Sonar lanzó una línea de barbijos para integrar a todas las personas 

La diseñadora neuquina Sol Ungar ganó las primeras planas nacionales cuando en 2016 lanzó su marca Sonar, con inscripciones en Braille por dentro y por fuera de las prendas, para brindar autonomía a las personas con discapacidad visual. 
Si en aquel momento había ofrecido un concepto único, ahora su trabajo volvió a salir a superficie con su línea de barbijos transparentes. 
Con ellos se hizo eco del clamor de personas sordas e hipoacúsicas que pidieron que quienes se desempeñan en ámbitos como la seguridad, la salud, la política, los comercios de primera necesidad y los medios de comunicación utilicen tapabocas transparentes que posibiliten la lectura de labios. 
Así se sumó a otras emprendedoras argentinas -como Rosana Báez, una gestora de la localidad bonaerense de Guernica, o la porteña Milagros Torroba- que se aprestaron a brindar una solución en vista de que la denominada “nueva normalidad” tendrá un aliento a largo plazo. 
Ungar le dijo a El Tribuno que la idea provino de Estados Unidos y que ella buscó imprimirle a su barbijo la identidad dual con la que dotó a sus producciones textiles: que incluyeran personas, sin renegar del diseño de autor. Por ello, la primera decisión que tomó fue la de reemplazar el acetato -cuya virtud es dar más espacio visible a la boca; pero, a la par, resulta muy rígido- para inclinarse por el PVC translúcido. 
El resultado es un producto realizado en tela impermeable y PVC traslúcido que incluye una pieza de tela que se anexa por un bolsillo del color o motivo elegido por el comprador. Se puede escoger entre rojo, azul o negro para los colores frontales y el anexo de tela viene en negro, azul, red blanca, red negra, rayado naranja y blanco, y blanco con lunares grises. Para estos aportó sus ilustraciones Lucía Vera. 
Ungar señaló que es inevitable que los materiales plásticos se empañen o que el usuario transpire al llevarlos puestos. Por eso, le agregó el bolsillo donde encajar el aplique de tela, cuya misión es contener el sudor y las microgotas de Flügge y que la persona lo pueda quitar cuando requiera hablar con una persona sorda o hipoacúsica.

Sin embargo, añadió, al comprar el barbijo se está teniendo una visión más amplia. “Vos estás eligiendo incluirte, porque sos quien decide si vas a llevar el textil o no. Ya que va a ser un accesorio que va a quedarse un tiempo entre nosotros permite combinaciones: lisa, a lunares, rayada, según la ropa que se vayan a poner”, detalló. 
Ungar apuntó también al impacto visual que provoca salir y ver rostros “cortados por la mitad” y privados del lenguaje no verbal. “No es que a las personas no las vemos completas porque tienen puesto un cuello o una bufanda, sino que van con toda la cara tapada. Sonrío y la gente no me está viendo. Entonces, esto atraviesa otras barreras, no solo las que tienen para comunicarse las personas con discapacidad”, expresó. 
Para Sol el de los sordos e hipoacúsicos es un nuevo sector, aunque esto no significa que no haya tenido contacto con ellos. De hecho, varios pasajes en su vida hacen pensar que estaba a la vuelta de su esquina el destino que asumió para sí misma: el de integrar a todas las personas. 
“Me aboco a la discapacidad visual, pero conozco la lengua de señas desde los diez años, porque mi mamá, Cecilia Martínez, es docente e intérprete y siempre trabajó en instituciones para personas con discapacidad. Siempre me vi en ese mundo. Mi mamá era maestra doble turno y volvía agotada de su jornada, llegaba a casa y me retaba por algo que no había hecho -o que había hecho mal- en lengua de señas y hablándome a la vez. Y muchas veces en mi casa se usaba la LSA, cuando tenía faringitis me comunicaba en LSA con ella o cuando estábamos una en una punta y la otra en otra en el supermercado y no queríamos gritarnos también”, rememoró. Ahora que continúa siendo objeto del interés de la prensa también notó cuántos miedos y tabúes -que ella no adquirió o no sintió- existen en torno de la discapacidad.
“Para mí lo que hago es importante. En una primera instancia porque me hace mejor como persona para mí misma, como una autopercepción. No lo digo con esta visión tan ‘capacitista’ de ‘Sol es un ángel’, que mucha gente siente eso y a mí un poco me aborrece pensarlo, porque nunca estoy trabajando en modo de qué-ve-la-gente-que-no-tiene-discapacidad’, sino que estoy tratando de interpretar las necesidades y la única forma de interpretar lo que la otra persona necesita es hacerla partícipe y protagonista”, definió.
Así, además de haber aprendido a escribir en sistema Braille, en muchas ocasiones usa el tallback, un software autodescriptible de funciones para celular, y un bastón blanco. De esta manera llega a confeccionar las maquetas de ideas que les presenta a sus amigas ciegas. “No hay empatía que pueda traspasar lo que la otra persona siente. Puedo interpretar desde mi conocimiento, mi cultura, mi aprendizaje, mi formación, pero no tengo discapacidad, así es como mi interpretación es muy ínfima, la única forma de comprender es meterme en el campo de lleno”, describió. 

Una época compleja

Sol Ungar contó que Sonar había pausado la producción de prendas de vestir por la crisis económica que golpeó muy duro al sector durante el gobierno de Mauricio Macri. “Hoy se empieza a retomar un poco la actividad, pero sí es cierto que en pandemia y con la cuarentena se vuelven muy complejos los procesos”, destacó. El panorama de fábricas imposibilitadas de trabajar, insumos a precio dólar y dificultades en la distribución de los materiales se basta a sí mismo para desalentar a los emprendedores. “Para comprar es todo un protocolo, las personas que están trabajando en repartos están saturadas, las casas de tela también. Uno manda un mensaje a Once para comprar textil y no obtiene respuesta rápidas. Por eso terminás pagando mucho más y comprando donde podés, porque si no, no podés producir”, expresó. Pero, mientras comentó que estos tiempos son para probar “la ingeniería de la creatividad”, sigue resistiendo. 
 

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