Wichis desesperados: el agua del pozo perforado no se puede beber

Fue honda la desesperanza en la comunidad Kilómetro 2 de Santa Victoria Este, en el departamento Rivadavia. El agua es la vida misma y a ellos los está matando por carencia o por contaminación. Nunca pueden beber con confianza. Jamás el líquido vital llena sus vasos como una bendición que refresca y sana. Mientras veían las obras que encaró Aguas del Norte, a través de la contratista Eco Suelo, sentían que el futuro era más amigable con ellos. Se sentían menos pobres y menos excluidos. Porque el agua siempre suma; el agua recategoriza la calidad de vida. Abrir un grifo y que el agua fluya, en algunos lugares de Salta como en el Kilómetro 2, por ejemplo, tiene forma de milagro. 

Pero esta vez, para los indios y criollos del Kilómetro 2, el milagro no se hizo. 

Del pozo perforado a 45 metros de profundidad, un tanto superficial para una región donde se perfora por debajo de los 180 metros, surgió agua contaminada no apta para el consumo humano. 

El cacique de esta comunidad wichi, Amancio Martínez, se quejó amargamente: “Pido a la ministra de Asuntos Indígenas, Edith Cruz, y al secretario de Recursos Hídricos, Oscar Deán, que intervengan ante el mal trabajo que hizo la empresa Eco Suelo, que perforó en nuestra comunidad un pozo y salió agua mala, no apta para consumo humano. Y ahora, ¿qué se supone que hacemos nosotros con nuestros niños, nuestras mujeres, nuestros ancianos; qué vamos a beber?”. 

Acotó: “Hicieron un pozo de solo 45 metros, y es una lástima porque el resultado perjudica a la escuela de la comunidad donde todos los días se prepara la comida para 90 alumnos. Esto nos obliga a restablecer caños de 3/4 que venían de Misión La Paz en forma precaria, atados con gomas y solo juntando de noche agua por goteo. Es muy triste vivir así y no tenemos esperanza”.

En su página digital, Aguas del Norte resalta que esta obra del Kilómetro 2 se enmarca en el proyecto de titularización y desarrollo productivo de la zona norte de los lotes 55 y 14, del departamento Rivadavia. “El mismo prevé la provisión de agua para los animales de las familias de los productores criollos en proceso de relocalización, cuya fuente de abastecimiento proviene de un pozo de 180 metros de profundidad con un caudal de explotación de 7 metros cúbicos por hora. La obra consiste en la construcción de una red presurizada de tuberías para abastecimiento de agua para consumo animal”, dicen. 

Carmen Rosa Montes muestra el daño que le dejó en los dientes el arsénico en el agua. 

Un montón de palabras técnicas que parecen importantes y de alto presupuesto, pero nada de eso se hizo palpable (ni bebible) en la práctica, todavía.

Tanto la empresa Aguas del Norte como la contratista Eco Suelo, están al tanto de la situación. La primera recomendó a los pobladores de Kilómetro 2 que no bebieran el agua; en tanto que la segunda fue hasta el lugar, tomó muestras del líquido para su análisis pero no dieron señales de lo que harán luego.

“Estoy seguro de que vamos a tener que tomar agua del río Pilcomayo con la consecuencia de producirnos muchas enfermedades. Pido a los legisladores que tienen la facultad de representar al pueblo y a los originarios, considerar esta situación extrema ya que el agua es imprescindible para el ser humano y nosotros no contamos con este elemento vital”, dijo el cacique Amancio.

Y Amancio no se equivoca. Se sabe por diferentes estudios y monitoreos que se realizaron en los últimos veinte años que muchos pozos del extremo noreste de la provincia tienen concentraciones de arsénico que superan hasta en 75 veces los valores máximos recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS). También está probado que las aguas del Pilcomayo siguen siendo receptoras de grandes volúmenes de metales pesados (plomo, cadmio, mercurio), desechados por cerca de 40 explotaciones mineras de Potosí.

Las medidas que se dispusieron tras los gigantescos derrames de barros tóxicos producidos en 1996, 2003 y 2014, moderaron las descargas, pero diques de cola que se construyeron hace una década agotaron sus ciclos de utilidad y el vertido de aguas ácidas mineras que contienen elevadas concentraciones de metales pesados sigue siendo incesante hacia el Pilcomayo.

Sin agua no hay esperanzas. 

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