso. Por eso, los próximos pasos del presidente electo en materia de relaciones internacionales serán cruciales. La mayoría de los argentinos no quiere romper el vínculo con Brasil, más allá de los sentimientos que albergue hacia Lula o hacia Jair Bolsonaro. Hoy, las relaciones personales del presidente de Brasil y Alberto Fernández muestran una animosidad que atenta contra los intereses de ambos países y contra la existencia misma del Mercosur.

Además, el clima regional es de alta volatilidad. Las tensiones sociales en Chile y en Ecuador alcanzaron niveles desestabilizantes; las irregularidades de todo el proceso electoral en Bolivia, la catástrofe humanitaria de Venezuela y los golpes institucionales del narcotráfico en todo el continente - y especialmente en México demandarán del presidente electo mucha prudencia política. No hay espacio para la aventura ideológica ni para las ilusiones de nuevos alineamientos. Las potencias que reacomodan su influencia en medio de tantas turbulencias no van a tomar con seriedad a un país imprevisible. Por eso, la paz interior es necesaria como nunca y requiere de acuerdos. Porque si la mitad de los argentinos apoyó al Frente de Todos, la otra mitad piensa muy diferente. A pesar de la crisis, la ciudadanía ha mostrado vocación cívica y están dadas las condiciones para que la dirigencia abandone la política del todo o nada, que convierte al país en campo de batalla y al pueblo en rehén de sus caprichos.

 

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