El imperio de la decadencia

Las ciudades despiertan de la cuarentena como después de una guerra, con demasiados caídos, donde la necrológica se expresa en "se vende o se alquila", y en esos locales abandonados se juntan colchones y frazadas que cobijan a quienes hace tiempo arrastran las crisis. Una nueva etapa de concentración de la riqueza desnuda la debilidad de los restos de la clase media sobreviviente. Todo lo rentable fue quedando en manos de los grandes capitales, desde los almacenes a los quioscos, desde los bares a las farmacias; sobreviven verdulerías y carnicerías, liberadas todavía del imperialismo de "las cadenas y los royalties", algunos otros comercios de barrio y los mercados chinos como testimonio del tesón de una cultura más esforzada que la nuestra.

En esta realidad, es difícil asumir quiénes son más decadentes, si los desesperados por ver presa a la Vicepresidenta -no terminan de asumir su derrota- o los provocadores que liberan presos con absurdas teorías de derechos que ignoran. Dos variantes de la provocación en una sociedad que necesita serenidad para transitar el día a día del confinamiento y pensar el futuro. Los grupos de poder se alternan, la pobreza cambia su gradiente de crecimiento sin que ninguno logre modificar la caída.

Hubo un tiempo en que la política actuaba más independiente del poder económico. Luego vino esta cruel modernidad donde ambos mundos, el Estado y los negocios, terminaron hibridándose y, en rigor de verdad, las dos opciones electorales solo se diferencian por expresar distintos sectores de intereses. Las ideas y la misma política, como saber y como oficio, fueron perdiendo su lugar, dejando la prioridad de lo colectivo para depender de las urgencias de intereses privados.

Nada define tanto esta realidad como el hecho de que se puede hablar de todo mientras no se toquen intereses, mientras no se cuestione la distribución de la riqueza. Hay políticos intocables, pero también empresarios, los que apoyan con sus avisos todos los programas y quedan al margen de la crítica porque la libertad de prensa termina donde comienza el espacio del avisador. La ley de medios soñaba con un solo dueño, el Gobierno, triste expresión del complejo de inferioridad, cuando en realidad al Gobierno no le faltaban micrófonos sino ideas, y eso no hay ley ni decreto que lo subsane. El gobierno de Macri pidió prestados millones de dólares que no se pueden encontrar en una obra, una carretera, hospitales, escuelas, industrias; subieron tarifas, amontonaron ganancias y luego pidieron prestado para poder convertir esas fortunas en moneda aceptable en los países donde sueñan ser ciudadanos.

¿Es necesario recordar que la política necesita de personas que pongan el interés y el rumbo colectivo por encima de sus codicias personales? Ese hecho diferencia el destino de las naciones: hace tiempo que no aparecen dirigentes con esas características en nuestro país. La pandemia nos convocó a trabajar juntos, más allá de los resentimientos de ambos bandos. ­Qué lábiles son las relaciones en la decadencia!

No se trata de populismo contra neoliberalismo ni de Estado contra privado. Lo que falta es coherencia al servicio de los objetivos comunes, algo que está mucho antes de los pretendidos debates ideológicos. (Infobae)

 

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