Artista salteña regala ciudades de arcilla a sus afectos en pandemia

“Voy a hacer mil casas para toda mi gente bella que la está pasando mal. Son mis exvotos, mis pedidos ateos, deseando que mi hermosa comunidad se recupere del todo y podamos disfrutar del sol”. Este mensaje fue publicado por la artista plástica y profesora de Arte María Laura Buccianti en su Facebook personal. La última vez que ella había dialogado con este medio fue a mediados de agosto cuando en la galería “onlain” del colectivo artístico “Allá Ellas” y luego de la serie “Entonces el aire”, de Silvia  Katz, hizo su aparición “Entonces el agua”, de María Laura. Por ello, se sorprendió de que El Tribuno la llamara por sus ciudades de arcilla, de las que dijo que “no es un proyecto planeado, sino de estas cosas que surgen del contexto pandémico, desde la compasión y el pensamiento de los que uno quiere”. 
Sin embargo, si detrás de estas obras no subyace un plan trazado, cómo surgieron del enlace de varios significantes es digno de oír. Buccianti dijo que se relacionan con “Las ciudades invisibles”, de Ítalo Calvino.

Este libro se compone de una serie de relatos de viaje que Marco Polo narra al emperador tártaro Kublai Kan, que ha conquistado tan vasto territorio que desconoce qué ciudades y qué gentes habitan en sus dominios. De este escrito Rebeca García Nieto advierte al lector, en la revista Culturamas, que “debe tener presente que, al igual que ocurre en una de las ciudades descritas por Calvino, la distancia más corta entre dos puntos no es una línea recta, sino un zigzag. En otras palabras, para seguir la ruta que propone Marco Polo, hay que olvidarse de toda noción espacio-temporal al uso: nos vamos a encontrar con ciudades bidimensionales, con las que crecen en círculos concéntricos, o cuyas calles remedan la órbita de algún planeta. De poco sirven en este viaje las brújulas o los sistemas de posicionamiento global. Pero sería simplificar demasiado decir que Polo viaja al pasado, puesto que viaja también a los futuros que nunca serán suyos. De este modo, los caminos del libro se bifurcan sin cesar haciendo que las posibles rutas del viaje sean infinitas”. María Laura, por su parte, dijo de este texto que siempre la acompañó como un ovillo para ir desentrañando “la idea fantasiosa de que haya ciudades paralelas que se definen por su forma y no por su razón, y aparte Salta tiene mucho de eso, que donde mires tenés formas interesantes que contrastan mucho con la realidad social y cultural”. Además, refiere a los exvotos, esas ofrendas de gratitud o devoción que toman la forma de la ayuda recibida y que penden de techos y paredes de algún recinto destinado para tal fin en las iglesias, en un conjunto escalofriante de ojos, manos, pies, muletas y sillas de ruedas. O también a los autos y casas miniatura que se colocan en los altares de la Virgen de Urkupiña, cuando se la celebra y se le solicitan dotes económicos. 


“Es un tema reinteresante en el arte y tomo como referentes a Blanca Machuca, en Tucumán, y el arte popular latinoamericano, en general, por esto de que la comunidad manifiesta sus pedidos en forma de imágenes como se ve en la feria de las Alasitas en Bolivia y las cédulas nuestras, que son juegos de feria, cuestiones que están vinculadas a lo espiritual y a lo que en la realidad no podemos solucionar nosotros y, por ello, se le pide a un ser superior”, expresó. 
La ciudad es por estos días el laberinto por donde circula el coronavirus, ya no el espacio de que nos apropiábamos al realizar las actividades cotidianas. Es el espacio que se transita con recelo de un daño futuro, con atención a dónde posamos manos y pies. Por ello, la ciudad como exvoto, la ciudad de nuevo obtenida como lugar con peligros desactivados. “A estas ofrendas siempre las vi vinculadas al objeto artístico porque es una cuestión curativa y tiene aspectos envolventes la obra que están vinculados a lo subjetivo y a lo emocional”, detalló María Laura, cuyo ojo artístico está atravesado, además, por una religiosidad que no profesa, pero que la ha impactado al ver muestras de ella en la Iglesia de La Viña, en cuyas proximidades vive. 


Agregó que las 1.000 ciudades que había mencionado fue más bien una expresión simbólica que una meta propuesta para alcanzar. “En la medida que más gente piense, más casitas haré”, resumió y añadió que tiene en sus intenciones como depositarios, sobre todo, a los enfermos por coronavirus y otros males. 
El número de piezas y el aspecto de cada una es aleatorio, por lo que cada conjunto será único en su especie. “Me gusta jugar con ellas como cuando era chica y jugaba a armar barrios según la forma, los colores y la energía de cada conjunto. Les busco distintas bases, según la idea de mi pedido, pero es intuitivo”, detalló. Luego agregó que “siempre que quiero hacer algo utilitario me sale muy mal y cuando pienso en la cerámica descubro siempre que es un lenguaje más para vincularme con el mundo... La producción es hermosa, los recursos son naturales y el horno instalado en mi patio es de barro”.

 

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