Beso chocolate, recuerdo imborrable en el Hyde Park de Chicago

Por Israel Cinman

Hyde Park es el barrio icono de la ciudad de los arquitectos, la contradictoria Chicago. 
El barrio está como alineado y balanceado entre negros y blancos, y por algo se dice que es el barrio más integrado de la ciudad más segregada del imperio. Aquí viven los negros millonarios que no quieren vivir en los barrios de los blancos millonarios.
Allí, los “chicagos boys” con sus lánguidas caras caminan pensando en números.
A escasos 5 minutos está el templo gótico de la universidad, que pregona la libertad económica para poder elegir entre ser pobres o más... pobres. Y también la casa de Sharon, que me resguardó de mi experiencia “homeless santiagueña” por estas praderas.
Desde aquí nos lanzamos con mi compañero, el eximio fotoperiodista y muy conocido en Salta, Daniel García, a explorar el lugar de la gran cita, donde dos negros se pusieron de novios.
La calle 53 se muestra tranquilamente ocupada por los peatones que en cada esquina se toman su tiempo para cruzar. Aquí todo está entreverado, negros y blancos juntos en un lugar desierto de monoblocks, sin pensiones baratas ni hoteles económicos.
Y allí, enfundado en mi personaje trabajado en meses, me encamino al restaurante donde (Barack) Obama suele ir por sus raciones de comida rápida: el Valois restaurant. Aquí hasta los ruidos de las metálicas sillas son silenciosos al correrlas.
Ingreso enfundado en mi camisa escocesa de invierno, con el gastado pantalón Adidas y la gorra de lana, a saciar el hambre en el lugar donde EL Presidente hace sus pasadas. Y yo, como presidente de Costa Pobre, salgo a ver qué pasa.
Un impecable letrero con letras de colores patrios, como es todo por aquí, nos invita a imitar lo que le gusta a ÉL.
Miro mientras nadie me mira, saco mi bandejita con tenedor y cuchillo. Un mozo mexicano, acertando mi argentinidad al palo pregunta por Messi, como si Lionel fuera mi amigo. Me intriga saber si vestido así es tan fácil reconocer quiénes somos o es una premonición de cómo quedaremos...
Ya sentados en las silenciosas sillas nos turnamos para ir a buscar la comida con Daniel, mientras cuidamos las máquinas fotográficas... las cuidamos en todo caso de nosotros mismos, nadie aquí parece ser más sospechoso que nosotros.
Seguimos observando cómo la gente sigue pidiendo lo que ÉL pide.
Toda una experiencia ser mendigo comiendo lo que ÉL come...
Los sabores son tan americanos que no sé si estoy comiendo una hamburguesa o su packaging.
Voy saliendo y “con la ñata contra el vidrio” doy mi último avistaje a Valois con su gente llena de sueños americanos. Hoy me pregunto... ¿Qué será de las emociones del mozo mexicano que defiende a Obama? ¿Qué será del menú “Obamesco” y que otro restaurante difundirá lo que almuerza Trump?
Aquí todo cambia al ritmo del marketing que de todo hace un souvenir.
Seguimos caminando por la vereda de la 53... En cada esquina un colega hace sonar las monedas en un vasito sobreviviente de Starbucks. Le pongo un dólar al otro colega negro de mi sindicato de homeless, y me mira como diciéndomeà “A vos te fue mejor hoy” .
Y pienso... ¿Cuál es la conexión entre socialización de la pobreza y la privatización de la riqueza ?
En la esquina, está el lugar de la mítica cita, donde helado de por medio ÉL le robó a su jefa el primer beso. Allí mismo sobre una piedra, una inmensa placa documenta el evento, donde los negros se besaron públicamente y sellaron un proyecto.
En este mismísimo lugar, estos negros hacían cosas de negros y se decían cosas de negros, con metáforas de negros, donde los sabores negros homenajean los colores negros.
Y ÉL dijo: - Le invité un helado, la besé y sabía a chocolate.
Una típica observación de un negro, como aquellos abuelos negros esclavos que inspiraron a otros negros a ser libres para degustar un helado... pero nunca ser helados.
Me acerco a la placa impecablemente negra como debía ser y hago cosa de negro, me fotografío, por mi amigo negro, enfundado en su ropa negra.
Mientras un silbato a nuestra espalda nos hace voltear y darnos cuenta que hicimos cosas de negros, estacionamos más de la cuenta.
Nos acercamos al policía negro que nos entrega una multa que no estaba en negro y hay que pagarla en blanco.
Ponemos una tarjeta de crédito para pagar la infracción, y no es una Black card, porque no somos tan blancos.
¡Chau, Obama y Michelle! Lo que les pasó, les pasó por negros. ¿Ahora serán los primeros negros desalojados para que un blanco archimillonario viva en una vivienda pública? Solo pasa en Estados Unidos.
¡Good bye, Obama! No sé si fuiste el más negro de los blancos o el más blanco de los negros, en un país donde las ambigüedades solo tienen un tiempo. 
¿Qué cosa de negros no te animás a hacer, pero te encantaría hacer?

 

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