Metalúrgico de Orán entregó una bicisilla a una niña de la Puna

Un hilo de amor invisible tejió solidaridad entre el Valle del Zenta y la Puna.

Una vez más se alinearon los planetas y confluyeron en una necesidad, una habilidad y la filantropía. El metalúrgico oranense Alejandro Argañaraz, dueño del taller Jeremías, famoso ya por su labor solidaria, fabricó una bicisilla especial y se la entregó el jueves a Gabriela Olmos, una niña de 12 años de San Antonio de los Cobres, quien padece parálisis cerebral y necesitaba una silla postural.

El emotivo y simple acto de entrega se realizó en la plazoleta IV Siglos de la ciudad de Salta y los que presenciaron la escena, arrodillaron el corazón ante la grandeza del gesto del metalúrgico que sabe de "dar", y de la niña, que sonrió al recibir. Es una emoción que quebranta, que enseña sobre la capacidad humana para mirar al otro y cumplir los sueños.

"Nos etiquetaron por Facebook en una publicación, porque habían visto lo que hice con el carro de Koki, y en seguida nos pusimos en contacto con su papá. Rápidamente empezamos a trabajar para cumplir el sueño de Gabriela, y cuando ayer entregamos esta bicisilla la emoción fue tremenda para Rubén, su papá, para la niña y para nosotros", contó Alejandro.

La niña Gabriela Olmos sufre parálisis cerebral y su familia comenzó una campaña en la peatonal capitalina, vendiendo bonos para juntar dinero y poder comprar una silla postural que ahora ya tiene gracias al joven empresario metalúrgico de Orán que no dudó ni un segundo en ponerse a trabajar sin ningún fin de lucro para que esta niña puneña tenga un mejor transcurrir de sus días.

La obra social no responde

"A través de Facebook conocimos a Rubén Olmos, el papá de Gabriela. Vimos detenidamente el video que nos mostró y nos conmovió tanto su historia que al instante ya estábamos en contacto como si nos hubiésemos conocido desde siempre. Así fue que les mostré fotos de mis trabajos y me animé a decirles que no se preocupen, que yo iba a armar la silla postural que Gabriela necesitaba, al menos hasta que la obra social le dé lo que corresponde", contó Alejandro y agregó: "Él está pidiendo a su obra social que le den la silla adecuada para la edad de Gabriela y no tiene respuestas. Tuvo que recurrir a vender unos bonos para poder comprarla pero no llega, así si lo ven en la peatonal de Salta vendiendo, les pido que le den una mano, que es para un buen destino".

Explicó que "se trata de una familia que con mucho sacrificio bajó desde San Antonio de los Cobres en busca de mejorar la calidad de vida de su hija".

"Por mi parte quiero agradecer a mi equipo de trabajo, mi familia, y a toda la gente que nos colaboró para el combustible para que esta silla pueda llegar a buenas manos y cumplir este loco sueño de ayudar", dijo el metalúrgico oranense.

"Hemos trabajado para lograr un sueño más, definitivamente ayudar te llena el corazón, es parte de mi vida, no podría ser indiferente", aseguró Alejandro, el filántropo.

Es que la solidaridad convoca extrañas sensaciones que trascienden a la acción de dar en sí misma, e inyecta en los sentimientos el embrujo de una necesidad: la de ayudar una y otra vez para sentir que no estamos solos, que se puede caminar con otro en el dolor. La necesidad de honrar la vida en cada gesto que nos aleja de la indiferencia, la de saber que un hilo invisible de atemporalidad comunica mundos distantes y elimina todo tipo de diferencias.

 

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