A cien años de la fundación del ingenio San Martín del Tabacal

El próximo miércoles 5 de agosto, la planta agroindustrial del ex ingenio San Martín del Tabacal cumplirá un siglo de vida. Y hace cincuenta años, cuando el ingenio celebró sus bodas de oro, El Tribuno evocó la historia contada por su fundador, el Dr. Robustiano Patrón Costas, en 1934. Lo hizo con motivo de la inauguración de la iglesia, el hospital y la colocación de la piedra fundamental de la escuela hogar, ceremonias a la que asistió el presidente de la nación, don Agustín P. Justo. Fue entonces que don Robustiano Patrón Costas contó la historia de la fábrica que había fundado junto a tres amigos más. Dijo entonces: “Hace ya quince años, cuatro amigos planeamos una excursión que parecía de placer en la vida de los negocios. Todo se presentaba fácil a nuestro optimismo, nada nos hacía suponer las borrascas que encontraríamos en el camino, y que la obra que emprendíamos era tarea superior a nuestros medios y nuestras fuerzas. Todo fue perfectamente planeado y estudiado, todo se había previsto menos lo imprevisto, que es lo que normalmente sucede en esta clase de empresas industriales que se desenvuelven en un medio agreste y hostil, en lucha con una naturaleza que se defiende antes de entregar al hombre el tesoro fecundo que guarda en su seno.

Se comenzó por analizar la composición de las tierras, que resultaron eximias para producir caña de azúcar. Se había recogido con gran satisfacción estadísticas sobre el clima y las heladas. Se analizaron las cañas de azúcar que crecían magníficas en los pequeños lotes que se cultivaban y que auguraban un rendimiento industrial extraordinario. Se estudiaron las obras de irrigación completas, con tomas y canales, se realizó la nivelación de las tierras en toda su extensión; se aforaron los ríos, se hicieron perforaciones en diversas zonas del campo para determinar el nivel del agua del subsuelo y la resistencia del terreno para recibir las futuras construcciones. Los resultados de nuestros estudios y previsiones fueron magníficos y quedó resuelto el negocio”.

La amargura de la azúcar

“Se planeó la nueva fábrica -prosiguió Patrón Costas- en San Martín del Tabacal por el ingeniero Ricardo Lehky. Se delineó el pueblo industrial obrero, previendo las necesidades futuras por los arquitectos Togneri y Fitte. Se contrató el montaje de la fábrica con especialistas en la materia. Se suscribió el capital que se estimó necesario, cuatro millones y medio de pesos”.

Y luego agregó: “Como se ve, el plan del negocio era completo; y bien estudiado, la empresa parecía fácil; la producción y los rendimientos debían ser magníficos y las utilidades proporcionadas a los altísimos precios a que se vendía el azúcar debido a la escasez provocada por la guerra (la primera).

Poseído de esas ilusiones me encontré cierto día con mi amigo don Sixto Ovejero, el inteligente ‘pioner’ de Ledesma quien me dijo: ‘He sabido que ustedes han formado una sociedad para instalar un ingenio en Tabacal; bueno amigo, ahora conocerá usted las amarguras que cuesta producir azúcar’. Nos reímos de la ocurrencia, pero más tarde, en mis noches sin sueño recordé sus proféticas palabras.

Comenzamos la obra y con ella surgieron las dificultades. Como socio administrador de la sociedad con residencia en Buenos Aires, vine a instalar los trabajos; quince días después mil hombres estaban entregados a la tarea de abatir los bosques para hacer campos de caña. Resultado: tres meses después escribí a mis socios que si no me quedaba a dirigir personalmente los asuntos sobre el terreno, nuestra empresa estaba fracasada. Y comenzó así la lucha a brazo partido con la naturaleza y con los hombres. Absorbido por mis tareas renuncié dos veces la banca que ocupaba en el Senado de la nación, dimisiones que no fueron aceptadas. Jamás olvidaré esos tres primeros años de labor; seguramente no hubo día que no recordara las palabras de mi amigo don Sixto Ovejero. La tarea no tuvo para mi tregua, ni reposo. Poco a poco surgieron los hombres que fueron mis colaboradores inteligentes y abnegados en la magna obra; quisiera nombrarlos como acto de innegable justicia, pero la lista, que debiera encabezar don Teófilo Meyer, es larga. A todos los recuerdo con el hondo afecto que nace del mutuo aprecio y de la amistad forjada al calor de sacrificios vividos en común”.

