Mujeres indígenas de Santa Victoria Este exponen sus artesanías en Berlín

En medio de resistencias de toda índole, mujeres wichí de Santa Victoria Este, en el noreste de Salta, se organizaron para mejorar la producción y venta de sus trabajos artesanales pero también para generar y disputar un lugar en el espacio del arte, esa actividad humana que no es solo para algunos.

La presentación en IFA, una galería de arte en el centro de Berlín de "La escucha y los vientos. Relatos e inscripciones del Gran Chaco" –que se mantendrá hasta el 24 de enero próximo– con una muestra de tejidos, cerámicas y voces que contó con la curaduría de la artista tucumana Andrea Fernández dan cuenta de un incipiente vínculo con otro espacio de la realidad.

"La directora de la galería IFA, Inka Gressel, nos abrió una puerta y pudimos llevar textiles de mujeres wichí, cerámicas de mujeres chané, videos del taller de memoria étnica de Tartagal sobre la lucha del pueblo toba y también archivos de la Radio La Voz Indígena", destacó Fernández durante una entrevista con Télam.

Si los indígenas producen o no arte, qué son las artesanías, por qué un antropólogo que visita los territorios tiene derecho o no a decidir qué es wichí o qué no lo es, formó parte del intercambio con la curadora, que vive en el tórrido Tartagal, actualmente centro de un extenso territorio en el que actualmente conviven ocho pueblos indígenas.

Andrea Fernández

¿Existe el arte indígena?

Andrea Fernández: Es un tema a investigar. Puedo decir que arte y artesanía no son conceptos presentes en las comunidades. Lo que para las comunidades son objetos utilitarios, desde la mirada occidental son artesanías u objetos etnográficos. Creo que sí se puede hablar de arte, sólo que hace falta un diálogo con quien lo produce. Sí hay manifestaciones estéticas que generan las comunidades y personas con el fin de producir belleza, goce estético. Las mujeres wichí tejen figuras geométricas que no son cualquier forma sino que son códigos que transmiten mensajes de generación en generación. Creo que ese sí es su arte.


¿Cómo surge la propuesta para que las mujeres wichí vendan mejor sus producciones?

 Empezamos con Thañi, que al inicio eran 30 mujeres y hoy son 150 pero son solo 150 entre cientos de mujeres que necesitan trabajar y vender sus trabajos. Propusimos que ellas vendan directamente sus trabajos. Vimos que los daban a sus maridos o a sus caciques para vender y ellos hacían lo que podían, a veces mejor, a veces peor. No era muy claro cómo se construía el valor, cómo se ponía el precio, cómo se hacía la rendición. Por pedido de las mujeres tratamos de poner orden. En los los talleres al inicio las preguntas eran ¿cuánto te lleva hacerlo?¿cuánto te gustaría que te paguen? y ellas, con vergüenza decían "a mí me gustaría 600", -¿y cuánto te tomó?, -"dos semanas" cuando cualquiera ganaba en ese momento 20 mil pesos en un mes. Pero no era sólo la plata sino que se respete su trabajo y ese saber.


¿Las jóvenes de las comunidades participan?

 Sí, claro, se interesan mucho. Hoy en día hay un grupo de mujeres de entre 20 y 35 años, chiquitas, muy jovencitas y muy inteligentes que aprenden muy rápido. Ellas lideran este proceso, tienen celular, WhatsApp y posibilidades de conectarse y actualmente ellas mismas gestionan sus ventas con compradoras sobre todo de Buenos Aires.

¿Cómo es el camino de valorización de cada trabajadora?

Tratamos que los trabajos de las y los indígenas circulen, que se sepa un poco más qué hacen y por qué y quién es el autor. Eso pasa con las "artesanías", llamémoslas así, que llegan a la ciudad pero no tienen nombre. Eso está ligado al arte popular que se supone es "anónimo".


¿Los talleres se hacen sólo con las mujeres del Pilcomayo (Santa Victoria Este y alrededores)?

