Una tarea escolar que se propaga en las redes sociales

El siguiente texto es resultado de un trabajo pedagógico realizado con estudiantes de Salta, de una carrera universitaria, que se desarrolló en varias jornadas virtuales durante mayo último. La consigna fue la redacción de una carta abierta a los docentes. El dispositivo pedagógico se transformó en un poderoso llamado a la atención para todos aquellos que están a cargo de la enseñanza virtual en los tiempos del coronavirus. Se eligió un trabajo que representa a todos y todas las compañeras para compartirlo con la comunidad educativa universitaria.


Carta abierta de una alumna universitaria a sus docentes

Mi nombre es Pamela. Soy estudiante de un segundo año, de una carrera universitaria y a causa de esta pandemia, que nos afecta a todos, tuve que adaptarme a las clases virtuales, cuando estaba acostumbrada a las clases presenciales. Hoy es 30 de mayo y han pasado más de 70 días que estamos en cuarentena, respetando un aislamiento social que en algunos casos se hizo insostenible ante la situación económica del país.
Ayer me puse a pensar que al principio de esta cuarentena tenía la inocente ilusión que todo iba a ser como unas pequeñas vacaciones, que todo mejoraría pronto y que iba a poder ver y leer todos esas películas y libros pendientes; todo aquello que siempre postergue para un “cuando tenga un tiempo”.
Con el tiempo comenzaron a llegar los PDF, los mensajes de correo sobre distintas actividades; todas con límites de presentación. Comenzaron a programar las clases en la plataforma, o en Zoom, en algunos caso nos pedían que encendiéramos las cámaras; sufrir y rogar que no nos mencionaran para encenderla. ¿Cómo les digo que estoy de pijama y sin peinarme? que me da vergüenza.
Seguir con el sufrimiento, momentos de tensión y estrés al ver los segundos que me quedan para entregar un trabajo en la plataforma y ver cómo, en algunos casos, no llegaba a subirlos porque la página se cerraba. La primera vez que me pasó sentí mucha angustia, recordé y entendí por primera vez a la participante del programa “Gran Hermano” que, desbordada por la situación, lloraba por sus cremas. Cuando la vi sentí que exageraba y que quizás a ella le estaba haciendo mal el aislamiento. A esa sensación la estaba viviendo en carne propia, así estaba yo, llorando por un trabajo práctico y viendo la cara de asombro de mis padres y hermana diciéndome: “¿por eso vas a llorar?”. Después me di cuenta que hay situaciones peores, que mi país lucha ante una crisis a causa de esta pandemia, que miles de personas morían en todo el mundo, batallando el día a día para poder tener un plato de comida, y al personal de la salud haciéndole frente a este enemigo invisible. Recién cuando reflexioné sobre estas cuestiones me di cuenta que no pasaba nada si entregaba un trabajo práctico tarde.
Con los días mi ansiedad aumentó cada vez más y a raíz de esto aumenté de peso. Creo que subí varios kilos, noté que se me caía el cabello, y el dolor de cabeza comenzó a ser constante. Pero los trabajos seguían llegando. Y noté que ya no nos conectamos todas a las clases, que siempre somos las mismas y que no superamos los ocho.
Se escucha en la radio y la televisión que los casos están aumentando en Córdoba y Buenos Aires. Tengo impotencia y tristeza porque que el ser que más amo está trabajando en un hospital de Córdoba, lejos de los suyos y expuesto ante el virus. Me angustia escuchar eso y sigo haciendo mi trabajo con las fuerzas que me quedan. Suena el celular, recibo una mensaje de mi compañera, se suman otros que me dicen: “¿cómo vas con el trabajo? ¿Ya lo mandaste?, tenemos hasta hoy. ¿Cómo hiciste el punto tres?”. Escribirle a otra compañera y recibir como respuesta: “Voy a dejar la materia, no llego, tengo que hacer las tareas del hogar y ayudar a mis hijos en sus tareas del colegio, por más que intento no llego”. Seguir escribiéndole a otra compañera y que me responda: “aún no lo hice. Tengo que trabajar en el negocio de mi familia. Más tarde lo voy hacer. No importa si lo mando tarde, pero voy hacer el intento”. Llamar a otra compañera y que me cuente que en su cuadra cortaron Internet y que se desespera sin saber qué hacer. Y sentir que debemos ser amables porque no sabemos cuáles son las batallas de los demás. Considero que algunas veces solo tenemos que ofrecer nuestro apoyo, ser más solidarios, ser más humanos.
