La victoria de Luis Arce en las elecciones presidenciales bolivianas exige una lectura desprovista de los prejuicios ideológicos compartidos por izquierdas y derechas.

El punto central es el avance del "capitalismo andino" que tiene como principal actor a una pujante burguesía aymara, cuyo ascenso modificó la estructura social tradicional, aunque con consecuencias políticamente paradójicas, porque esa clase media emergente, pese a ser beneficiaria de las transformaciones operadas en los últimos años, enfrentó las ambiciones reeleccionistas de Evo Morales y por último apoyó la candidatura de su exministro de Economía, una figura a la que Alejandro Werner, director del Departamento del Hemisferio Occidental el FMI, calificó de "arquitecto del crecimiento económico de Bolivia".

En su libro "Hacer plata sin plata: el desborde de los comerciantes populares en Bolivia", Nico Tassi y Carmen Medeiros describieron la experiencia de Morales como un proceso de redistribución de riqueza que no implicó una confiscación de capitales, sino la irrupción de las comunidades indígenas en la economía de mercado, iniciado hace tres décadas con la progresiva migración del campo a las ciudades, pero que encontró su formulación política en el gobierno de Morales, con Arce desde el Ministerio de Economía, ayudado por el precio internacional de los commodities.

Desde la década del 80, en un movimiento demográfico que evoca lo que había empezado a suceder en Perú con la aparición de los "pueblos jóvenes" en la periferia de Lima, una primera generación de empresarios de origen campesino, que operaba al margen de los circuitos de la economía formal, empezó estableciendo pequeños comercios en las nuevas comunidades urbanas y se hizo cargo del transporte público y de otros servicios.

Al margen de la legalidad, estos nuevos empresarios instituyeron sus propias reglas de convivencia, basadas en las costumbres ancestrales de la cultura indígena, para garantizar el cumplimiento de los contratos, y se fueron ganando la confianza de los actores económicos ya establecidos. En ese sistema informal jugó un rol fundamental el microcrédito, que posibilitó la financiación de esos millares de microemprendimientos y su posterior desarrollo empresario.

La cultura aymara tiene una arraigada tradición comercial que en los últimos años aprovechó la "globalización de los pequeños" para constituir una nueva elite económica que disputa el poder con las clases tradicionales.

El paradigma de esta transformación es lo ocurrido en El Alto, una ciudad satélite situada en la periferia de La Paz, con una población cercana al millón de habitantes, erigida en un emporio de comercio minorista y sede de 5.000 empresas pequeñas y medianas, incluidas plantas procesadoras de hidrocarburos y de recursos minerales.

Si en Estados Unidos el prototipo de "self made man" es la persona que empezaba repartiendo el correo o como empleado de una tienda, o más recientemente con una "start up" tecnológica nacida en un garaje de Silicon Valley, en Bolivia el equivalente es la manta con que arrancaban sus ventas en el mercado de El Alto los emigrantes llegados a la ciudad. El precio de los alquileres de locales comerciales en ciertas zonas alteñas es similar al de las zonas más cotizadas de La Paz.

La globalización desde abajo

El dinamismo de la actividad comercial de El Alto está potenciado por la conexión que estos empresarios de origen aymara establecieron en China. En las agencias de turismo de La Paz se destacan las promociones para viajar al coloso asiático para asistir a las grandes ferias comerciales, como la de Guangzhou. En medio de un debate sobre la reforma educativa, un grupo de comerciantes indígenas propuso incorporar en las escuelas la enseñanza del chino mandarín.

El teleférico que une El Alto con La Paz, inaugurado en 2014, es una de las obras estrellas del gobierno de Morales. "Mi Teleférico", como fue bautizado, tornó sencillo un trayecto antes kafkiano. Sus tres líneas (roja, verde y amarilla, los colores de la bandera boliviana) unen El Alto con la elegante zona sur paceña, otrora exclusiva y blanca. Su puesta en marcha constituyó un acontecimiento disruptivo que modificó el paisaje social de la capital boliviana.

Las fotografías de familias alteñas sentadas en el piso del Megacenter (el shopping más grande de La Paz) generaron fuertes expresiones de repudio en las redes sociales. Ese cerrado rechazo a la intromisión indígena en los reductos tradicionalmente blancos fue retratado en la película "Zona Sur", de Juan Carlos Valdivia, que narra una versión local del "choque de civilizaciones" e ilustra sobre las dimensiones de esta verdadera revolución social.

Este ascenso de los sectores sociales otrora postergados alentó en El Alto un cambio cultural. La burguesía emergente empezó a modificar sus hábitos de consumo y a invertir en costosas residencias (algunas, verdaderos palacios), cuya construcción dio origen a la llamada "nueva arquitectura andina", en la que se destaca el protagonismo internacionalmente reconocido del arquitecto Freddy Mamani, inventor el "estilo cholet".

Correlativamente, hubo una mutación en la opinión pública. El analista Carlos Laruta explicó que “Evo es parte de la rebelión contra la pobreza del neoliberalismo, pero ya se acabó ese tiempo y ahora la gente va a valorar la sensatez”. Este giro se reflejó en el referéndum de 2017: la mayoría votó contra la posibilidad de que Morales compitiera por un cuarto mandato. 
En las paredes de El Alto alguien estampó una leyenda que graficaba la nueva situación “Gracias Evo, pero no”.

 Entre Morales y Arce 

 El fallo del Tribunal Constitucional que desconoció esa decisión popular y le habilitó una nueva candidatura incrementó el descontento, que se expresó en las elecciones de octubre de 2019, en las que Morales compitió con el ahora derrotado expresidente Carlos Mesa. Las denuncias de manipulación de los cómputos provocaron el estallido insurreccional que provocó la renuncia presidencial y la asunción de la titular del Senado, Jeanine Áñez.
 Pero el derrocamiento de Morales envalentonó a la oposición tradicional, que sintió llegada la hora de la restauración de la “Bolivia Blanca”. En cambio, el expresidente y el MAS hicieron una lectura correcta y convirtieron la necesidad en virtud: ante la inhabilitación de Morales, la nominación de Arce permitió volver a atraer a esa franja de la nueva clase media. El resultado fue que Arce, desde la oposición, obtuvo un porcentaje de votos mucho mayor al que Morales había cosechado desde el Gobierno un año atrás.
La etapa que se inicia tiene características muy distintas a las anteriores. Como producto de la pandemia, la economía boliviana atraviesa una honda recesión. Las perspectivas de reactivación están directamente vinculadas a dos factores. 
El primero es la capacidad exportadora del complejo agroindustrial de Santa Cruz de la Sierra, sector con que Arce va a tener que negociar los términos de un acuerdo. El segundo es la explotación de los yacimientos de litio, un proyecto en que están interesados China y también Estados Unidos. El reconocido pragmatismo del flamante mandatario torna fácil prever el rumbo de su gestión. La incógnita reside en su aptitud política para eludir el fantasma del “doble comando”
 
 * Vicepresidente del Instituto de Planeamiento Estratégico

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