El grupo Thañí son de comunidades de La Puntana, Curvita y Alto La Sierra, pero también trabajamos con mujeres de Tartagal y Mosconi aunque aún no hemos logrado que sean un grupo. Ahí el problema es que no hay monte, fue arrasado, entonces no tienen la materia prima: el cháguar, la fibra con la que trabajan. Además las comunidades están tan fragmentadas que ya no se puede hablar de comunidades sino de familias. La intervención de las ONG que van a validar las producciones. Vos imagínate que esas mujeres son parte de culturas vivas y dinámicas y hacen cosas diferentes que ya no se parecen a las que hacían las wichí de hace 100 años.

¿De qué estas hablando?

Tejen con lana, con plástico reciclado, crochet, les gusta y desarrollan técnicas nuevas. Copian diseños antiguos pero alteran lo que hacen y reciben influencias de Bolivia que está muy cerca. Buscan colores fosforecentes o aparecen personajes de la tele. De repente encontrás una yica tejida con un minion. Entonces vienen los de afuera con una cosa purista diciendo "no, esto ya no es wichi (esdrujulizan el gentilicio que es palabra aguda). Esto ya no es artesanía. No te voy a dar el carnet de artesana ni el sello de calidad".

¿Forman parte del proceso económico certificadores de autenticidad entonces?

Aparece de repente un antropólogo o antropóloga que viene a cer-ti-fi-car en una comunidad de Tartagal si esto es o no artesanía wichí. He sido testigo, no estoy inventando. Cualquiera puede hacer lo que quiera, es zona liberada. Pueden ir y decirle a la gente "esto no es artesanía wichí".

 

Los escenarios donde las mujeres producen artesanías

La vida de pueblos y comunidades indígenas en el noreste salteño cambió drásticamente en los últimos 30 años porque el espeso monte chaqueño con sus criaturas silvestres y espirituales desapareció arrasado por las topadoras de la soja.

Salvo las 400 mil hectáreas que Lahka Honhat (Nuestra Selva en el idioma de los wichí) peleó y ganó con un fallo favorable de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CorteIDH) en el noreste salteño economías como la caza y la recolección desaparecieron y las culturas que se desarrollaban en esos territorios están en peligro de extinción.

Pero ciudades como Tartagal y General Mosconi, prósperas hasta la privatización de YPF en los 90, en los últimos años se convirtieron en zonas de refugiados para familias y comunidades que fueron expulsadas de las tierras que ocuparon ancestralmente.

Es en ese contexto que, cuenta Andrea Fernández, "hay resistencias y procesos que se ven en los trabajos" que producen y pone como ejemplo a "una mujer que vive en los márgenes de Tartagal y Mosconi, sin agua, sin comida, sin un techo que la cubra, sin un árbol, que esa mujer decida seguir tejiendo me conmueve".

"Que agarre una bolsa de la basura y haga el hilo en la pierna como lo hacían sus ancestras. Es algo que tenemos que ver, hay una resistencia silenciosa que está presente. Desde ese lugar he querido meterme a trabajar por un lado desde la economía social viendo cómo vender esos trabajos con el apoyo de instituciones estatales", dijo.

Y también explicó "por otro lado haciendo que alguno de esos trabajos se presenten en salas de arte o salas de exposición de arte contemporáneo planteando un poco esto ¿se puede hablar de arte indígena? ¿pueden los indígenas pensarse como artistas?¿tienen derecho también o no pueden entrar a una sala de arte? Creo que es un lugar que podemos disputar y que no podemos esperar que surja de ellos porque no hay conciencia de esa exclusión. ¡son tantas exclusiones! por ahí nadie está pensando sobre esa exclusión".

Para la artista y curadora tucumana a los no indígenas les toca "aprender sus idiomas" y recordó que cuando llegó a Santa Victoria Este las mujeres le dijeron `sabemos hacer esto pero no sabemos ya qué hacer con esto, adónde va, si tiene sentido seguir haciéndolo y, si es que tiene un lugar´. Creo que es eso, darle un lugar".

 

Fuente: Télam

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