Siguieron pasando los días y pensé más de 500 veces en darme de baja o pedir una licencia. Después pienso en el esfuerzo que estoy haciendo para cursar y desisto. Me conecto a las clases, el profesor pregunta ¿cómo van? Respondemos con un tímido “bien profe”, pero todos sabemos que detrás de ese “bien” hay un sinnúmero de situaciones. Veo micrófonos en off y los usuarios sin fotos. Por más que ahora seamos un usuario más, puedo ver a mis compañeras e imaginarlas como si estuviéramos en clases y pienso que algunas veces nos cuesta adaptarnos a lo nuevo, y esta situación nos estas obligando a hacerlo; no nos da otra alternativa.
Fueron avanzando los días y el dolor de cabeza se hizo constante. Mis emociones son inestables, despierto enojada, triste, malhumorada, paso días completo con el pijama, horas frente a la computadora, un rodete en la cabeza, con ojeras a raíz del poco tiempo que duermo. Sé que es producto del encierro, entro a facebook, veo las noticias y muchos afirman que esto será algo histórico, salgo y continuo con mis tareas.
Un día me desperté con el grito desgarrador de mi hermana. Fui a verla y me di cuenta que su gatita Duquesa, su compañera de la vida, quien había compartido casi 22 años, estaba despidiéndose de ella. Todos pudimos ver cómo su vida se había apagado. Pese a esto mi hermana debía hacer un parcial y conectarse a la plataforma de la universidad y pese al dolor que tenía, lo resolvió como pudo. Quizás su profesor jamás se entere, pero ella mientras realizaba su parcial, lloraba la partida del ser que estuvo con ella desde que era un niña.
Pasado el instante en el cual todo cambió, sigo viendo en la redes que fue muy difícil para los docentes adaptarse a esta realidad, algunos con la ayuda de sus hijos, para que sus alumnos sigan aprendiendo. Me llamó la atención ver una noticia en Facebook, un docente al borde de la jubilación es sacado de su propia clase porque en vez de ayudarlo sus alumnos, toman como burla que su profesor no pueda manejar una aplicación para poder dar la clase y ellos mismos aprovecharon esa situación para reírse de él. Esto habla de la falta de respeto y empatía que algunas veces tenemos. Creo que en esta situación todos tenemos que poner de nosotros, tener comprensión, cada uno está luchando diferentes batallas que no sabemos y quizás está poniendo su mejor esfuerzo para poder aprender, debemos valorar esto. A algunos les costará más, a otros menos, pero en este proceso lo que debe primar es la solidaridad.
Tengo que hacer muchos trabajos, recibo un mensaje de una compañera y me cuenta que se pidió una licencia en la facultad, que esta situación la desbordó; que todo esto la estaba afectando mucho en su salud, que le dolía mucho dejar. Sentí mucha angustia, solo entendí que algunas veces es fácil criticar alguien y difícil ponernos en el lugar de esa persona, que quizás la estaba peleando como sea, pero que aún ve como todo la supera, y sentir que no puede con todo.
En estos momentos tendría que estar estudiando para un final, pero hubo un error en el sistema, esta vez me di cuenta que todo estará bien, mi reacción fue diferente. Pude entender que quizás esta situación se nos presentó para reflexionar sobre nosotros mismos, para probarnos, probar nuestra capacidad de resiliencia, para poder afrontar esta situación y poder salir más fortalecidos, unidos y solidarios a enfrentar todo lo que se nos presente.
Como estudiantes les pido a los profesores que lleguen a leer esta carta, que sientan empatía ante esta situación con sus estudiantes y colegas. Todos estamos tratando de poner lo mejor de nosotros, algunas veces desbordados, angustiados, en algunos casos ya sin fuerzas, pero con ganas de aprender, también los entendemos a ustedes, pero creo debemos unirnos, entre todos podemos hacer más llevadera esta situación.

Pamela 

Salta, 30 de mayo de 2020
 

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