La enfermedad de Alzheimer, la forma más común de demencia, es una enfermedad neurodegenerativa incurable. Las neuronas de ciertas partes del cerebro se destruyen, lo que provoca un déficit de ciertas funciones cognitivas, como la memoria, el lenguaje y el comportamiento.

La demencia afecta al 5-8% de la población mayor de 60 años, aumentando un 40% en las personas mayores de 90.1 La enfermedad de Alzheimer, la forma más común de demencia, es una enfermedad neurodegenerativa incurable. Las neuronas de ciertas partes del cerebro se destruyen, lo que provoca un déficit de ciertas funciones cognitivas, como la memoria, el lenguaje y el comportamiento.

Las lesiones típicas de Alzheimer empiezan a desarrollarse en el cerebro unos 10 o 20 años antes de que aparezcan los primeros síntomas (fase presintomática de la enfermedad). Y es en el momento en que la lesión neuronal evoluciona y la reserva cognitiva disminuye, cuando los síntomas empiezan a manifestarse. En las fases iniciales, la enfermedad solo provoca síntomas menores como confusión mental leve, dificultades a la hora de encontrar la palabra adecuada y de recordar acontecimientos recientes. Conforme avanza la enfermedad, se llega a una pérdida total de la autonomía del paciente: incapacidad para recordar y reconocer a las personas, los objetos, los lugares, etc. La destrucción de las neuronas del cerebro se debe a una acumulación anormal de distintos tipos de proteínas: el péptido amiloide y la proteína tau hiperfosforilada (unidad asociada al túbulo). A día de hoy todavía se desconocen las causas de la acumulación anormal de estas proteínas en el cerebro.

La enfermedad de Alzheimer se diagnostica, en primer lugar, a través de una exploración neurológica clínica, una valoración cognitiva y una imagen estructural y/o funcional del cerebro para identificar la atrofia cerebral y el hipometabolismo de las regiones del cerebro que suelen verse afectadas por la enfermedad. Este primer diagnóstico se puede respaldar con imágenes amiloides cerebrales o biomarcadores de fluidos, siendo ambas técnicas recientes que pueden ayudar a identificar los biomarcadores que representan los cambios subyacentes en el cerebro del paciente debido a la enfermedad.

 

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