Atins, el pueblo que desafía a los turistas

Lloran, gritan, abrazan a desconocidos, o impávidos solo atinan a observar. La euforia o el silencio los invade. Un extremo u otro, o ambos. El equilibrio pierde peso ante los ojos que levitan intentando absorber el paisaje para relacionarlo a alguna sensación familiar. Nadie se salva, la naturaleza no lo permite. Las emociones atraviesan al turista que llega al Parque Nacional Lençóis Maranhenses, y lo despierta ante el espectáculo. Un espectáculo poco orquestado, que no espera el aplauso del público que llega. Su espectáculo es ser, y allí reside su tesoro, el que se abre tan solo para unos pocos. Se abre para el que se desafía a abandonar el turismo del fácil alcance para conquistar otros. Para ello, el turista deberá dejar atrás algunas comodidades. 

Lo confortable terminará siendo un detalle imperceptible en comparación a sentirse lo más cerca que haya estado cualquiera del alma de la naturaleza. El turista se percatará del desafío que será el viaje en las primeras averiguaciones sobre cómo llegar, pero no debe dejarse intimidar. Para arribar al Parque Nacional, hay que dirigirse a Atins, el pueblo de 3 mil habitantes que tiene de patio trasero el atractivo de más de 150 mil hectáreas de dunas, con más de 70 mil lagunas de agua dulce. Para llegar a Atins hay que tomar diferentes transportes, aviones, taxis, lanchas, cuatriciclos o cuatro por cuatro. 

El medio dependerá de la época elegida, y de lo que permita el clima. Atins está ubicado en la costa noreste del estado brasileño de MaranhÆo, a 260 km de SÆo Luis, capital del estado marhanense. En SÆo Luis comienza el peregrinaje hacia el pueblo que alberga los Lençóis, una de las maravillas que guarda el visitado noroeste brasileño, aún desconocido incluso para muchos brasileños. 

Desde SÆo Luis se puede tomar un taxi compartido, o un bus hasta Barreirinhas, el municipio que abastece a los pueblos costeros. Antes se podía tardar hasta más de siete horas para llegar al epicentro de los “caiçara” (habitantes nativos de la costa), pero la llegada del turismo logró que el gobierno construyera una nueva ruta por la que ahora se tarda 3 horas aproximadamente. Una vez en Barreirinhas, entre los que corren pagando un alto costo por la lejanía (las góndolas de Barreirinhas tienen precio más altos que el supermercado más caro de Río de Janeiro), uno debe llegar hasta el puerto para tomar el próximo medio de transporte: la lancha, que puede ser privada o pública. Si no es época de lluvia, se puede también llegar por tierra, en cuatriciclo o cuatro por cuatro, atravesando las arenas de la ruta 135. 

Se llega en lancha o en ruta por arena.

En el estado maranhense de SÆo Luis las estaciones se dividen por seco o húmedo: de julio a diciembre es seco y de enero a julio es época de lluvia. La época estival es esencial para los Lençóis, de allí se alimentan las lagunas que se vuelven un caleidoscopio de tonos verdes y azules entre las dunas blancas. Si bien se considera la época de lluvia como temporada baja, cada vez más turistas eligen esta fecha porque bajan los precios y porque las lagunas están a tope. La opción de ir por vía marítima, permite que el reloj vaya calibrándose de a poco con el de Atins. 

Durante una hora navegando por el río Preguiças (perezoso), que con su nombre le advierte al visitante distraído que se adentrará a otra época, se llega finalmente a Atins; el pueblo al que hace tan solo seis años llegó la luz e internet hace uno. Y de la escandalosa Barreirinhas, se pasa al pueblo que lentamente se percató de su estratégica ubicación entre la arena, ríos, el océano y el Parque, y comenzó su transición de pueblo de pescadores a pulirse para el creciente turismo. Así, la lancha del pescador navega por las mismas aguas, pero con otros pasajeros. El nativo que se crió entre las dunas a las que corría para darse un chapuzón en las lagunas con sus amigos, hoy es guía de las arenas por las que se puede llegar a caminar hasta seis días. Un turismo exclusivo, de la mano de quienes recorrieron esas más de 150 mil hectáreas con la intrepidez de un niño. O también, por qué no, acompañado de algún “gringo”, que mediante sus paseos tienta al turista con la misma seducción a la que él cedió y por la que decidió quedarse a vivir allí.

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