El drama deIndoamérica

La patria profunda es Indoamérica, decía el estadista peruano Víctor Raúl Haya de la Torre. Esta denominación revela nuestros orígenes y muestra un continente rico y nada monótono por su diversidad cultural pero, al mismo tiempo, exhibe a miles de seres humanos aquejados de subalternidades, marginados, excluidos.

Las necesidades de esta gente no provocan demasiadas tensiones ni conflictos por su extrema marginalidad geográfica con el consiguiente aislamiento multifactorial; su baja o nula capacidad sociopolítica de reivindicar derechos no contraría ni perturba el status de la dirigencia política.

La categoría "indio" surge en América con el orden colonial; antes no había indios, sino pueblos diversos con identidades propias para cada uno de ellos. Indio es el colonizado, el sojuzgado, el diferente, el inferior, la barbarie a la que hay que civilizar y evangelizar para justificar su dominación; todo esto va más allá de las diferencias o de las particularidades étnicas.

Estas personas, que no pudieron alcanzar su condición de ciudadanía, suelen ser víctimas todo el tiempo; sobreviven en ambientes distantes y ocultos, se degradan, mueren prematuramente, no tienen futuro, reproducen la misma pobreza compleja y estructural generación tras generación.

La desigualdad aparece como una razón central de la pobreza en un contexto de nivel alto de injusticia histórica, con tremendas polarizaciones sociales y un vacío ético muy importante. Viven en condiciones inhumanas, agravadas por las omisiones y el autismo de las autoridades de los estados provinciales y nacional que, en general, no les proporcionan asistencia humanitaria y sociosanitaria en la medida de sus necesidades reales y sentidas. Los ranchos de barro y ramas donde habitan son en extremo precarios; allí anidan las vinchucas. Pasan días sin ingerir alimentos; carecen de agua potable. La mayoría padece la enfermedad de Chagas-Mazza, tuberculosis, leishmaniosis, tienen altos grados de desnutrición crónica y mueren por inanición, deshidratación, epidemias, hacinamiento, broncopatías y neumonía.

A los aborígenes, los planes sociales no les alcanzan. Son discriminados. Sus casas no tienen baño, cocina ni tanque de agua y son de un solo ambiente, sin canillas, ni techo en la galería. No importa cuántos sean los integrantes de la familia, todos tienen un solo cuarto para dormir, cocinar, comer, estudiar y todos tienen que hacer sus necesidades al aire libre. No hay ducha, cocina o lavatorio. Las casas son denominadas técnicamente "módulos habitacionales".

En muchas comunidades originarias la asistencia del Estado no alcanza para cubrir las necesidades básicas de miles de personas que tienen el subsidio, cuando los tienen, como único ingreso. No hay políticas que generen empleo en la zona ni medidas para contener a la juventud, que encuentra dificultades para terminar la escuela, para conseguir trabajo y para continuar su formación después del secundario.

Las acciones sociosanitarias concretas son pocas y aisladas; hay una larga lista de necesidades que todavía no tienen solución y que siguen siendo las mismas que tenían los abuelos aborígenes que llevaron por primera vez sus reclamos hace años.

El bajo peso y la deshidratación combinadas resultan una asociación mortal en las zonas que habitan los pueblos originarios, donde muchas madres deben caminar kilómetros para llegar al puesto sanitario más cercano, bajo un sol impiadoso.

Aún hoy, muchos de los actuales pobladores originarios viven con la herencia de la cosmovisión prehispánica; sus antiguas creencias forman parte de su mundo cotidiano. El enfoque de sus vidas está rodeado de connotaciones mágico- religiosas y de conocimientos empíricos trasmitidos oralmente desde hace siglos.

La conservación de los rasgos más típicos de estas personas es consecuencia del aislamiento geográfico y cultural en el que se encuentran muchos de ellos y por su escasa aceptación de los valores de la cultura tradicional occidental.

Para ellos la salud es el resultado de la armonía entre el hombre y Dios (nuestro Dios) y también entre el hombre y las divinidades y el hombre con su medio. Las religiones autóctonas supieron adaptarse bajo un barniz de catolicismo. El pensamiento mágico animista subsiste todavía y siguen tratando sus dolencias con una combinación de tratamientos físicos con terapias mágicas.

Los pueblos originarios, indígenas o aborígenes y los criollos son la patria pobre, atrasada, oculta, excluida. Para ellos, vivir es un drama. La población indígena sigue en una situación de exterminio silencioso, progresivo, sistemático e inexorable.

 

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