La pandemia y la ira de Dios

En medio de la pandemia, ISIS intenta reagruparse en Irak. Confiados en que los esfuerzos estatales concentrados en el combate contra el Covid 19 relajan la acción de las fuerzas de seguridad, sus milicianos reaparecen en las zonas rurales donde la presencia militar y policial tiende a decrecer.

Mientras tropas de la coalición internacional estacionadas en la región reducen sus efectivos para repatriarlos a sus países de origen, la cúpula de la organización recomienda a sus acólitos en Europa cesar sus actividades y proteger su salud, al tiempo que pronostica una época de caos mundial que tornará más viable la materialización de sus objetivos.

Rápido de reflejos, en febrero ISIS informaba ya sobre la existencia de "un nuevo virus que propaga la muerte y el terror en China". Asociaba esa irrupción con un castigo divino por la brutal represión del régimen de Beijing a la minoría islámica de la etnia uigur, de la provincia de Sinkiang, limítrofe con las repúblicas musulmanas de Asia Central.

Cuando la pandemia empezaba a extenderse en Occidente, el estilo de sus proclamas adoptó una retórica insólitamente triunfalista.

En sus desafiantes videos propagandísticos distribuidos por Internet, un vocero de ISIS consignaba: "Todo el mundo, especialmente el Cruzado de Occidente, conoce una crisis que no conocía antes debido a un virus. Vemos la muerte de miles de ellos diariamente después de haber asesinado a musulmanes todos los días. ...Dios los asedió después de que ellos asediaron a los musulmanes y los ha llevado a una sofocante crisis financiera. Tienen que evacuar a sus soldados de los países musulmanes. Y todo gracias a Dios. Y es sólo el comienzo, Dios lo sabe mejor".

Pero la tregua declarada en Europa no rige en el mundo islámico. En Afganistán, el descabezamiento de la cúpula local de la organización originó una violenta reacción, materializada en una ola de atentados con centenares de muertos. Esa respuesta estuvo relacionada con el acuerdo de paz entre los guerrilleros talibanes y Estados Unidos. Ese armisticio le quitó a ISIS una retaguardia que utilizaba como antes lo habían hecho los milicianos de Al Qaeda. Según ISIS, los talibanes pasaron a constituirse en "la milicia apóstata". Pero esa descalificación supone la implícita admisión de una dura derrota estratégica.

El fantasma de Saddam Hussein

La caída de la capital del Califato, establecida en la ciudad siria de Raqqa, y la posterior muerte de Abu Bakr al-

Baghdadi forzaron un recambio en la jefatura de la organización en retirada. El relevo significó el ascenso a la conducción del grupo de oficiales del antiguo ejército de Sadam Hussein que se habían unido a al-Baghdadi en una convergencia gestada en las cárceles de Bagdad: el futuro Califa era en aquel entonces parte de la red local de Al Qaeda y esos militares adictos a Saddam Hussein estaban presos por el mismo motivo: la lucha contra la ocupación estadounidense. Esta nueva conducción de ISIS optó por priorizar la presencia en Irak.

Esta modificación de la estrategia remite a un dato a menudo subestimado en los análisis sobre el origen de ISIS. Porque el nacimiento del Califato Islámico fue consecuencia de una confluencia, concretada en Irak tras la ejecución de Saddam Hussein, entre la resistencia iniciada por antiguos oficiales del régimen derrocado y los milicianos de Al Qaeda, provenientes de los campos de entrenamiento de Afganistán.

Esa convergencia demandó una doble reconversión ideológica. Los partidarios de Saddam Hussein, formados en el laicismo socialista del Partido Baath, giraron hacia una "islamización" para retener el apoyo de la minoría sunita de la población iraquí, discriminada por el gobierno de coalición con mayoría chiita que, con apoyo estadounidense e iraní, asumió el poder en Bagdad. Mientras, al-

Baghdadi y los suyos experimentaron una "arabización" que los enfrentó con el "internacionalismo islámico" enarbolado por Al Qaeda.

Al Baghdadi "territorializó" el planteo de Bin Laden y avanzó en la idea de la restauración del Califato, una institución milenaria disuelta tras la desaparición del Imperio Otomano a raíz de su derrota en la primera guerra mundial.

ISIS surgió de la confluencia entre esas dos corrientes contra un triple enemigo común: las potencias occidentales que ocupaban Irak, el gobierno chiita instalado en Bagdad, bajo la protección simultánea de Washington y Teherán, y el régimen sirio de Bashar al-Assad, un ancestral rival de Saddam Hussein en la puja por el liderazgo regional, asentado en el respaldo de la minoría alawita de la población y aliado de los chiitas iraníes. El proyecto originario de creación de un Califato en Siria e Irak fue elaborado por Haji Bakr, un oficial de inteligencia del Ejército iraquí que imaginó la posibilidad de capitalizar el descontento de la mayoría sunita con al-Assad.

La política en el laberinto

En esta reencarnación, ISIS trata de hacer en Irak algo simular a lo que intentó en Siria. Antes buscó movilizar a la población sunita contra el régimen de Damasco, apoyado por los alawitas aliados a los chiitas. Ahora, ensaya encabezar la resistencia sunita contra el gobierno chiita de Bagdad.

El inconveniente es que, a diferencia de lo que sucede en Siria, en Irak los sunitas constituyen una minoría importante dentro de una población mayoritariamente chiita. 
La ventaja es que Estados Unidos, azotado por la pandemia y sumido en plena campaña electoral, no parece demasiado dispuesto a empeñarse a fondo en la defensa del actual gobierno iraquí, puesto al servicio de la estrategia de expansión de Irán en Medio Oriente. 
Vuelve a reproducirse entonces una característica brutalmente pragmática de la política estadounidense en el mundo islámico, signada por la búsqueda de alianzas circunstanciales con socios muchas veces indeseados para enfrentar a un enemigo determinado, en coaliciones transitorias que después de la victoria son reemplazadas por nuevos alineamientos que convierten a esos antiguos aliados en los nuevos enemigos. 
Así fue que en la década del 80 Washington alentó a Saddam Hussein para embestir contra el emergente Irán del ayatollah Khomeini, para después enfrentarlo en 1990 en la Guerra del Golfo y liquidarlo con la invasión de 2003. Algo similar ocurrió con Bin Laden, entrenado por la CIA en la década del 80 para combatir la invasión soviética en Afganistán y transformado en el enemigo mortal tras los atentados a las Torres Gemelas en septiembre de 2001. 
Un dato significativo de esta historia de continuos realineamientos es que la explosión del “shale oil” liberó a la economía norteamericana de la dependencia del petróleo árabe. Medio Oriente dejó de ser una región prioritaria para Estados Unidos. Washington tiene dos opciones. La primera seria profundizar su guerra contra ISIS, cuyas células terroristas en Occidente nunca golpearon en territorio estadounidense (como sugestivamente tampoco lo hicieron en Israel) sino solo en Europa. La segunda consistiría en una retirada estratégica que apueste al desgaste recíproco para que las huestes del Califato confronten contra el régimen de Teherán y sus aliados en la región, en una guerra civil intraislámica, que reiteraría la sangrienta contienda librada entre Irak e Irán entre 1981 y 1988, cuyo saldo dejó económica y militarmente exhaustos a los dos bandos en pugna. 
 

 

 

 

 

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