El fuego y la historia

Las llamas que destruyeron el milenario techo de la catedral de Notre Dame no tienen ninguna posibilidad de destruir lo que ese templo representa para la humanidad.

Notre Dame es mucho más que un patrimonio francés o un recinto católico. Como dijo la canciller alemana, Angela Merkel, "es un símbolo de nuestra cultura europea".

Por eso, será reconstruida. Pero, aunque el edificio no pudiera ser rescatado, el sentido histórico de ese monumento se mantendría intacto.

En 2001, los talibanes de Afganistan destruyeron las estatuas de Bamiyan, dos Budas gigantes levantados en el siglo VII. El régimen islámico talibán decidió que estas estatuas eran ídolos, y por tanto contrarias al Corán, y ordenó su destrucción.

En Francia, y en los países de Europa occidental sería inimaginable semejante dislate. Occidente preserva hasta las mismas cuevas de Altamira, como a todos los vestigios de la cultura Cromagnon y Neanderthal. La España de los Reyes Católicos no borró la historia de ocho siglos de presencia árabe, ni Roma destruyó las culturas que fue dominando.

En París, Notre Dame es parte de la memoria histórica que se fue construyendo a lo largo de dos milenios, como lo es la estatua de Carlomagno, justo frente al templo, o el Panteón que aloja las tumbas de muchas figuras históricas. Este sitio maravilloso reserva el mismo espacio para los restos de Rousseau y Voltaire, contemporáneos y poco afines en sus tiempos, pero que contribuyeron a la transformación cultural que se gestó. Europa conserva su historia, sin forzamientos ideológicos. Una historia que reconoce próceres, héroes y sabios; como protagonistas, no como militantes.

En el viejo continente sería inimaginable que, por el capricho de un gobernante circunstancial, se demuela como se hizo aquí el monumento a Cristóbal Colón y se lo reemplace por una heroína que, más allá de sus méritos, se hizo famosa por una canción magistralmente interpretada por Mercedes Sosa.

Y también sería inconcebible lo que hizo el Concejo Deliberante de Salta cuando rebautizó a la avenida Virrey Toledo con el rebuscado nombre de "Segundo bicentenario de la batalla de Salta". O cuando fracasó en su intento de erradicar a Hernando de Lerma de la memoria salteña. Europa sabe que la historia es la confrontación entre pasiones, ambiciones y genialidades. Invasiones, alianzas y colonizaciones. Pero es irreversible. La megalomanía del régimen soviético rebautizó a San Petersburgo como Leningrado, un cambio que sucumbió con el régimen. La historia no se inventa. La condición humana es temporal y nada de lo ocurrido puede borrarse, aunque se lo destruya. Y la historia es dinámica, marcha hacia adelante y desborda a la imaginación de quienes la construyen.

La revisión del pasado intentando explicarlo por la lucha de los buenos y los malos es una construcción mítica inspirada en la ideología.

Esta Francia que hoy se muestra consternada por el incendio de Notre Dame es la nación que se fue conformando desde hace dos milenios, a partir del asentamiento originario en la Isla de la Cité. En su historia recibió los influjos de la cultura judeo cristiana, de Roma y de Grecia; fue la cuna del sacroimperio romano germánico, del Iluminismo, de la Revolución de 1789; fue la hija dilecta de la Iglesia, la patria de Victor Hugo, la receptora de millares de migrantes islámicos y africanos, el paradigma de la cultura durante cinco siglos. Pero eso solo fue posible en un país donde la libertad y la racionalidad prevalecieron sobre los despotismos que nacieron con Robespierre, Napoleón y los autoritarismos conservadores del siglo XIX, hasta la ocupación nazi con la colaboración del mariscal Petain. La idealización es imprescindible para la construcción de una Nación. La mitología griega, expresada magníficamente por Homero, fue una contribución al nacimiento del pensamiento racional. Todos los pueblos nacieron de mitos. Sin embargo, cuando en el siglo XX un gobierno cree necesario destruir monumentos históricos, la regresión al mito solo responde a una fragilidad ideológica. Francia reconstruirá Notre Dame, porque más allá de la Cristiandad, la Revolución Francesa y la globalización en crisis, los franceses creen en su historia.

 

 

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