Los tradicionales arcos que están en el ingreso al ingenio. Javier Corbalán

Heladas, lluvias y sequías

Más adelante, don Robustiano cuenta la suerte de la primera siembra: “El año 1918 fue de hielos extraordinarios, toda la caña para semilla de las nuevas plantaciones que habíamos adquirido en Fraile Pintado se heló; el programa de plantaciones del primer año que era de 30.000 surcos quedó reducido a 3.500. Ese invierno famoso por la epidemia de ‘gripe’ que azotó al país, nos tomó sin viviendas apropiadas; llegamos a tener 500 enfermos. Lo grave fue que la gente recién llegada atribuía la epidemia al mal clima local, y ello dejó la leyenda de que era un lugar malsano.

En 1920, llovió en el verano 1.431 milímetros, se inundaron los cañaverales, el agua del subsuelo subió; los edificios recién construidos se agrietaron y amenazaban ruina. Fue necesario realizar costosas obras para los desagües; apenas concluidos, vinieron años de sequía extraordinarias; en 1923 llovieron tan solo 470 milímetros y fue necesario ampliar las obras de irrigación que resultaban insuficiente. Por razones financieras y para aprovechar los altos precios del azúcar, era necesario que en dos años se efectuaran los desmontes, las plantaciones, se construyeran viviendas, se levantara el aserradero y se instalara la fábrica. A pesar de las circunstancias adversas, todo se hizo en el plazo previsto y en julio de 1920, comenzaba la cosecha”.

La primera molienda

“La iniciación de la molienda se fijó para el 15 de julio (1920). El 14 por la mañana me encontraba en el ingenio, cuando un operario llegó corriendo y me dijo que se había roto el trapiche. Acudimos presurosos, el espectáculo fue para mí aterrador; debido a un golpe de agua en el cilindro del motor, se había partido en varios pedazos la bancada del gran motor que movía el único trapiche de la fábrica. Se me presentó la visión de la cosecha perdida y de la ruina total. Pero en cinco días con sus noches, pudo componerse en forma deficiente la avería. Por fin el 19 de julio (1920) se inició la molienda en medio de una gran expectativa. Apenas comenzó a correr el chorro de jugo, ordené llenar un recipiente para que el laboratorio lo analizara. Había llegado de ver confirmadas las esperanzas de aquel famoso 14% de rendimiento augurada por los primeros ensayos de laboratorio. La nota enviada por el químico me produjo el efecto de un rayo, el rendimiento calculado era del 4,5 %. La angustia oprimió mi garganta y necesité acudir a todas mis reservas de energía, para demostrar una aparente serenidad, ante el personal que me observaba”.

“Total debido a la caña plantada en terrenos recién desmontados, el resultado obtenido en la primera zafra fue: rendimiento promedio de azúcar 4,68 % en lugar del 9% esperado. Producción: 26.923 bolsas en lugar de las 80.000 calculadas.

Pero no pararon ahí los contrastes. Habíamos mejorado las condiciones de las plantaciones, arreglado la fábrica, volvía la esperanza, pero la importación de semillas de zonas infectadas había traído la enfermedad ‘mosaico’ poco estudiada y mal conocida en esa época, enfermedad que hizo decaer la industria en Tucumán y que llevó a la quiebra a establecimientos formados. Esa enfermedad en un año invadió nuestros cañaverales y en dos años nos vimos obligados a renovar totalmente la plantación de caña criolla, recién sembrada, con caña de Java resistentes al flagelo, con el enorme costo que ello significaba y con la perdida de producción.

A pesar de todo, continuamos la tarea sin desmayar, con estoicismo, con fe, pensando que cada obstáculo a vencer era un nuevo incentivo para perseverar. A los contrastes sobre el terreno se sumaban las dificultades financieras; a pesar de ello, convencido de que nuestra empresa no se salvaría sino por la gran producción, de año a año agrandábamos nuestra fábrica, extendíamos los desmontes y aumentábamos las plantaciones.

El camino recorrido ha sido largo y fatigoso, pero nos queda la satisfacción de haber cumplido honradamente con nuestras obligaciones y de haber sido útiles a la Nación y a nuestra provincia mediante un esfuerzo industrial genuinamente argentino, pues son argentinos los capitales, argentinos los técnicos, argentinos los empleados y argentinos los obreros”.

Años después

En 1945, el ingenio San Martín del Tabacal produjo 51.775.000 de kilogramos de azúcar y 4.695.424 litros de alcohol. Esa cifra de azúcar era la más alta lograda por un ingenio argentino. 

En 1964, los kilogramos de azúcar eran 81.000.000 y de 9.000.000 de alcohol. En ese momento San Martín del Tabacal era el ingenio de mayor producción diaria del mundo de azúcar refinada.

Desde 1996, Seaboard Corporation es dueña de Tabacal y desde entonces realizó grandes inversiones en una planta que en tres días más, cumplirá 100 años de vida.

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