El virus no discrimina

Dijo Martin Luther King hace más de medio siglo: "Puede que todos hayamos venido en barcos diferentes, pero ahora estamos en el mismo barco", más aún en tiempos de pandemia. Este virus es democrático, y no distingue entre pobres y ricos o entre un estadista y un ciudadano común. El hecho es que la presencia del coronavirus nos unió a todos y nos empujó a la solidaridad global que se expresa a través de la vida cotidiana en órdenes estrictas de evitar los contactos cercanos con los demás, incluso de autoaislarnos.

En el último par de años, después de las epidemias de SARS y ébola, se nos dijo una y otra vez que una nueva epidemia mucho más fuerte es solo cuestión de tiempo, no tomamos estas predicciones terribles en serio y nos mostramos reacios a actuar y a participar en preparativos responsables.

La epidemia del coronavirus es una lección que nos indica que se necesita empezar a crear algún tipo de red de atención médica global no sólo con referencia a las amenazas virales sino que hay otras catástrofes que se vislumbran en el horizonte o que ya están ocurriendo: sequías, olas de calor, tormentas masivas, hambrunas, cracs económicos, etc. La respuesta no es el pánico sino el trabajo duro y urgente para establecer algún tipo de coordinación mundial eficiente.

La actual propagación de la epidemia de coronavirus también ha desencadenado vastas epidemias de virus ideológicos que estaban latentes en nuestras sociedades: noticias falsas, teorías conspirativas paranoicas, explosiones de racismo.

Estamos atrapados en una triple crisis: médica, económica y de la salud mental. Las coordenadas básicas del mundo de la vida de millones y millones se están desintegrando, y el cambio afectará a todo y a todos. Tenemos que aprender a pensar fuera de las coordenadas del mercado de valores y de los beneficios y simplemente encontrar otra forma de producir y asignar los recursos necesarios.

El virus no es un enemigo con planes y estrategias para destruirnos, es solo un estúpido mecanismo de autorreplicación. Los virus no son una forma elemental de vida de la que se hayan desarrollado formas más complejas, son puramente parasitarios; se replican a sí mismos infectando organismos más desarrollados; cuando un virus infecta a los humanos, simplemente le servimos como su máquina de copiar.

No debemos quedar atrapados en una paranoia ansiosa o recurrir a simbolizaciones ineficaces en sus diferentes formas a través de actuaciones que nos exponen a riesgos innecesarios. La tarea principal es estructurar la vida diaria de una manera estable y significativa, una vida decente no alienada y a la espera de que algo de estas actitudes sobrevivan cuando esta pandemia pase. En el aislamiento, el teléfono e internet son nuestros principales vínculos. Las epidemias volverán, combinadas con otras amenazas ecológicas, por lo que ahora hay que tomar decisiones difíciles; no hay fin para ellas. Estamos creando hábitats donde los virus se transmiten más fácilmente, y luego nos sorprendemos que tengamos nuevos.

El aislamiento por sí solo, la construcción de nuevos muros y más cuarentenas, no hará el trabajo de reconstrucción sanitaria y socioeconómica. Se necesita una solidaridad total e incondicional y una respuesta coordinada a nivel mundial con un enfoque colectivo, coordinado e integral que involucre a toda la maquinaria del gobierno y la sociedad. La crisis actual demuestra claramente cómo la solidaridad y la cooperación mundial es en interés de la supervivencia de todos y cada uno de nosotros; es la única cosa egoísta racional que se puede hacer.

 

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