"Más peligrosa que el virus es la estupidez humana”

Javier Guanco es licenciado en kinesiología y fisioterapia egresado del Universidad Nacional de Córdoba y, sin saberlo, hace unos meses se sumó a uno de los equipos que serían protagonistas en la lucha contra la pandemia de COVID-19 en Salta.
“Yo desde hace más 13 años que trabajo en forma particular en el sector privado y siempre quería pasar al Estado porque es una forma de tener estabilidad. El año pasado, en noviembre de 2019 ingresé al hospital Papa Francisco. En ese momento no había ni noticias de este virus, nadie sabía lo que se venía. Sin embargo, yo le pongo todo el optimismo porque si no, por lo que vemos y experimentamos en el día a día, nos quemaríamos la cabeza. Nosotros trabajamos en equipo y siempre se necesita al menos una sonrisa para afrontar todas las cosas malas que suceden”, dijo Javier, en un diálogo profundo con El Tribuno.
Pero para entender cómo es su trabajo se deben abordar variables nuevas y viejas. En la denominada nueva realidad, esta nueva normalidad laboral, especialmente para los trabajadores de la salud, se plantean contraposiciones entre lo duro de las jornadas laborales y la liviandad con la que alguna parte de la sociedad atraviesa la pandemia.
En el Papa Francisco comenzó a trabajar seis horas diarias, pero los tiempos de pandemia hacen que todo régimen laboral tienda a flexibilizarse debido a las urgencias. Hoy por hoy no tiene horario ni días establecidos de descanso; ni mucho menos sabe en una mañana lo qué hará a la tarde del mismo día.
Cada trabajador de la salud tiene a su familia esperando en casa y eso los hace repensar el escenario día a día.
“Yo veo a mis compañeros, me miro a mí también. Cuando ingresamos al hospital, nos ponemos toda la protección. Muchos (y yo muchas veces) estamos agotados porque hay que cuidarse tanto... por nuestras familias, por nuestros pacientes, por nuestros compañeros, por toda una sociedad que espera que hagamos bien nuestro trabajo. Sabemos que por un error que tengamos podemos afectar a toda una cadena de contactos y eso no puede suceder con nosotros. Lo peor es que pasa, por la extrema presión a la que estamos expuestos. Tenemos a muchos compañeros contagiados, fallecidos, con toda una cadena de contagio y eso nos vuelve locos. Confiamos en cada uno porque somos un equipo, pero tenemos miedo porque no tenemos que tener ningún error. Yo quiero hacer una mención sobre el trabajo del kinesiología en la salud pública. Es una tarea poco reconocida y, de verdad, somos el nexo entre médicos y enfermeros. Somos unos de los que hacemos el trabajo difícil de ‘manipular’ a los enfermos con COVID-19”, aseguró, muy sensibilizado.


Su trabajo comienza al ingresar cada día al hospital Papa Francisco, cuando tiene que colocarse el ambo. En esta batalla, el hombre trabaja en la primera línea de fuego más intensa, en donde se define la vida y la muerte: en la terapia intensiva A, a donde van a parar los pacientes más críticos; al lugar donde nadie quiere llegar. Le pulsea a la muerte desde que entra hasta que sale. 
Para dar esa lucha, debe entrar con unas botas descartables, un camisolín y guantes de látex. Luego debe sumar un barbijo de los que hacen presión con unos metales que se ajustan al rostro. A eso se suma otro barbijo, las gafas, una cofia y una escafandra. Armarse con todo eso le toma hasta media hora. Toda esa preparación debe ser realizada a conciencia. Ahí es cuando no debe haber error alguno.
El trabajo de Javier “el Negro” Guanco en esa terapia consiste en higienizar la parte respiratoria, en liberar la entrada de aire de los pacientes que lo necesitan. Se convirtió en una pieza fundamental en esa terapia porque trabaja con pacientes críticos y está en contacto directo con el COVID-19.
“Yo le pongo onda... si no todos nos vamos al carajo. Hago alguna broma, una morisqueta para romper ese hielo que nos deja duros. Nosotros trabajamos con los que peor están. No tenemos vínculo porque son los que están en estado de coma, todos inconscientes. Son personas que ni saben quién los cuida. Nosotros apostamos todo a recuperarlos, pero no sabemos, porque ellos están al borde de la vida. El COVID-19 es un virus muy complejo; eso deberían saberlo todos. No te deja respirar, los pulmones quedan tapados. No debemos subestimar al coronavirus porque es muy veloz y contagioso”, dijo y explicó: “Los pulmones quedan en un estado tan delicado que el mismo cuerpo, el torso los afecta. Entonces, ponemos a nuestros pacientes boca abajo y los dejamos así por 12 horas, quizás más. Se nos escaldan, tenemos que curarlos, y así vamos luchando día a día, hora a hora, contra la muerte”. 
Su trabajo con los pacientes, con tubos, cables por todos lados y mangueras conectadas a la boca y la nariz se hace física y emocionalmente agotador. Su profesionalismo y capacidad con las manos asombra y se pone a prueba en cualquier minuto.
“Los anticuarentena tienen la estupidez humana adentro. Son personas que no saben lo que sucede acá adentro de un hospital, que nuestro sistema sanitario no está preparado, al igual que ni ninguno en el mundo, para atender un contagio masivo. Si eso pasa, vamos a tener que elegir a quién atender y a quién no. Por eso digo yo que más peligroso que el coronavirus es la estupidez humana”, reflexionó el querido “negro Guanco”.

 

Sobre la familia y los miedos cotidianos al regresar a casa

Es muy complicado recorrer el camino de vuelta al hogar para los trabajadores de la salud. Los riesgos son más altos que para los demás que realizan tareas esenciales durante la pandemia. A cada movimiento saben que la larga cadena del contagio puede extenderse por sus acciones y eso puede resultar un error imperdonable. Es que en realidad nadie está exento y eso hace trabajar la cabeza de una manera que puede resultar desesperante.
Javier Guanco vuelve a su casa, por estas semanas, a la hora que puede. En su vivienda de Castañares lo esperan su compañera Mariela y su hija Briana, que tiene 7 años.
El hombre regresa pensando si cometió algún error y repasa en el auto cada uno de sus movimientos en el hospital. Así son todos los días laborales, desde hace varios meses. No es fácil para cualquier cerebro, sin embargo él le pone humor a la situación. Es un ser especial que desborda sonrisas y provoca hasta carcajadas.
Es el optimista de la terapia intensiva A, el que empuja al equipo. Quizás porque sea como un rústico segundo defensor central en las canchas en las que hasta febrero disfrutaba con sus grupos de amigos.
Javier fue parte de una camada mítica de estudiantes secundarios que recuerda como “Tomma 23”. Ya desde preadolescente mostraba sus vetas de artista callejero, bailando en los corsos que se organizaban entre los recreos. Era el payaso que se prestaba para las actividades solidarias; un aire fresco y puro.
Él, como tantos otros trabajadores de la salud, merece el reconocimiento social y colectivo por la tarea que realiza. Merece respeto, que nos cuidemos entre todos y para todos.
El Tribuno desarrolló está página de los oficios como un homenaje y agradecimiento a todos y a todas las trabajadores de la Salud que actualmente están en la primera trinchera, en esta lucha contra el COVID- 19.
 

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