Sueño y realidad del vínculo con el mundo

Las islas, principalmente las oceánicas, han sido consideradas y utilizadas como "experimentos naturales" para entender la dinámica de las poblaciones animales y vegetales a través del tiempo. A menor tamaño y mayor distancia al continente, menor será el número de especies esperado. El estudio de islas ha generado mucha de la información que sustenta lo que hoy denominamos "biología de la conservación", una rama de la biología o ecología que entiende sobre las interacciones entre las especies en el espacio territorial, y cómo las actividades y presiones humanas las interfieren. Es así como conocemos en muchos casos más sobre muchas islas que sobre los continentes o "tierra firme" con las que están relacionadas geográficamente. Las islas siempre han generado fascinación en nuestras mentes de biólogos, solo pensar en "los pinzones de Darwin"en las islas Galápagos (Ecuador) y el desarrollo de la Teoría de la Evolución posterior, es un claro reflejo de ello.

Quizás menos estudiadas, al menos desde la óptica biológica, es cómo las islas se comportan económica y demográficamente en relación a los continentes, y qué aprendizajes podemos extraer de ello.

Conozco Puerto Rico, Cuba, la Española (Dominicana) o Tierra del Fuego en la Patagonia Argentina y en otras más pequeñas como la isla de San Andrés en Colombia o la Ilha do mel en Brasil y otras muy alejadas de cualquier continente como la Isla de Pascua (Chile) ­rodeada por unos 3.000 km de mar! La vida humana y la naturaleza de estas islas son fascinantes y a pesar de su aislamiento en algunas de ellas sus propios habitantes, quizás por disponer del arribo cotidiano de todos los insumos necesarios, han perdido la "sensación" de ser isleños, sensación que probablemente dominó hasta muy recientemente en sus mentes. En algunas de ellas como en República Dominicana, sus habitantes sienten que viven en un continente, a pesar de ser una isla de tamaño similar a la provincia de Jujuy en el medio del Mar Caribe.

Al igual que lo que determina la "teoría de islas" desde el punto de vista biológico, las islas obviamente se comportan económicamente de la misma manera. Cuanto más chicas y alejadas, más costoso es mantenerlas y menos sustentable son sus poblaciones. Si cualquiera de las islas mencionadas dejara de percibir tan solo por una semana el flujo de recursos que provienen desde el exterior, sus poblaciones sucumbirían rápidamente. En una semana no tendrían electricidad ni combustible ni alimentos suficientes ni las medicinas básicas.

A una isla como San Andrés (26 km2) llegan por día 30 aviones desde Colombia y Panamá con los turistas que mueven la economía local. El combustible (y por ende la electricidad) llega en dos barcos semanales desde Cartagena, la totalidad de los alimentos vegetales (menos el "Pan de árbol" y otras rarezas exóticas) provienen de Colombia y de Costa Rica (los ananás por ejemplo), y la tecnología desde Estados Unidos. El agua, con excepción de la que es "captada" desde las lluvias en los techos de las viviendas, proviene de la desalinización generada en base a energía eléctrica, un sistema altamente costoso y dependiente desde lo energético.

Es bien conocida la historia de Cuba con el bloqueo estadounidense y la necesaria dependencia de la energía proveniente de los países de la Unión Soviética (mientras existió) y la actual dependencia del petróleo venezolano que los lleva a construir importantes y necesariamente perdurables lazos políticos entre ambos. Demás está decir que Cuba (al igual que las restantes islas mencionadas), sobrevive gracias al turismo exterior y las remesas económicas que provienen desde el Continente, enviadas por una buena parte de su población migrante.

Ahora, la pregunta al revés, que la biología de la conservación se ha realizado muy frecuentemente es, ¿qué tan aplicables son estos principios de dependencia externa de las islas a los continentes?

Riesgos del aislamiento

Argentina claramente es un país continental, autosuficiente (lo es o lo ha sido o lo será nuevamente) en materia energética y de alimentos, de hecho exporta alimentos para varias veces su tamaño poblacional y es dependiente del exterior en materia tecnológica y de muchos productos, que si bien los producimos localmente, los podemos importar de mejor calidad y a un menor precio relativo de otras partes. Casi podemos decir que somos la expresión contraria a una isla. Sin embargo, podemos comportarnos como isla si cerramos nuestra economía y reducimos la producción de bienes exportables, concentrándonos exclusivamente en nuestras propias demandas cotidianas. Ello podría mejorar sin duda la soberanía alimentaria de una importante parte de la población local, que requiere con urgencia alcanzar una mejor oferta alimentaria y productiva.

La solución no es uno u otro modelo, sino alcanzar la coexistencia entre ambos. Reducir las exportaciones agropecuarias reduciría significativamente el ingreso de divisas necesarias para adquirir una enorme cantidad de bienes y servicios provenientes del exterior que desequilibraría nuestra balanza comercial complicando el pago de nuestras deudas externas. Además, las retenciones a las exportaciones representan un ingreso muy importante al Estado que suele ser utilizado para abonar políticas sociales. Aislarnos del mundo (económicamente hablando) nos hará más vulnerables y nos llevará ineludiblemente al fracaso endógeno.

Por supuesto tenemos muchas materias pendientes provenientes de este modelo agroexportador vigente en nuestro país. Una de ellas (quizás la más importante o urgente de resolver) es nuestra incapacidad social y política de alcanzar mejores niveles de distribución de la riqueza llevándonos a niveles de equidad razonables. Adicionalmente debemos lograr que el incremento de la superficie e intensificación productiva implique, además, una mejora sustancial de nuestro esquema de protección de bienes y servicios ambientales, reflejado en un ordenamiento del territorio sustentado técnicamente y aceptado socialmente.

El ejemplo de Pascua

En caso contrario nos terminará pasando como el ejemplo muy publicitado de la Isla de Pascua, en donde el extremo aislamiento y la reducción de recursos llevaron a la implosión social de la isla (representada por la destrucción de los moais). Esto ocurrió no necesariamente por el agotamiento total de los recursos naturales (la teoría más sostenida), sino por nuestra humana incapacidad para mantener niveles adecuados de tolerancia intrapoblacional en momentos de crisis, tolerancia que nos permita seguir coexistiendo. Sin esta imprescindible tolerancia, y tenemos muchos ejemplos alrededor y entre nosotros mismos, el futuro será mejor no imaginárselo.

 

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