Anatomía de la perversión igualitaria

Si analizamos de dónde vinimos y hasta dónde hemos llegado; si miramos al hombre de las cavernas y lo vemos erguirse, cultivar la tierra, construir su casa, descubrir el mundo, inventar la rueda, la luz, las vacunas, los barcos, los aviones y la inteligencia artificial, estaremos viendo que el progreso y el buen vivir es el fruto de la tendencia natural de los seres humanos a buscar el éxito y evitar los fracasos, de la facultad mental de aprender y almacenar conocimientos.

Me pregunto por qué regímenes como los que se inspiraron en el marxismo, tan contrarios a la naturaleza y a la mente humana, encuentran todavía seguidores en pleno siglo XXI.

El hecho es que la búsqueda del éxito, de los aciertos y de las certezas está inscripta en la naturaleza humana desde sus orígenes, como estrategias innatas que garantizan nuestra supervivencia y evolución como especie. El almacenamiento de estos datos constituye una suerte de registro que ha transformado al hombre primitivo en el individuo contemporáneo y sobre todo, gracias al aprendizaje y acumulación de conocimientos, ha conseguido, nada menos, la perpetuación de la especie humana durante cientos de miles de años.

El sistema de la libertad

La democracia representativa y plural es uno de los mayores aciertos que se haya podido diseñar para organizar la convivencia de las sociedades. Es, sin duda, un sistema perfectible, y aún así, la democracia es el campo más fértil para trabajar, aprender, vivir y criar a los hijos; pues allí donde hay democracia hay libertad y garantías, acceso a la salud y a la educación, libertad de expresión y de credos. Las democracias promueven la participación ciudadana, la creación de partidos políticos, el intercambio comercial, induce al ejercicio de los deberes y derechos tanto individuales como colectivos, porque la democracia está pensada para elevar a las personas a la dignidad de ciudadanos y a los pueblos a la dignidad de naciones.

Así lo expresaba Shimon Peres, premio Nobel de la Paz, en la Knéset, en el parlamento de Israel. "La democracia implica una división, una colección de desacuerdos. No es un lugar de gente similar sino de gente diferente. Su principio no es la igualdad sino la igualdad de derechos para que cada quién sea diferente y, no obstante las diferencias y los puntos de vista variados, sea posible vivir juntos y sin violencia. La democracia es la historia de la pluralidad y la tolerancia, no la de la victoria y la imposición. Por ello no hay victorias en la democracia, hay paz y la paz es la verdadera victoria de la política de los pueblos"

Sin embargo, la democracia, con todo su verdor, es como el césped que no debemos pisar ni dejar que en su terreno crezca el árbol del totalitarismo comunista, porque allí donde el régimen totalitario hace sombra, no vuelven a brotar las semillas de la libertad.

Donde no hay libertad, no hay ni deseo ni propiedad; sin libertad no existe el júbilo que producen los éxitos y las ganancias personales, porque el comunismo, en su afán de igualarlo todo, termina anulando la singularidad que habita en cada ser humano.

La topadora del capital humano

En nombre de la igualdad, la topadora de la burocracia marxista aplasta las competencias físicas, intelectuales y espirituales de las personas. El resultado es una profunda depresión de las habilidades en general y por ende, del capital humano, que es el motor productivo y el mayor bien para el engrandecimiento de un país.

Todos sabemos que el éxito de una sociedad depende de la calidad humana, de la capacidad de trabajo, de las virtudes cívicas y de la aptitud individual para convivir en sociedad. Pero el comunismo lo hace exactamente al revés, contra toda esperanza de evolución y ascenso, creen que es mejor nivelar para abajo. Entonces las personas ceden al gobierno su rol de participación, dejan de ser protagonistas y se convierten en espectadores de una existencia prevista por la omnisapiencia del régimen.

Esta deprimente derrota del sujeto, hace que en el psiquismo se instale con fuerza un pensamiento autómata: no habiendo nada que ganar, tampoco hay nada que perder, nada que pagar, ni cuidar, ni crear, ni producir, porque todo lo devoran las fauces gigantescas del sistema. ¿Qué más hay que perder? Todo da igual porque todo es igual. ¿De qué sirve aprender a sumar si el resultado siempre será cero? ¿Para qué? Si el régimen y la escolástica totalitaria ya han determinado que la suma de todas las cosas siempre y para siempre será cero. Esa es la pesadilla igualitaria, la ideología monocromática y autista que salió del encierro nada más que para recoger un solo fruto de la civilización: el lenguaje, y lo utiliza para deformar la cultura, para negar la evolución humana, para opacar el brillo de los otros, para demonizar las posesiones materiales, para desnaturalizar el desarrollo de la mente, para renegar los beneficios de la paz y del orden mundial que tantos siglos y tantas vidas nos ha costado y nos cuesta aún mantener.

Y para ello el recurso ha sido el autoritarismo, la violencia y la crueldad, responsables de millones de muertos en el mundo sin contar las vidas que se han apagado, las familias y amigos separados por un estado policial que premia a los soplones y castiga a los desleales.

"Alguien debió de haber calumniado a Josef K., porque sin haber hecho nada malo, una mañana fue detenido", es el famoso comienzo de "El Proceso", una pesadilla kafkiana.

