Las elecciones de ayer, consideradas las más importantes para los Estados Unidos en 75 años desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, mostraron una enorme paridad de fuerzas entre proyectos y cosmovisiones antagónicas. Son también un síntoma de los tiempos que corren.
Lo que a las 2 de la mañana parecía una probable victoria de Donald Trump marcaba, una vez más, el fracaso de las encuestadoras.
La confrontación no es simplemente entre demócratas y republicanos; Joe Biden llegó a la candidatura casi por default, sostenido más por el rechazo a Trump que por su propia vocación de liderazgo.
El presidente, en cambio, se apoyó en la estructura republicana y en los hechos que produjo durante su gobierno, más bien que en una pertenencia política, que no siente.
Toda su heterodoxia antipolítica apuntó a recuperar el empleo y la economía norteamericana, con buenos logros antes de la pandemia; a reivindicar las tradiciones religiosas conservadoras, atacar a la prensa, ponerse en la otra vereda de las perspectiva de género y a romper (o por lo menos, sacudir) los compromisos con los organismos internacionales y con los aliados tradicionales.
Las dos cosmovisiones en conflicto podrían presentarse como el apoyo al liderazgo estadounidense en un mundo globalizado (Biden) y el profundo sentimiento antiglobalización (Trump). 
Sin conocerse las cifras definitivas, todo indicaba que, más allá de quien gane, el resultado es algo parecido a un empate.
Y un empate de alto voltaje, por el fervor puesto de manifiesto en el número de votantes. Pero esa concurrencia fue precedida por enormes tensiones que recién se despejarán por completo cuando se conozcan los resultados definitivos y cuando el perdedor no los impugne. Porque, ciertamente, el enfrentamiento es político, es económico y, especialmente, es moral. 
El conservadorismo visceral que manifiesta Trump contrasta con la mitad de los estadounidenses, especialmente, urbanos, que creen en los valores liberales tanto hacia el interior del país como en sus vínculos con el mundo, y que defienden los derechos de las mujeres, los homosexuales, los latinos y los afrodescendientes.
Del otro lado, los trabajadores y agricultores quienes sienten que la globalización destruye las tradiciones y que, a ellos, los empobreció.
Se trata de dos visiones culturales opuestas y dos maneras antagónicas de interpretar el significado de la excepcionalidad estadounidense.
La mirada supremacista es, en todo el mundo, un síntoma de la reacción profunda de algunos sectores poco afectos a descuidar la seguridad interior. 
Y es una mirada intolerante que alimenta otras intolerancias. Esa confrontación pareció derivar hacia una conflictividad poco previsible en el seno del país; a un clima de ruptura que los dos candidatos alimentaron en la campaña al adelantar denuncias de fraude.
Ese ambiente enrarecido volvió a dejar mal paradas a las encuestadoras de intención de votos y de opinión pública. La idea instalada de que Biden tenía casi asegurada la elección pudo originarse en intereses políticos, pero también en la incapacidad de percibir la profundidad de los sentimientos de la gente. Los sondeos en boca de urna mostraron, bien temprano, que la percepción de bonanza económica y laboral pesaba más que la desolación de la pandemia y la pésima gestión sanitaria de Trump. Lo que uno quiere o lo que considera mejor, no necesariamente es lo que piensan los votantes. Los encuestadores, a veces, lo olvidan.
En el escenario mundial, Estados Unidos sigue siendo la mayor potencia militar. Ninguna otra está en condiciones de desafiarla. China, en cambio, crece económicamente en proporciones geométricas y amenaza con imponerse en la “guerra” tecnológica. Allí es donde Trump ofreció una batalla en la que no le fue mal. 
Ese conflicto podría derivar favorablemente para América Latina, en una migración de inversiones norteamericanas en China hacia otros países de la región occidental. Incluido el nuestro. 
Ni China ni Rusia están en condiciones de erigirse en superpotencias, aunque son capaces de ejercer poder regional. Una y otra, por razones culturales, tienen más vocación de poder que de liderazgo.
Pero ambas incursionan en América Latina, donde pueden asegurarse productos primarios. Por eso la designación de Mauricio Claver Carone en el Banco Interamericano de Desarrollo, rechazada por Argentina pero aprobada por amplia mayoría de países, puede ser la clave de una diplomacia de inversiones en obras públicas imaginada por Trump.
Sus estrategas, sin embargo, anticipan que no les molestarían inversiones chinas que favorecieran la compra de tecnología norteamericana por parte de los empresarios latinoamericanos. América Latina no es demasiado importante para Washington, al menos, desde 1992 hasta la fecha, con demócratas ni con republicanos.
Cualquiera sea el ganador, es cada vez más nítido que transitamos un nuevo siglo en un mundo que cambió y sigue cambiando.

 

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