Mi hermano wichi...

El Chaco salteño es esa inmensa, interminable llanura que décadas atrás fuera un monte casi virgen, poco menos que inaccesible y donde reinaba la naturaleza en todo su esplendor. Allí mismo, cuando mi hermano wichi que lo habitaba miraba al cielo, veía volar una charata o una paloma; y si miraba al suelo, muy por cerca de sus pies pasaba una corzuela, un quirquincho, un robusto chancho del monte que atravesaba esos caminitos para perderse en la espesura misma.

Mi hermano no pedía mucho, era feliz con solo tener buena comida para él y para sus hijos y para su felicidad total muy cerca de él serpenteaba el Pilcomayo; era tan largo que nunca supo dónde comenzaba y dónde terminaba. Solo sabía que con acercarse y sacar un sábalo -un hábito que le llevaba unos cuantos minutos y que aprendió de su padre- ya tenía la comida asegurada. Durante el verano se quedaba con su familia cerca del río que le daba a él y a todos los suyos el alivio que necesitaban durante el impiadoso verano y todos jugaban horas y horas en ese río que mantenía casi el mismo color que su piel curtida por el sol. En la orilla misma, unas cuantas champitas servían para hacer el fuego y cocinar y saborear ese pescado que alcanzaba para todos. 

¿Y la miel que le robaba a las abejas? Sus changuitos, su mujer embarazada habrían de hacerse un gran festín porque encontrar esos paneles que rebalsaban de miel cristalina era sencillo y sabía hacerlo desde chiquito, como son ahora sus hijos. Se sentaba cerca de los charcos que la lluvia dejaba y esperaba paciente. En el monte el tiempo pasaba lento y apacible, como esa forma pausada que él tiene de hablar, con esa quietud que hasta en su mirar denota su origen. En algún momento de la tarde, las abejas sedientas se acercaban a los charcos a beber y solo era cuestión de seguirlas primero con la mirada, después a paso lento hasta descubrir en cuál árbol estaba ese panal.

Pescadores wichis con sus redes tijera.

Mi hermano wichi levantaba la cabeza y sonreía satisfecho porque había encontrado más alimentos para sus pequeños y para su mujer, a la que cuidaba porque en su vientre albergaba a quien perpetuaría su raza. Esa raza que ocupa la tierra ardiente que llamaron el Chaco salteño. Él nunca se preguntó por qué está ahí... solo sabe que sus abuelos y sus bisabuelos murieron ancianos y que su padre y su madre -y que él mismo- morirán ahí mismo porque ese es su mundo. 

El panal está en un viejo algarrobo rodeado de otros cientos de algarrobos y mistoles, árboles a los que ha visto en ese mismo lugar desde que tiene uso de razón. Ya que está cerca, además de la miel, llena su bolsa hecha de fibras de chaguar, de frutos de los dos árboles que también serán parte de la comida para toda su familia. 

No hacía falta nada más; ni casa porque para vivir, en el verano adiente juntaba ramas de alcocha debajo de las cuales se iban a guarecer cuando caigan las intensas lluvias; después de unos días seguiría caminando hacia otro lugar donde habría de encontrar más palomas, más miel, más sábalos.

Pero algo muy malo le sucedió a mi hermano wichi y fue la llegada del criollo. Primero fueron muy pocos que aprendieron de su sapiencia y a quienes les enseñó los secretos insondables de su madre tierra. Pero después vinieron más criollos y otros más blancos todavía con hachas y con sierras y después con topadoras y le destruyeron su monte, contaminaron su río, acabaron con su comida y la comida de sus hijos.

Hoy mi hermano mira al cielo y ya no para encontrar -como había hecho su abuelo- algún ave para cazar y alimentarse; mira y ve un helicóptero que se lleva de urgencia a su hijo pequeño muerto de hambre y con él a la madre de sus hijos porque no pueden quedarse solos. Y el criollo lo culpa al wichi y le dice que es un vago, que no trabaja, que no hace nada, por eso sus hijos y ese hijo que su mujer lleva en el vientre también se puede morir porque ella come muy poco todo por culpa de él, de mi hermano wichi... 

Mujeres aborígenes del Chaco salteño.

Después que el helicóptero despega levantando un polvareda de ese desierto en que se transformó gran parte del monte que conoció, toma al mayor de sus hijos de la mano mientras otros tres más chiquitos corren por detrás y vuelve con su andar cansino a su wete, a esperar a que regresen su mujer y el más chiquito. Se quedará con sus otros hijos, tendrá que buscar quien lo lleve hasta la Municipalidad de Santa Victoria y si lo consigue, capaz que ahí o en un centro de salud le den un bolso con algunos paquetes de comida. Arroz, fideo, unas latas de picadillo, un paquete de leche barata.

El agente sanitario que habla su idioma le indica que se lave las manos, que haga hervir eso que viene dentro de los paquetes y que le dé a sus hijos. Se queda viéndolo y luego desvía la mirada buscando a sus changuitos que como él, no comen desde ayer cuando se metieron a la boca el último pedazo de pan endurecido que le quedaba en la bolsa hecha de hebras de chaguar y que cuelga de su espalda.

Mi hermano wichi volverá al monte a hacer lo único que por costumbre, tradición, cultura y cosmovisión sabe hacer: cazar, pescar, recolectar. Pero nunca más tendrá la misma suerte que tuvieron otros de sus hermanos que vivieron antes que él porque ya no hay árboles, el Pilcomayo tiene pocos peces porque muchos redeadores lo dejan vacío para ir a vender a los pueblos; porque los animales que eran su alimento diario no existen más (aunque como el indio y sus hijos eran parte del mismo ambiente). 
Siente esa angustia, esa pena que no puede expresar con palabras... En el fondo lo que siente es que así como el monte y todo lo que lo conformaba se ha extinguido, él y la gente que ama tienen como destino la extinción y la tragedia. 

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