El enemigo de mi enemigo es mi amigo

Como es de público conocimiento, la Argentina está entre los países del mundo que más presiona fiscalmente al campo y más desalienta las exportaciones, lo cual resulta paradójico ya que hay pocos sectores tan productivos y capaces de generar divisas como el agro. El conflicto entre el campo “vis á vis” el Gobierno no es nuevo bajo el sol. Y tampoco lo es la deuda externa y la imposibilidad de pagarla en los términos exigidos, tal como indica el ministro de Economía Martín Guzmán, quien junto al actual mandatario, Alberto Fernández, incitó a los acreedores a considerar un plan de reestructuración a fin de evitar un default. Es por ello que, en este contexto de inestabilidad e incertidumbre, agudizado por la actual crisis desatada por el COVID-19, la Argentina necesita más que nunca un campo en marcha, algo que en primera instancia parece un objetivo difícil de lograr dadas las altas retenciones que azotan a los productores. 


Ahora bien, dado que el país en su conjunto enfrenta una amenaza común, es decir, un probable default y una crisis económico - social a causa del COVID-19, ¿no sería razonable una reconciliación entre los sectores en disputa? Dada la situación fiscal deficitaria, el desbalance comercial y la escasez de dólares que nuestro país tanto necesita, ¿no sería razonable incentivar la exportación, sobre todo del sector agroganadero, en vez de ahogarlo con presiones impositivas que desincentivan la producción? Albert Einstein, reconocido físico y matemático del siglo XIX, decía que las crisis son oportunidades de cambios: son necesarios para que la humanidad avance pues solo en momentos semejantes surgen las grandes ideas. Sin embargo, la línea que genera más bien el resultado contrario es muy delgada, ya que las crisis, así como pueden ser un factor de impulso, también lo pueden ser de estancamiento, y es tiempo de que los argentinos decidan de qué lado de la misma desean estar. El desafío no es fácil, y los obstáculos no son menores, pero existen razones para pensar que hoy es el momento de dejar a un lado las discrepancias y potenciales conflictos, el momento de que actores y sectores antagónicos se reconcilien a fin de combatir un enemigo común. 
Históricamente, la lógica del proverbio “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” ha funcionado en contextos adversos y conflictivos. Así lo demuestra la exitosa alianza entre el entonces presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt y el líder comunista Joseph Stalin en 1941, quienes a pesar de sus diferencias sustanciales, lograron conformar la Gran Alianza y combatir exitosamente a lo que en medio de la Segunda Guerra era una amenaza para ambos: la Alemania de Hitler. Más allá de los datos empíricos, cabe preguntarse si dicha lógica podría asimismo funcionar ahora: ¿podrían campo y Gobierno dejar a un lado las diferencias y actuar conjuntamente a fin de impulsar el crecimiento que Argentina tanto necesita? Hoy las circunstancias han cambiado, los condicionantes externos e internos que marcan el camino posible para la Argentina poco tienen que ver con el pasado y con las crisis enfrentadas durante la década anterior, y de la misma manera, poco tienen que ver con las eventuales soluciones. 
Hoy, imponer una alta tasa de extracción a la agricultura y ganadería de exportación así como una mayor intervención estatal en el sector más dinámico e internacionalmente competitivo de la economía argentina no solo agudizará la recesión y el estancamiento sino que bien podría, en su caso más extremo, ser una de las causas del default y del fantasma de la hiperinflación. 
En contextos de crisis, quien no cambia, no innova, y quien no innova, se estanca. Por eso hoy, en tiempos de una pandemia que sumerge al mundo entero a la más profunda incertidumbre y desesperación, en tiempos donde no existe ninguna garantía de que las recetas ortodoxas funcionen como probablemente lo harían en condiciones normales, en tiempos donde todos enfrentamos una amenaza común, donde todo es distinto a lo que solíamos conocer, es el momento de cambiar, de utilizar la crisis como un impulso, de pensar nuevas estrategias y trabajar conjuntamente. Muchos economistas y analistas comparan la crisis actual con la Gran Depresión de los años treinta, pero no solo deberíamos recordar sus efectos sino la manera en que los países capaces de innovar lograron responder, solucionar y sortear exitosamente los efectos de dicha crisis. Después de todo, ¿no fue en países como Suecia, Estados Unidos o Alemania la formación de una coalición novedosa entre los diferentes sectores y un gran acuerdo nacional lo que proporcionó la salida al gran Crash de 1929? 
La historia nos cuenta cómo en momentos difíciles los países capaces de mirar más allá pudieron resolver los conflictos que en aquel entonces flagelaron a millones de personas y redujeron al mínimo sus economías. La historia nos muestra cómo todo ello fue posible en el pasado y nos recuerda, al menos en parte, cómo deberíamos actuar ahora. 
 

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