Hay que parar la pelota de la improvisación

Pasó la vergonzosa Copa América de Brasil y muchos esperaban que todo volviese a foja cero. En un país plagado de opinólogos convertidos en técnicos triunfalistas, que inundan las pantallas y los medios de tácticas ganadoras, solo 23 jugadores y un cuerpo técnico se enfrentan a los principales desafíos mundiales cuando se ponen la camiseta de la Selección argentina.
Y en la historia solo dos lograron quedarse con el máximo trofeo de un Mundial, como fue en 1978 con César Luis Menotti, hoy parte de este proyecto afista, y Carlos Salvador Bilardo que la ganó en 1986.
Claro, que los dos fueron ratificados en sus cargos en España 1982 y en Italia 1990, respectivamente, para defender los títulos alcanzados cuatro años antes. No lo lograron.
Vale recordar que Argentina jugó 16 veces la Copa del Mundo, logró esos dos campeonatos y muchas desilusiones.
Y si bien es una de las selecciones más ganadoras, ya que ostenta 17 copas en los torneos organizados por la FIFA, hace 26 años que la maldición nos persigue y hasta nos deja en las puertas del olimpo, como ocurrió últimamente en el Mundial de Brasil 2014 o en las Copas Américas de Chile 2015 y la Centenaria jugada en Estados Unidos en 2016, para ilusionarnos con el dulce y terminar con una profunda amargura.
Pero, es maldición o una improvisación frente al fracaso.
Pasa en el deporte, en la política, en la economía o en cualquier aspecto de la vida. Si no hay proyectos serios y que se lleven a cabo a mediano o largo plazo, nada funciona, y seguiremos sintiéndonos los mejores y cayendo moralmente al abismo en cada competencia.
Hay que poner los pies sobre la tierra y afrontar el cambio y el proyecto, porque en nuestro país lo que sobra es potencial para triunfar en cualquier parte del universo. Si no, “sigamos participando”.

 

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