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El origen del patrocinio de San José en el pueblo de Cerrillos

Agua, camino y oratorio dieron origen al pueblo y su fiesta patronal. 
Domingo, 24 de marzo de 2019 00:38

Como sabemos, los jesuitas fueron expulsados de América por el rey Carlos III, en 1767. A partir de entones, todos los bienes de la orden pasaron a la corona española, que de apoco comenzó a enajenarlos con el argumento de que lo recaudado sería destinado a pagar las pensiones de los expulsos, en la isla de Córcega (República de Génova) primero y en los Estado Pontificios después. 

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Como sabemos, los jesuitas fueron expulsados de América por el rey Carlos III, en 1767. A partir de entones, todos los bienes de la orden pasaron a la corona española, que de apoco comenzó a enajenarlos con el argumento de que lo recaudado sería destinado a pagar las pensiones de los expulsos, en la isla de Córcega (República de Génova) primero y en los Estado Pontificios después. 

Aquí en Salta, los jesuitas tuvieron numerosos bienes inmuebles, tanto en la ciudad como en el interior de la provincia. Uno de esos bienes fue la Hacienda de los Cerrillos que se extendía hasta Osma, (actual departamento de La Viña), y que de a poco, comenzó a ser fraccionada y vendida. Y así fue que el casco de la Hacienda de los Cerrillos (hoy INTA) más una gran cantidad de tierras aledañas, fueron vendidas a la familia Tejadas, española. Otra fracción, lindante al sur con los Tejadas, fue la de los Hidalgo de Montemayor, que a poco la vendieron a don José Iradis. Un linde de estas dos propiedades fue el gran horcón de quebracho, cuyo nombre pasó a la posteridad como “Palo Marcado”. Estas tierras de Iradis estaban al poniente de los “cerrillos”, serranías que dieron nombre a la hacienda primero y al pueblo que después nació y creció, espontáneamente en la confluencia del camino real (RN 68) y un acueducto que aún cruza el pueblo y que baja del río Toro. La traza y la construcción de ese canal fue obra de los jesuitas y de los pulares, los indios del lugar. Por su parte, las aguas fueron hasta fines del siglo XIX, de beber y regar.

Y así fue que en esta confluencia de agua y camino, don José Iradis levantó la sala de su hacienda. Una casona de tres patios que se conservó hasta los años 70 del siglo XX, cuando lamentablemente fue demolida por sus últimos propietarios (Lérida).

El viento blanco

El hecho es que don José Iradis, al igual que otros hacendados del Valle de Lerma, dedicó sus tierras para engorde de hacienda proveniente del sur y que luego se trasladaba hasta las minas del Alto Perú, especialmente para el Cerro Rico del Potosí, veta descubierta a mediados del siglo XVI. 

Y tal como acostumbraban estos hacendados, un día don José Iradis marchó hacia el Alto Perú acompañando un arreo propio. Salió para el alto, por la Quebrada del Perú, hoy conocida como Quebrada del Toro. Ya en la Puna y, luego de varios días de marcha, tropa y hombres, se toparon de repente con el temido viento blanco. 

Los arrieros, duchos ante esta inclemencia, poco pudieron hacer ante la sorpresiva violencia desatada por el temporal de nieve, viento y arena. Algunos de los hombres atinaron a refugiarse entre las peñas, mientras que otros trataron de guarecerse en pequeñas cuevas. Pero aún así, muchos hombres y bestias perecieron en el lugar. 

Según la tradición oral, en esa emergencia, don José se refugió en una de las cuevas a la espera que amaine la feroz tormenta blanca. Pero como con el paso de la horas la violencia no cesaba, sino por el contrario empeoraba, Iradis, como última instancia, echó mano a su fe y se encomendó a San José (su santo de pila) pidiéndole su patrocinio para que interceda ante el Creador y así salvar su pellejo y la de sus arrieros. Y más aún, fue en esas circunstancias que el angustiado hombre -según él contó años después- le prometió a San José que en caso de que se le concediese la gracia de regresar sano y salvo a su hacienda de Cerrillos, lo primero que haría sería construir un oratorio en su honor. 

Y así fue que, luego de estas angustiosas circunstancias, el temporal comenzó a amainar hasta que finalmente y luego de varias horas, el firmamento se despejó y los hombres pudieron salir de sus refugios y regresar a Cerrillos. 

Promesa cumplida

Poco tiempo después, José Iradis cumplió su promesa e hizo construir, dentro de su propiedad, el primer templete en honor a San José, aproximadamente a fines del siglo XVIII, incluyendo el primer campo santo del pueblo, ubicado tras del oratorio. 

Esta transmisión oral se confirmó años después, cuando luego de fallecido don José Iradis, su esposa, doña Isabel Díaz de Zambrano, vendió esas tierras a don Antonio de Agueda en el año 1800, pero reservándose las fracciones del templete y de otras construcciones, que luego donó al curato de Rosario de los Cerrillos (Rosario de Lerma) para de esta forma efectivizar la voluntad testamentaria de su esposo que legó a favor de San José. 

Con el tiempo, el templete erigido por Iradis a fines del siglo XVIII, pasó a ser sede de la viceparroquia, y luego de la parroquia. Hasta la actualidad, en ese mismo lugar, se erigieron tres templos a San José.

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