La castración

"Yo Fidel, castro, tú castras, él castra..."

Ser fiel a la castración significa transformar árboles en bonsai.

Donde entra el miedo, la alegría se escapa. La alegría es un estado del alma incompatible con el terror, con la mentira necesaria para sobrevivir, con los desposeídos de la libertad o con la vigilancia del Estado en las vidas privadas. El júbilo de la existencia huye de los dogmas cerrados que no admiten ninguna otra versión que su propia perversión. Y es allí, en ese desierto de oportunidades donde la creatividad y la energía se pulverizan bajo el peso de la aplanadora comunista.

Una vez que la máquina empareja los recursos materiales, los naturales, incluso los recursos individuales; cuando todas las verdades, el conocimiento y la realidad se simplifican para el mal llamado bien común, ¡Aleluya, ya no hay plurales! festeja el dictador - hay una verdad y es una sola: la verdad oficial.

Vaciado de los puntos de referencias, pero lleno de miedo a perder lo poco que tiene, al individuo no le queda otra opción que pertenecer a ése gran todo llamado régimen. Nada más puede esperarse del borramiento de las singularidades y de la despersonalización en masa que los líderes comunistas celebran con champagne.

Tantas décadas de comunismo han producido un daño antropológico, comentaba Hilda Molina, médica cubana exiliada en Argentina. El daño psicológico no se nota a simple vista como se ve una mutilación en el cuerpo, pero es irreparable e incapacita tanto o más que el físico.

Daño psicológico

Los múltiples beneficios de un desarrollo cognitivo en condiciones normales le permiten a un individuo adaptarse a nuevas circunstancias y reorganizar sus relaciones con el mundo. Pero las condiciones anormales en el desarrollo humano tales como los traumas de alto impacto emocional, las guerras o los regímenes totalitarios, no esperan adaptaciones sino que imponen violentamente la sumisión inmediata.

Para que tengamos una idea más concreta del daño y de las amputaciones que generan, nombraré sólo algunas de las facultades mentales que poseen los individuos que se desarrollan en sociedades libres: la capacidad de adaptación, de neutralizar ansiedades, de restablecer el equilibrio psíquico, de autonomía, capacidad para distinguir el bien del mal, adecuado uso de mecanismos de defensa, capacidad de análisis, de anticipación a situaciones favorables o desfavorables, previsión, prevención, transformación del entorno, solución de conflictos, creación de proyectos y nuevos experimentos, auto evaluación de competencias, auto examen del desarrollo evolutivo propio y del entorno social, adhesión a ciertos principios y valores, autolimitación y respeto al otro, capacidad de asociarse con otras personas según los credos, ideologías, intereses económicos o comunales y facultad para proyectar a largo plazo.

Un colega que defiende el régimen comunista, pero prefiere vivir en Argentina, comentaba con gestos victoriosos que muchos cubanos han salido del país gracias a la hazaña del nuevo gobierno de otorgarles dicha libertad, y remarcaba que el retorno de muchos de ellos da cuenta de las bondades de décadas de marxismo. El soliloquio no admitía ninguna otra reflexión que no estuviese fundada en los beneficios que provee el cautiverio y de la bondad de un gobierno comparable a la parábola del Hijo pródigo.

Los testimonios dicen otra cosa -en voz baja, como siempre- y explican las dificultades para adaptarse a nuevas realidades, al miedo, a la falta de ejercicio de la libertad, a la sensación de desamparo fuera de los barrotes del régimen, y al retorno, no porque en Cuba se vive mejor, sino por no saben cómo vivir fuera de Cuba.

En una conferencia pronunciada en Madrid, dentro del ciclo “La revolución de la libertad”, Carlos Alberto Montaner expresaba que “la comparación de los resultados no ha podido ser más humillante para el sistema comunista. Alemania Occidental, Austria, Corea del Sur, las Chinas capitalistas se desarrollaron mucho más eficaz y humanamente, desplazándose hacia formas de convivencia cada vez más democráticas y respetuosas de los derechos civiles, como sucediera en Taiwán y en Corea del Sur, convirtiéndose en un poderoso polo de atracción para quienes tuvieron la desgracia de quedar al otro lado de los barrotes. La mayor parte de los prisioneros norcoreanos cautivos en Corea del Sur, terminada la guerra en 1953, imploraron no ser devueltos al país del que provenían. Cuba, tras ser un importante refugio de inmigrantes a lo largo del siglo XX, a partir de la revolución se convirtió en un pertinaz exportador de balseros y emigrantes”.

El comunismo fracasa porque va contra la naturaleza humana, contra el hecho incuestionable de que cada ser humano es único e irrepetible, libre, responsable de su propia existencia, con derecho a la felicidad y a obtener sus propios bienes.

Pero fracasar no es el problema, el peor error es seguir insistiendo en la implementación de lo que se ha comprobado repetidamente como fracaso.

Aunque no todos lo quieran ver.

¿Qué te pareció esta noticia?

Últimas Noticias

Últimas Noticias de opiniones

Sección Editorial

Comentá esta noticia

Importante ahora

cargando...