La alquimia y las incógnitas

La postulación de Alberto Fernández como cabeza de fórmula de Cristina tomó a todo el mundo por sorpresa. Lo que se diga sobre lo que pueda ocurrir en las próximas semanas será conjetura.

Existe una realidad: escuchando todos los reproches que pronunció en su video de la madrugada de ayer la exmandataria, dirigidos al actual gobierno, cada cual identificará al culpable de los problemas desde su prisma ideológico, pero Alberto y Cristina saben que esta vez no habrá milagro. El ajuste y la devaluación que se realizaron entre 2002 y 2007 contaron con el oxígeno de los precios de la soja. Hoy ya no está el viento de cola. No habrá para reparto. 

La imagen de Cristina Fernández tiene un índice muy elevado de carga negativa y eso puede acortar el romance, si ganan, cuando las respuestas no lleguen. Es lo que le ocurrió a Chacho Álvarez a mediados del 2000 y fue la verdadera razón de su renuncia a la vicepresidencia.

Alberto Fernández tiene amplia trayectoria, pero es poco conocido para la opinión pública. 
Llegó a la Jefatura de Gabinete desde el cavallismo. 
Acompañó a Néstor Kirchner en toda su gestión y a Cristina, en su primer año.
Se fue después del conflicto con el campo, en forma sorpresiva y sin hablar con la Presidenta. 
En 2015 acompañó a Sergio Massa en su candidatura y fue fulminante contra Cristina y el cristinismo.
Pero eso es pasado. La expresidenta le dedicó un tratamiento privilegiado en la presentación de su libro “Sinceramente”.

El martes, quizá para hacer méritos, Alberto Fernández amenazó a los cinco jueces que investigan a Cristina por corrupción. Mal comienzo, por cierto.

Ayer, la primera asociación que circuló fue: “Cámpora al gobierno, Perón al poder” con la de “Alberto al gobierno, Cristina al poder”.

Un anacronismo. Héctor Cámpora era un dentista, de origen conservador, cuyo único mérito era su lealtad a Juan Domingo Perón. Cuando ganó, quiso gobernar con la izquierda peronista, que tenía ideas y objetivos propios. Su presidencia fue efímera.

Cristina es una figura fuerte, pero no encarna un liderazgo comparable al de Perón, aunque va a reivindicar para sí la propiedad de los votos.

La suerte electoral de la fórmula se irá viendo con el paso de los días. Resulta, sin embargo, poco imaginable a un Alberto Fernández presidente asumiendo una imagen similar a la de Oscar Parrilli u otros personajes sumisos como los que suelen rodear a quien sería su vicepresidente.

Por una parte, la personalidad del candidato no se presta. Por otra, las muy graves decisiones que el próximo gobernante, sea quien fuere, deberá tomar a partir del 10 de diciembre, no dejan margen para las previsibles peleas por el poder y las marquesinas. 

Ahora habrá que ver si esta alquimia kirchnerista logra atraer al grueso de los votantes peronistas. Habrá que ver, también, si la clase media desilusionada con Macri indulta a Cristina. Y habrá que ver, además, si esta fórmula se mantiene o si Cambiemos intenta sacar un conejo de la galera. El gran interrogante lo brinda Alternativa Federal. A cinco semanas de las definiciones, ninguno de los referentes ha logrado instalarse en posiciones ganadoras.

¿Quién ganará?

Por ahora, nadie puede arriesgar una respuesta. Macri y Cambiemos tendrán que replantear la estrategia y adecuarla al nuevo escenario.

Para el kirchnerismo, será crucial que Alberto Fernández muestre (o no) alas propias junto a alguien que no suele tolerar sombras. Ante los votantes, que no lo conocen demasiado, y especialmente ante los inversores. Porque sin inversión, no habrá futuro. Y las inversiones, productivas, por cierto, deben venir de afuera.

La segunda pregunta es: ¿ganará el mejor gobernante o el más mediático? 
Porque lo que se viene requiere condiciones de gestión que no pueden ser aportadas por los globos amarillos ni los espectáculos de Fuerza Bruta.

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Sección Editorial

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