Cuando se produce un episodio bochornoso como el que protagonizó ayer el diputado Juan Emilio Ameri, la obscenidad es tan agraviante que los adjetivos aparecen en cascada. Y esto no es puritanismo, es una cuestión de ética.

El filósofo más influyente del siglo XX, Martin Heidegger, asociaba la urgencia de una ética con el “estado de precariedad” del hombre en estos tiempos. Lo que sucedió se explica por eso, por la precariedad; no ya en el sentido que le daba Heidegger al término, sino enmarcando el hecho con la sensación de decadencia de la política que se expresa constantemente en la opinión pública. 

La explicación que dio Ameri, con su lenguaje grotesco, no hizo más que añadir escándalo al escándalo. Él estaba en una sesión de la Cámara de Diputados y, es evidente, tenía señal de internet y la cámara estaba encendida. Y no es cierto que en el centro de Salta haya menos intensidad de conexión que en el resto del país. 

Su partido lo repudió, lo expulsó y se desgarró las vestiduras. Ameri siempre fue un político de barricada y llegó al Congreso en representación de Salta por el único camino posible: una lista sábana donde pasaba desapercibido (estaba tercero), encabezada por Sergio Leavy, identificada con los símbolos del kirchnerismo. Escudados por el aura de Cristina. Leavy y la segunda, Nora Giménez, ascendieron al Senado y así apareció Ameri a completar el mandato del exintendente de Tartagal. ¿Por qué en una provincia donde esa corriente goza de amplio consenso se le regala la banca a alguien cuyo “cursus honorum” consiste en heridas cosechadas en una gresca de barrabravas, en River, retóricas de barricada, manifestaciones violentas contra el presidente constitucional, operaciones de ocupación de tierras y denuncias de acoso sexual? 

Es la precariedad de la política. A las explicaciones de Ameri les faltó algo: la rápida renuncia indeclinable al cargo, recién anoche la puso a disposición. Sí, aun a riesgo de que no se la aceptaran, porque en el Congreso puede suceder cualquier cosa. Que lo perdonen o que le rechacen la renuncia y, después, lo echen.

Ameri no está solo. Su partido, que levanta -al menos, en la retórica- las banderas del feminismo, en su momento encubrió -concediendo una licencia- al senador José Alperovich acusado de abusos sexuales y amparó a un senador bonaerense denunciado por violación por una militante de La Cámpora. Por eso no pudo haber sorprendido que ayer el ex jefe de Gabinete Aníbal Fernández fuera uno de los pocos que salió en defensa de Ameri. Con este episodio, el kirchnerismo salteño paga el alto costo de candidaturas erráticas, el apego a la figuración, ausencia de democracia interna y la exaltación de una militancia compulsiva y acrítica. Por cierto, esa es moneda corriente en todos los partidos.

Pero el valor del compromiso con la función pública, es decir, con la sociedad, se ha degradado en todos los partidos y en todos los poderes del Estado. La nobleza de la política parece quedarles grande a la mayoría, entre otras cosas, porque hoy prevalece la lucha de facciones por sobre la representación ciudadana. ¿Cuántos votantes hubieran elegido a Ameri? 

Para nuestra provincia el episodio es bochornoso. Salta tiene en su historia muchos hombres que honraron los cargos que ocuparon en el Congreso, la Casa Rosada o la Justicia. Hoy está en las páginas digitales (y en los memes) del planeta por lo que parece un “video porno”, registrado en vivo durante una sesión legislativa. Una provincia a la que el mundo identificó con los nombres de Los Chalchaleros, Los Fronterizos, Eduardo Falú; por el Tren a las Nubes, por la calidad humana de su gente y por la belleza de sus paisajes, hoy soporta un bochorno mundial. Ya no tiene el Tren, paralizado por la desidia oficial; este año, en el verano, fue noticia mundial por la muerte evitable de numerosos niños del departamento Rivadavia y todavía carga con el recuerdo trágico del asesinato de las universitarias francesas Cassandre Bouvier y Houria Moumni.

Nada es casual. Más allá de la vergüenza que sentimos: mientras la política no se recupere de una década de descomposición, Salta seguirá batiendo récords de pobreza y desempleo. Eso solo va a cambiar cuando todos los partidos y el Estado vuelvan a funcionar con criterios de responsabilidad, democracia y compromiso con la sociedad.

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