Norte salteño: Casi una década y nada cambió

Alexis, del kilómetro 5 (Tartagal), debería cumplir 6 años; Ubaldina Marlene (que llevaba el nombre de su mamá y de su abuela), de la comunidad Lapacho II, muy cerca de Alexis, 9 años y tendría que haber terminado el tercer grado. Julián Darío, de la comunidad El Quebrachal, de General Ballivián, tendría que andar por los 10 años y Santiago Natanael, de la comunidad Sachapera, de Tartagal, casi para cumplir los 11. Pero todos estos niños aborígenes fallecieron antes de cumplir los 18 meses de vida a consecuencia de la pobreza.

Transcurrida un poco más de una década de que se produjera la trágica seguidilla de muertes de niños aborígenes en el norte, nada ha cambiado. El común denominador de todas estas muertes, las de antes y las de ahora, es la falta de comida, de agua segura, de una vivienda. Pero más bien mueren por la falta de previsión y de políticas de Estado. Como hace una década, las aborígenes vuelven a ver el despliegue de funcionarios que conforman los diferentes equipos de trabajo para elaborar un diagnóstico y atender en forma urgente las necesidades de las poblaciones más vulnerables a fin de mejorar sus vidas. Hay que mirar el rostro de las mamás aborígenes cómo observan ese despliegue sin decir una palabra, pero con una desazón y una resignación que lo dicen todo. Ellas intuyen cómo terminarán estos meses de verano en el norte. Posiblemente igual que hace una década cuando Alexis, Ubaldina, Julián o Santiago nacieron... para morir al poco tiempo, sumidos en la más absoluta po breza.

 

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