Doma y espectáculo

Los tristes acontecimientos ocurridos en el Festival de Doma y Folklore de Jesús María hace unos pocos días muestran una deplorable actitud, en primer lugar, por la pérdida de una vida humana (no es la primera vez, lamentablemente) en un espectáculo o show de dudosa calidad y, en segundo lugar, por el maltrato al que son sometidos los animales.

Hay quienes argumentan que la doma es una tradición argentina y que su realización muestra precisamente el amor de los gauchos hacia los caballos. Nadie duda de esta afirmación. Pero, precisamente, los gauchos fueron y son maestros en el oficio de domar un potro. Quienes hayan leído la celebérrima novela "Don Segundo Sombra" (1926), de Ricardo Giraldes, considerada por muchos críticos como la culminación magistral del género gauchesco, habrán advertido que la doma de un animal, su domesticación para lograr integrarlo a una vida útil, es un arte. Recordemos al mismo don Segundo, resero y domador, que enseña al joven los secretos de la doma. Primero habrá que lograr que el animal conozca al jinete, luego habrá que sacarle las cosquillas y lograr poco a poco su confianza hasta finalmente montarlo, una, dos, tres, varias veces hasta que el caballo acepte su nueva condición. Esto lleva tiempo y un entorno adecuado. No es lo mismo domar a un potro en medio de la llanura o en un corral a plena luz del día y solamente acompañado por el silencio y el canto de las aves que hacerlo en un estadio repleto de luces, música, aplausos y un público bullicioso. El animal entra en pánico, el estrés lo desborda y llega en muchos casos a derrumbarlo; la faena campera se convierte en una tortura. El jinete también es víctima de ese estrés, una actividad inherente a su condición de campesino se torna espectáculo y, a veces, hay jinetes con poca experiencia que se atreven a lidiar con el caballo.

La doma como entretenimiento en las zonas rurales tiene otras características: siguen los preceptos de las costumbres del campo, la hora, el lugar, el tiempo.

No se llevan adelante en un contexto circense donde se privilegia la finalidad comercial.

Esta diferencia pareciera ser no advertida por muchos periodistas y comentaristas que sostienen la idea de la doma como tradición gaucha y justifican, de esta manera, el maltrato a los jinetes y a los animales convertidos en meros actores de un espectáculo.

Sin duda don Segundo Sombra, sombra ya como su nombre lo indica, sombra del género gaucho y sombra de un modo de ser argentino, tristemente perdido, hubiera renegado de tal espectáculo.

 

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