El centro, desierto, y en los barrios todo parece normal

En este oxímoron que es el denominado regreso a una nueva Fase 1, parece que las medidas tomadas saldrán al revés de los que se pensaba; un tiro por la culata. Mientras que en el centro de la ciudad de Salta los comerciantes agonizan, en los barrios todo se volvió un descontrol. Para dar un ejemplo se debe mencionar a la rotonda de Limache a donde personal de la Policía de la Provincia instaló un retén de control que es un descontrol. A los automovilistas que ingresan a la rotonda desde el sur, por avenida Banchik, y quieren pasar para el centro de la ciudad, son desviados hacia la rotonda de ingreso al camino de San Agustín. En consecuencia se congestiona todo el tránsito de manera exponencial, muchos cruzan por las calles internas de Parque La Vega y toda la zona se altera. Ese control se desnaturaliza.

En todos los barrio de la ciudad la situación de flexibilización, o relajamiento de la cuarentena, se mantiene sin cambios. Los vecinos siguen su deambular, en muchos casos, sin tener en cuenta las medidas de prevención para los contagios que siguen en aumento, por más cuarentena que se imponga. En barrio Solidaridad hubo una tensa reunión con funcionarios del Gobierno provincial por la reapertura de la feria de los lunes. Todos vecinos de la zona que viven en una economía familiar del día a día y que necesitan de manera angustiante vender para comer. Ellos no quieren un bolsón alimentario; ellos quieren trabajar. Ya anunciaron que si siguen las medidas sin soluciones puntales para ellos se puede llegar a una instancia de desoír las prohibiciones.

Feriantes de Solidaridad, con Juan Carlos Villamayor

El centro de la ciudad ya tiene los indicios de estar experimentando la peor crisis de su historia. Ni durante los conflictos bélicos de principios de los 80 se vio el centro con tantos comercios cerrados, tan vacíos de gentes y con los comerciantes tan desahuciados por el presente tan malo y un futuro que no tiene ninguna promesa para el sector.

Locales de ventas de ropa y calzados que de pronto se sienten clandestinos por querer trabajar y entonces abren una sola ventanita de esperanza y atienden con desconfianza; como si estaría vendiendo alguna mercadería ilegal. Lourdes ingresa al local Pequeño Mundo, de Florida 167, donde vende ropa para niños y niñas, y cierra nuevamente la reja de hierro en donde hay un cartel que dice que se atiende por un número WhatsApp. "No abrimos, atendemos desde adentro para los clientes que quieran comprar vía on line. Gracias a Dios seguimos trabajando todas las chicas y a los clientes que nos consultan enviamos fotos, las medidas, los colores. Se paga en forma virtual y se manda con cadetes. Si la venta es superior a los 1500 pesos el envío es gratis. Pero debo decir que las ventas no son suficientes. Vendemos el 20 por ciento de lo que se vende cuando se abren las puertas y vienen los clientes", dijo Lourdes.

El mercado San Miguel es la desolación misma. No hay clientes. "La gente no puede venir porque no hay colectivos. Tomar un remis para comprar frutas y verduras no rinde. Entonces no vale la pena venir a trabajar y es por eso que hay muchos locales cerrados", dijo un puestero que vende condimentos, vinos y productos regionales. El hombre asegura que el lunes, primer día de Fase 1, vendió 700 pesos y que hasta el mediodía de hoy había vendido solo 200 pesos. Cifras que lo hacen pensar hasta dónde se podrá seguir. Hasta los negocios que vendían y reparaban celulares se están reconvirtiendo y ya preparan sándwiches de jamón y queso para salir a "rebuscársela" entre la poca gente que hay.

"Ni sándwich se venden porque cerraron todas las oficinas y los bancos. Para los jubilados, el cobro de sueldo era un excusa para escaparse 10 minutos y comprarse algo para comer y volver a casa. una media docena de mixtos, un pollo al spiedo, unas frutas de los carreros, algo se llevaban y eso ya movía algo; ahora nada", dijo una gastronómica de Caseros y Alberdi.

"En este mediodía hice sólo dos pedidos", dijo Andrea con su bicicleta acondicionada para la firma que vive de los trabajadores que realizan entrega de comidas a domicilio. Y explica: "A los restaurantes no les conviene trabajar porque no hay dinero, la gente ya no compra comida por encargo porque no tiene plata. Y los comercios no quieren trabajar porque la firma no les cobra nada, pero tienen que entregar cupones gratis, entonces pueden llegar a tener 2 pedidos pagos y otros tantos gratis", explicó Andrea. Aseguran que cuando estaba flexibilizado el centro ella tenía 7 u 8 pedidos entregados hasta el mediodía. Pero ¿en qué trabajaba antes de la pandemia? "Yo trabajaba en un kiosco de escuela y mi marido en una empresa de comunicaciones. Cuando se declaró la cuarentena nos quedamos sin trabajo los dos y comenzamos con los pedidos. Tenemos dos hijos y no tenemos otra. Ganamos 40 pesos por pedidos", explicó Andrea. Así que si recurre a uno de ellos piense lo bien que le vendría una propina extra.

 

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